La metáfora de Cataluña

Mientras reviso las galeradas de mi vieja tesis doctoral sobre un escritor afroamericano, ex comunista y luchador por los derechos de sus congéneres (Richard Wright. En busca de una identidad de raza, 2012), me quedo perplejo ante las numerosas analogías que me inspiran sus ensayos y novelas y el discurso de la ultraderecha catalanista y post-nazi personalizada en Artur Mas, líder de Convergència y Unió (CiU) en las elecciones de noviembre de 2012 al Parlamento catalán. Las diatribas de Arturo Pérez-Reverte acerca de la estrategia política del catalanismo –por ejemplo, su gacetilla “Delatores, chivatos y policía lingüística”, aparecida hace ya media década en un diario nacional-, parecen hipérboles de un periodista aquejado de un complejo de persecución.

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Artur Mas. Foto oficial del Presidente de la Generalitat de Cataluña, actualmente en funciones (dic. 2012)

Sin embargo, Pérez-Reverte apenas toca la superficie de todo un enjuague conocido en ambientes específicos como “sincronización” de la cultura, es decir, la agrupación de la diversidad étnico-social, cultural, lingüística, educativa, judicial, económica, política y religiosa en una fuerza suprema -la nueva Catalunya-, a modo de una Neopatria catalana-aragonesa del siglo XXI, que abarcará, o no, Valencia, Baleares, la Franja de Aragón, el Carche murciano, Andorra, la Val d’Aran, Rosellón y L’Alguer. Parafraseando a Milosevic respecto a Serbia, donde esté un catalán, estará Cataluña.

Cuando te halles frente a los blancos”, escribía Wright, “piensa antes de abrir la boca. Lo que hagas, está bien entre los tuyos, pero no ante los blancos. No lo soportan.” Esa actitud ha sido perfectamente identificada, en África como en Asia, en Cataluña o el País Vasco, junto con otros síntomas, como lo que Wright y varios autores han denominado “reacciones sicológicas de los pueblos oprimidos”, consistente en disimular las actitudes disidentes respecto a quienes controlan la acción política (puede ser un dirigente de partido, un sindicalista, una profesora de secundaria, un jefe de negociado) mediante el silencio o la lisonja condescendiente. La filosofía subyacente en la declaración de diez puntos de la conferencia de Bandung de 1955 “en contra del colonialismo y todas sus manifestaciones” es equivalente a la que enarbola el ultranacionalismo allá donde se encuentre, como si en el mundo nada hubiera cambiado y aún fueran posibles y admisibles la resurrección de los pueblos, la perpetuación del fenotipo y las vendettas históricas.

Muchos catalanes de las generaciones más veteranas sufrieron las aflicciones que, en estos momentos, y los venideros, han de soportar quienes no se amolden a la nueva era. Partiendo de un término de Nietzsche, “perspectiva de rana”, Richard Wright denunció “la situación en la que, por razones morales o sociales, una persona o grupo cree que hay alguien por encima.” Lo que ocurrió en tiempos pasados –nacionalismo panhispánico- está dando paso a la catalanización moribus et artibus de todas las estructuras del país, siguiendo pasos equivalentes al panturianismo, la rusificación, germanización, angloización, boerización o francoización de extensos territorios, derivando en un refuerzo de privilegios para la casta dominante y alimentando una elevadísima discriminación de los ciudadanos desafectos. La colonización creó una situación de dependencia del substrato social (población residente) ante el superestrato (el poder hegemónico, aunque fuera minoritario), desembocando en una “lealtad negativa”, consistente en imitar los talantes y valores de los agentes neocoloniales para evitar males mayores. En este proceso transitorio, como demuestran los datos históricos y la situación actual en los campos de Mas, la presión que ejercen unos sobre otros se convierte en opresión y discriminación y, tarde o temprano, despierta el ansia por la libertad y la igualdad de derechos.

Wright acuñó la expresión “el negro es la metáfora de América”, un ser que pugnaba, vacilante, por hallar su identidad renunciando a su “entidad”, gente expuesta al odio socioétnico, el rechazo a sus valores, la segregación de sus creencias y la esclavitud cultural. De igual modo, el ciudadano catalán en el que piensa Mas (él uno de ellos) será muy distinto a aquel con quien tendrá que convivir: un mestizo desnaturalizado argelino, congoleño, catalano-manchego, gallego, andaluz, asturiano, riojano o valenciano que algún día recibirá la gentil distinción de metáfora de Cataluña.

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