Emilio García Gómez

 

Judíos y cristianos

 

Hay en Zaragoza, España, una calle dedicada a Santo Domingo del Val, en el antiguo barrio judío, cuya figura envuelve una truculenta biografía. Cuenta el autor anónimo -seguramente un canónigo fundamentalista- de un grotesco opúsculo publicado en Buenos Aires en 1943, remontándose al siglo XIII, cómo los guerreros de la Cruz avanzan sobre tierra mora. Era el año 1247. Jaime el Conquistador extiende sus fronteras en Aragón. 

 

Zaragoza en el siglo XVII

 

A las orillas del Ebro nace un niño de aspecto teutón que muestra en su blanca piel unas marcas premonitorias: en la frente una corona y en la espalda una cruz. El padre de Dominguito, zaragozano de nacimiento y de sangre bretona, era un noble vasallo del rey. La numerosa población judía "se dedicaba a explotar a los cristianos como antes lo había hecho con los musulmanes". Las calles de Collizos, de la Sartén, de Angulo, de Graneros (ya desaparecidas) y de la Verónica "estaban manchadas por la presencia de aquella gente sin entrañas".

 

 

 

Conocedor de las trapisondas de los hebreos, el padre de Dominguito "había deshecho muchas de sus intrigas y especulaciones; por eso en los barrios judíos se le detestaba a muerte". El niño llegó a conocer bien aquel barrio; a veces lo atravesaba cuando volvía de la catedral, donde servía de monaguillo, y observaba a los judíos "entregados a sus ritos y abluciones y oía los sonidos guturales de sus rezos". Entonces, él se ponía a cantar himnos a la Virgen del Pilar. Los habitantes del barrio lo tomaron como un desafío. "Por las estrechas ventanuchas salían manos amenazantes, miradas inflamadas y gritos de venganza".

Un día, Mossé Albayucet (se refiere a Alassé Albayluz) con "cara demacrada y serosa y una nariz que le daba un aspecto de ave de presa, un usurero de la peor calaña", se le echó encima y lo arrastró a casa de un rabino, conminándole a pisar un crucifijo si quería verse libre. Ante su negativa, el niño fue clavado al marco de una puerta y despojado de sus ropas. "Le abrieron las venas, recogiendo en copas la sangre que caía. Los vasos estaban llenos de sangre joven y vigorosa. Y la rubita cabecita colgaba inerte sobre el pecho infantil como una rosa tronchada. Albayucet desclavó el yerto cadáver y lo mutiló. Quedóse con las manos y la cabeza y entregó el tronco a sus compañeros". Los padres comenzaron la angustiosa búsqueda. Al cruzar el río, guiados por una luz, hallaron el cuerpo decapitado y sin manos. En un pozo próximo apareció la cabeza coronada de espinas y las dos manos taladradas. Albayucet fue detenido y, tras convertirse al cristianismo, ajusticiado.

Debido a las distancias y la lentitud de los medios de comunicación de la época, los hechos ocurridos en un lugar remoto siempre acababan por ser conocidos en otras partes inevitablemente alterados. La historia del niño-santo Dominguito proviene de Inglaterra. Un siglo antes, en 1144, desapareció de la ciudad de Norwich un niño llamado Ricardo que, según el testimonio de un converso, había sido asesinado para cumplir con el ritual de sangre de la Pascua judía. Poco después, en medio del clamor de la población, se encontró el cadáver sin ninguna señal de violencia, a pesar de lo cual el niño fue santificado y su memoria preservada en la iglesia del lugar. Un caso similar al de Ricardo y al de Dominguito fue el famoso crimen, aparentemente histórico, aunque dudosamente exacto en todos sus hechos, de Juan de Pasamontes, conocido por el Niño de la Guardia, que murió en 1489 en La Guardia (Toledo), crucificado por unos judíos conversos como venganza tras presenciar un auto de fe.

