La Europa de las regiones

Hace unos años, durante varios meses, publiqué en el diario Levante-EMV de Valencia una serie sobre los distintos países de Europa describiendo brevemente su diversidad geopolítica, cultural, social y lingüística. Con posterioridad aparecieron diversos estudios, en papel y en formato digital, ampliando y, desde luego, mejorando mi modesta aportación al conocimiento de nuestro continente.

Por ejemplo, la Asamblea de Regiones de Europa (AER), compuesta por 270 regiones de 33 países y 16 organizaciones inter-regionales, emitió un documento oficial que sintetizaba las aportaciones que cada nación-estado había ido presentando para recalcar, por un lado, el grado de influencia política de las respectivas regiones en las instituciones europeas y, por otro, facilitar la cooperación inter-regional. En las consideraciones finales se nota el estilo particular del funcionario redactor y hasta del traductor. Igualmente se observan algunas omisiones intencionadas o referencias in passim a la hora de definir incómodos componentes políticos y étnico-lingüísticos de algunos países como Rumania, en la que no se incluyen las burbujas de población magiar.

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La Tabula Regionum Europae (versión de 2008) que muestra la AER es el camino más rápido para salir de la utopía de una Europa Unida.

Ese colorido mapa es un jiggsaw puzzle, un rompecabezas, un quebranta-mentes si uno se plantea acoplar cada pieza para darle un significado de conjunto. Visto así, no hay posibilidad de creer en que todos y cada uno de los 270 entes regionales pueden llegar algún día a sentarse en la misma mesa a negociar, dejando atrás sus particulares egoísmos e intereses, con sus primos hermanos, unos con mayor capacidad de empatía –francosuizos y germanosuizos, fineses y suecofineses- y otros más propicios a la mutua hostilidad: armenioturcos y turcoarmenios, hispanocatalanes y catalanohispanos, angloescoceses e hiberno-irlandeses, sardos, sicilianos y milaneses, galeses e ingleses, alsacianos, corsos, bretones, vascos, occitanos, aquitanos y franceses, letones y rusos de Kaliningrado, serbios y croatas, valones y flamencos y, sin dudar, griegos, macedonios y turcos.

La configuración de Europa por regiones o nacionalidades no ha servido más que para reforzar la idea de que tu propio país o tu región es superior e incomparable porque es allí donde has nacido. Nathanael West (El día de la langosta, 1939) se preguntaba cuál era exactamente la diferencia entre región y nación, ya que la región se convierte fácil y rápidamente en sinécdoque de nación, y viceversa. Para la AER , “ la Región expresa una identidad política propia, susceptible de configurarse políticamente de formas muy diversas, correspondiendo a la voluntad democrática de cada región adoptar la forma de organización política que prefiera.” El término sirve, por consiguiente, lo mismo para un roto que para un descosido.

La dificultad administrativa, política y sociológica aumenta en el Estado Español si se tienen en cuenta las competencias de las veguerías catalanas y los concejos asturianos, vascos y castellanos, que, al menos en teoría, pueden pretender una representación supraestatal, a nivel parecido al de las regiones.

Tratando de evitar un nacionalismo proteccionista y xenófobo que convierte el habitus en ideología, las tierras en sitiales sagrados y las personas en apparatchiks -adeptos a la idea y a la organización-, los políticos unionistas han logrado en cambio reforzar y perpetuar un regionalismo que, por más veces que haya sido denostado, aún adquiere más fuerza, multiplicando los gastos funcionariales y sembrando las semillas del rencor hacia los estados que fueron –y formalmente siguen siendo- sus patrias fundadoras. Decía Mencken: “Los hombres son los únicos animales que se dedican, un día sí y otro no, a fastidiarse mutuamente.” En otro momento declaró que un gobierno no es más que una pandilla de gente con las mismas destrezas que el resto de los ciudadanos. “Ninguno tiene especial talento para el asunto de gobernar; sólo para alcanzar y conservar su puesto.” Igual que los burócratas que utilizan Bruselas y Estrasburgo como un círculo de concentración de aborígenes.

6 de febrero de 2010

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