La cultura impredecible

Emilio García Gómez

En un oscuro, pero atrevido ensayo (Introduction à une poétique du divers, 1996), el escritor antillano Éduard Glissant ha lanzado la idea de que todo sistema contiene una elevada proporción de imprevisibilidad, lo que despierta fundados temores: “Si todo es imprevisible, ¿qué hacer entonces?” Convencido de que el curso del pensamiento lo convierte en ineficaz para trabar contacto con la realidad, Glissant termina por reconocer lo difícil que resulta fijar los márgenes de un territorio, puesto que un sistema determinista, fijo y automático, sin espacio para la improvisación, se halla en clara contradicción con las observaciones de la moderna ciencia del caos, que, entre otras cosas, pone al descubierto “el comportamiento impredecible de la relación entre las culturas.”

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Éduard Glissant – (Foto: Andrea Schwieger Hiepko)

Glissant, nacido en Martinica, es un personaje destacado por sus posiciones radicalmente anticolonialistas y filocriollistas. Para él, ninguna lengua y, por extensión, ninguna cultura pueden sobrevivir si ello comporta la desaparición de las demás. Todas son igualmente útiles y necesarias; faltando una se empobrecen las demás. Además, el futuro del idioma depende de la relación entre oralidad y escritura, relación que parece ir en detrimento de esta última. Y el devenir de la humanidad se perfila siguiendo no tanto el modelo que los estadounidenses denominan “melting-pot” (crisol), que señala una sociedad cuya confusa diversidad no permite, en un principio, diferencias por origen ni destino, sino el más actual de “salad bowl” (ensaladera), cuyos variados olores, sabores y colores, juntos pero sin fundirse, aromatizan y enriquecen el alimento cultural de una nación tan plural y tan heterogénea como la citada.

Predecir el giro de la humanidad es tarea imposible. Es el punto sin resolver de Glissant; encontrar una salida a las dos únicas alternativas que se nos presentan: buscar la identidad en un sistema coherente y quedar asfixiado por él, o sumergirse en el caos y el mestizaje y arriesgarse a morir enredado en ellos, a costa de esa identidad. El negocio nacionalista, en sus diversas versiones, no disipa las dudas con su discurso obsoleto, inflamante, unisémico y pedagogista (que no pedagógico). Da igual que no lo entendamos; con que lo entiendan ellos, sobra. Lo importante es tirar de la palanca del freno mediante leyes y estatutos para evitar que la sociedad avance demasiado deprisa, en contra de sus inclinaciones naturales.

Sin embargo, la trayectoria de la sociedad hacia el caos, el antisistema y la fragmentación obliga a los individuos y a comunidades enteras a refugiarse en sí mismos, a reafirmarse, paradójicamente, como pueblo, a agarrarse a convenciones sociales y culturales que, supuestamente, aunque irrealmente, les procuran seguridad y autoafirmación. Hay fuerzas que, al mismo tiempo, o en secuencia ininterrumpida, mueven a los pueblos hacia la heterogeneidad y otras contrarias que los empujan hacia la homogeneidad. El kaiser del pensamiento alemán, Friedrich Nietzsche, verbalizó esta cuestión como “el dolor, la arrogancia, la crueldad, el alejamiento, la frigidez que han calado los sentimientos humanos porque pensamos que vemos contrarios en vez de transiciones.” (Der Wanderer und sein Schatten –“El vagamundo y su sombra”- 1880).

De esta manera, cuando los líderes de una comunidad pretenden vigorizar sus lazos culturales e identitarios, simultáneamente, desde su propio seno, surge la tendencia a la dispersión, a la pérdida de adherencia y a la apertura de nuevos horizontes. Se ha culpado al capitalismo de favorecer una sociedad deshilachada, nihilista, fragmentada y apolítica, como creyeron Marcuse (1964) y Allan Bloom (1987). Y, en el polo opuesto, el tradicionalismo etno-nacionalista no ceja en su empeño de forjar con tiralíneas de arquitecto un futuro concreto para una sociedad concreta en la que resulta básica la identificación de todos los individuos con un proyecto común, a pesar del irresistible empujón hacia el cambio y la innovación. En la corriente conocida como “Cuarto mundo” o “Cuarta vía”, la meta es salirse del sistema y recuperar el terreno abandonado, es decir, volver los pasos hacia lo que ayer pudo ser un pueblo puro, auténtico y primigenio y dejar de ser un consorcio diluido y reprimido.

La sociedad española –en la que incluimos, por razones de brevedad, a las distintas regiones de la Península Ibérica-, huye de lo atávico y lo rural y asalta lo moderno y lo urbano, por lo que la inespecificidad y el criollismo son fenómenos mayoritarios y dominantes. La realidad tangible es como la imagen hegeliana del vuelo del búho de Minerva, que despliega sus alas al anochecer, cuando la historia ya se ha escrito. Para fijar el rumbo se ha de partir del hecho, no de la presunción, el deseo o la adivinación. La Cuarta Vía parece ser la elegida en algunas nacionalidades culturales como la valenciana, la catalana, la vasca, la andaluza, y después las que brinquen. Pero entre continuidad y evolución hacia atrás, o involución, hay una barrera conceptual e instrumental que no puede impedir el movimiento cruzado, espontáneo e imprevisible de las culturas, que, como demuestra la historia, han sobrevivido gracias a la transferencia y el préstamo.

Valencia 28 mayo 2006

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