Esta interpretación transversal de la vida y las hazañas de los judíos responde a un proceso secular. Al principio los reyes cristianos de la península ibérica se cebaron con los moros y los judíos con la misma imparcialidad, creyendo por su forma de vestir que todos eran iguales. La pujanza económica alcanzada por estos últimos despertó la ambición de muchos. Pero su severa y sistemática persecución comenzó a partir del siglo XI tras la comisión de atrocidades rituales, profanación de hostias benditas, las disputas religiosas y la conspiración contra la sociedad de los cristianos.

Por lo que hace a la creencia supersticiosa de que en Pascua los judíos mataban a un niño para verter su sangre sobre el pan ácimo, no hay más que seguir el momento de la consagración en la misa católica para ver la reproducción, como residuo de antiguos sacrificios incivilizados, de un acto simbólico de canibalismo avalado por la doctrina de la transubstanciación, por el que se come la carne y se bebe la sangre de un dios. Todos a la vez -clérigos, creyentes, apóstatas y nigromantes-, por tal motivo, atribuían a la oblea poderes mágicos. Como la Biblia no se tradujo a las lenguas vernáculas hasta el Renacimiento, es lógico que el pueblo recibiera una confusa versión del Viejo Testamento. En el Exodo se habla de la furia de Yavé, anunciando la muerte de los hijos varones primogénitos de Egipto, para forzar al faraón a dejar marchar al pueblo de Israel, al que mantenía subyugado. Moisés ordenó a los hebreos que tomasen un manojo de hisopo y, mojándolo en la sangre del cordero pascual reservado para el sacrificio, untasen con ella las puertas de sus casas, como señal para que el exterminador pasara de largo en su vengativo itinerario. A continuación debían comer la carne asada al fuego, con pan ácimo y lechugas silvestres. Lo que sorprende es que los judíos tenían prohibido consumir sangre animal, mientras que los cristianos siempre han incluido en su dieta morcillas de sangre. La peregrina historia de los judíos inmolando niños inocentes se extendería después a los francmasones, en cuyas ceremonias secretas se juega con biblias, juramentos, espadas, calaveras y sarcófagos, aunque no con criaturas.

En la Edad Media tuvieron lugar numerosas disputas religiosas -a modo de torneos dialécticos- entre judíos conversos, buenos conocedores del Talmud, y cristianos versados en las Sagradas Escrituras. Si ganaban los razonamientos de los cristianos, la comunidad entera de judíos se vería obligada a abrazar la nueva fe; si triunfaban los judíos, su propio final era la hoguera, la horca o la lapidación. Una de las disputas más afamadas fue presenciada en 1263 en Barcelona por Jaime I de Aragón, quien, a pesar de ver perdida la argumentación de un sabio judío llamado Rabí-Moseh-ben-Najman (o Naijmanides) ante el converso Pablo Christiá, le dió unos dineros diciendo que "jamás había oído una defensa de una causa injusta tan noblemente defendida", lo que no fue obstáculo para que más tarde lo expulsaran del país (Dimont 1962, Menéndez Pelayo 1965). También en Tortosa, en los años 1413-14, se celebró otro debate entre el converso Jerónimo de Santa Fe y el filósofo judío José Albo que, más que buscar la verdad, perseguía refutar teológicamente a los judíos a fin  de convertirlos (Küng 1991).

El mito de la profanación de la hostia por parte de los judíos surgió del mismo ritual cristiano, que traduce simbólicamente el vino en sangre y la oblea en carne de Cristo. En la Edad Media no fueron pocos los que vieron en ella manchas de sangre, atribuyendo a este hecho un carácter milagroso cuando posiblemente, según cuenta Tannahill (1976), se trataba de un fenómeno de putrefacción por la acción de un bacilo. Los judíos serían acusados reiteradamente de tratar de imitar esta ceremonia punzando la hostia para que manase sangre. En 1410, en Segovia los hebreos se conjuraron, al parecer, para ultrajar, quemándola, una hostia consagrada. Berceo (Milagros de Nuestra Señora) describe el episodio de un niño judío horneado por sus propios padres, aunque salió ileso, al confesarles que había estado oyendo misa y comulgando con los cristianos.

Se conocen numerosos relatos, más o menos históricos, en los que se vieron envueltos los judíos. En Cuenca circula la leyenda de los amores de un caballero cristiano, Fernando Sánchez de Jaraba, y una hermosa hebrea, Isabel. Dispuesta a contraer matrimonio, la muchacha se convirtió al cristianismo, despertando los celos de un pretendiente judío. Reunida secretamente la comunidad hebrea para juzgar su traición, la joven desapareció, corriéndose la voz de que había sido crucificada y enterrada. Los cristianos, inflamados por el rumor de que los judíos sacrificaban niños y doncellas en el transcurso de sus ritos, asaltaron la judería, provocando una matanza que ha pasado a los anales de la ciudad. Parecida leyenda es recogida por Bécquer en "La rosa de Pasión". En torno al año 1260 los judíos de Salamanca fueron acusados de raptar, robar y asesinar al hijo de un mercader, aunque luego se demostró que eran otros los culpables.

En Zaragoza, en septiembre de 1485, un inquisidor recientemente nombrado para el cargo, Don Pedro de Arbués, fue muerto a cuchilladas ante la capilla del Santo Sacramento de la iglesia metropolitana conocida como La Seo. 

 

Retrato de Pedro de Arbués (1690)

 

El tribunal, reunido en el palacio de la Aljafería, acusó a varios judíos conversos de maquinar contra la instalación del Santo Oficio en la ciudad y haber ejecutado a su representante. Uno de ellos fue declarado "judío consumado y circumciso"; acto seguido se le amputaron las manos, que fueron clavadas en la puerta del palacio de la Diputación, y trasladado a la plaza del Mercado, donde fue decapitado, despedazado y sus despojos arrojados a un muladar.

 

Vieja calle de Zaragoza, junto al mercado

 

En cuanto a los demás conjurados, uno huyó del país y fue quemado en efigie; otro se suicidó arrojándose de la torre de la prisión, y un tercero murió en la hoguera. Tras el edicto de expulsión de los judíos, la sinagoga principal de Zaragoza fue destinada a porqueriza. A la vista de sus repetidos milagros, Pedro de Arbués fue canonizado cuatro siglos más tarde.  

 

Sepulcro de Pedro de Arbués en La Seo de Zaragoza

En Toledo, otro judío, al ver que los cristianos se acercaban a besar los pies de un Cristo, los roció con veneno. Una anciana que acudía a cumplir con su devoción, observó con espanto que el Cristo retiraba un pie del madero; el judío, rabioso, arrancó el Cristo de la pared y lo ocultó bajo tierra. Al día siguiente, los cristianos hallaron el lugar del enterramiento guiados por un reguero de sangre y el destello de una luz. Poco después el hebreo pagó el sacrilegio con su vida. La leyenda del Cristo de la Luz se remonta a los tiempos del rey visigodo Atanagildo (año 555) y describe el hallazgo de una imagen de Cristo atrozmente golpeada y enterrada por los judíos. La sangre fue recogida en unas ampollas y preservada para obrar milagros de todas clases. En Agreda (Soria), durante la procesión del Corpus de 1527, la mismísima Virgen de los Milagros delató a un judío converso por no guardar la fiesta. Al pasar la peana frente a su casa, la imagen se inclinó para señalar al pecador, del que se hizo cargo la Inquisición. En Burgos, según cuenta Felipe Torroba (1967), los judíos no podían en sábado, sin recibir castigo por ello, "sentarse en mástil, pared o sitio con las piernas colgadas, ni cabalgar en animal de ninguna especie, ni colgar de noche ropa fuera de la casa", teniendo expresamente prohibido, bajo pena de prisión perpetua, abjurar del judaísmo para abrazar el Islam (no hay que olvidar que para la Inquisición los judíos eran cristianos y la apostasía se sancionaba severamente sometiendo a los reos a odiosas ordalías).

A pesar de que el recuento de judaizantes muertos por unas u otras causas suele proceder de los mismos autores, por citar algunas cifras que parecen exageradas, 10.000 israelitas fueron pasados a cuchillo a principios del siglo XIV por los llamados pastores del Pirineo francés y por los propios navarros en las aljamas de Tudela, Pamplona, Estella, Viana, Nájera y Miranda de Ebro; en 1391 se ejecutaron en Sevilla a 4.000; en Valencia, según Menéndez Pelayo (1965), varios miles se libraron del hierro y el fuego por la elocuencia de San Vicente Ferrer, que pudo convertirlos, al menos en apariencia, al cristianismo. La mayoría de los judaizantes sometidos a graves procesos penales eran tan relapsos como los mártires cristianos ajusticiados por los romanos o por los bárbaros, incapaces de adoptar una nueva doctrina o decididamente reluctantes a abjurar de su fe.

En el cuarto concilio de Letrán (1215), anticipándose setecientos años a las medidas tomadas en la Alemania nazi, se decretó que los judíos portaran una divisa amarilla en la ropa que los identificase. En los procesos de la futura Inquisición, los penados debían portar el sambenito, una túnica amarilla con una cruz roja. Alfonso el Sabio introdujo la prohibición, que recuerda la segregación de negros y blancos en Estados Unidos o en Sudáfrica hasta fechas recientes, de que cristianos y judíos se bañaran separados, regulando al mismo tiempo de forma restrictiva los matrimonios mixtos de cristianos con judíos y moros, o de moros con judíos. En 1411 San Vicente Ferrer logró del Concejo de Valladolid que prohibiera a los judíos salir de su aljama. En 1515 los líderes venecianos crearon el primer ghetto para aislar a los judíos; cuarenta años más tarde los judíos de Roma quedaron legalmente confinados en su propio barrio por orden del papa. La palabra ghetto, incorporada a muchos idiomas, procede de borghetto, pequeño barrio en italiano. El ghetto, más que impedir la confluencia social de judíos y cristianos, contribuyó a fortalecer los lazos de solidaridad, la endogamia y el monopolio de ciertas profesiones entre los judíos, con el consiguiente efecto sobre la economía del país. A principios del siglo XVII, los judíos de Praga eran esencialmente médicos, orfebres, libreros, sastres, zapateros, curtidores, peleteros, carniceros y barberos, pero con el tiempo la lista de oficios se reduciría a los oficios más bajos a causa de las restricciones que impusieron sobre ellos las autoridades de numerosos países.

Una de las leyendas más negras que se han creado en torno a los judíos es su capacidad para conspirar contra el estado gentil o cristiano. Drumont, autor de La France juïve (1886), hizo creer a mucha gente que eran más inteligentes de lo que se pensaba y que el momento les era propicio para dominar el país y transformarlo en un estado judío. El affaire Dreyfus, que estalló en Francia a finales del siglo pasado, fue una representación de la obra de Drumont en la que un judío influyente, capitán del ejército, acusado de espionaje, había tratado de conspirar contra el estado. El desenlace final fue que el estado francés, incapaz de asumir su propia infamia, se convirtió en conspirador contra Dreyfus. En 1903, un monje llamado Sergi Nilus, a instancias del zar Nicolás II, recogió una serie de documentos apócrifos y los juntó en un libro -Protocolos de los Sabios de Sión- que algunos incautos siguen leyendo (recordemos que Franco había tenido un ejemplar en su mesilla de noche). En él se denunciaba la conspiración de los judíos para conquistar el mundo. El presunto autor declaraba en la introducción del ejemplar que se conserva en la biblioteca del Museo Británico que se trataba de una copia de los papeles originales, sustraídos por una mujer a un alto cargo del Gran Oriente de Francia, y que constituían "un plan estratégico para la conquista del mundo con objeto de colocar el universo bajo el yugo de Israel". Los papeles resultaron ser una burda falsificación que continúan utilizando descaradamente los movimientos ultraderechistas y antisemitas para aliviar su paranoia.

 

El Pilar de Zaragoza, desde la orilla izquierda del Ebro

 

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