Jim Crow: la negra historia

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El artista Thomas Dartmouth “Rice” (de raza blanca), imitando a un bailarín negro al son de la canción “Weel about and turn about and do jis so, Eb’ry time I weel about I jump Jim Crow” (1832).

La película Amistad puede molestar a algunos españoles, cuya idea de la colonización de América está llena de lagunas. Uno de los aspectos más repugnantes de la expansión comercial de los países europeos y el desarrollo económico de las Américas ha sido el tráfico de esclavos africanos, del que durante largo tiempo se beneficiaron portugueses, españoles, ingleses y holandeses, y cuyos referentes fueron el látigo, las argollas y las jaurías de perros. Los norteamericanos nos recuerdan con esta película el papel de los españoles en tan triste negocio. En otra página expongo unos interesantes episodios relacionados con el negro que tuvieron lugar en la España renacentista y barroca. Los hechos que aparecen descritos a continuación  han dejado huellas indelebles en la arquitectura social de los Estados Unidos.

El desembarco de veinte esclavos en el puerto de Jamestown en 1619 y la posterior explotación del negro en los campos de cultivo de los estados del sur dieron origen a una traumática pérdida de identidad de millones de personas. Después de ser extraídos de sus tribus y transportados a miles de kilómetros, los africanos que pudieron sobrevivir al denominado “Middle Passage” (“pasillo intermedio”) se vieron vendidos y entregados a los explotadores del trabajo manual. De nada sirvió la romántica revolución de independencia, en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, que iba a romper los lazos que amarraban las colonias a la monarquía británica. Los libertadores siguieron manteniendo el régimen de esclavitud en su propia casa, y cuando se produjo la transformación de la economía, sobre todo al término de la guerra civil en 1864, la esclavitud de la tierra fue sustituida por la de las máquinas. Los negros emancipados se vieron sin cadenas, pero sin tierras. Pronto tuvieron que regresar a sus antiguos dueños en busca de trabajo, y comenzó una nueva forma de servidumbre, la de los medieros, hipotecados permanentemente para satisfacer la demanda del “rey algodón”.

La vida de la plantación ha sido relatada minuciosamente en las páginas de 12 Million Black Voices (1941) del escritor negro-americano Richard Wright, donde se describen los modos de conducta y las reacciones psicológicas de los negros surgidas en un sistema en el que el propietario blanco exigía al negro total obediencia a sus leyes y la aceptación de un odioso capitalismo. Al esclavo recién importado, en un violento proceso de desculturación, jamás se le permitió hablar en su lengua materna, por lo que se vio forzado a desarrollar un dialecto híbrido del inglés que todavía se oye en el Caribe y en el sur de Estados Unidos. Hasta bien entrado el siglo XX no pudo aprender a leer y escribir: la ley era blanca, los policías blancos, los jueces blancos, los alcaldes blancos, y las cabalgadas del Ku Klux Klan bastaban para aterrorizar a la población de color y mantenerla amordazada.

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Tapicería racista (Ferris State University. Jim Crow Museum of Racist Memorabilia)

El miedo recortaba la iniciativa del negro y le hacía vivir en un ambiente de permanente agitación. A solas con su conciencia, el negro fue en parte responsable de su devaluación por su tendencia a burlarse de su propia raza.

Con el declive de la demanda de algodón y la invasión de las máquinas, el sur fue víctima del desempleo. Los “dueños de los edificios”, en palabras de Wright, se apoderaron de las tierras de los ahora empobrecidos propietarios blancos, convirtiéndolas en factorías agrícolas en las que el negro terminó por perder el poco interés que le quedaba. Su esperanza quedó sumida en la más absoluta dejación, aliviada tal vez por la permanencia de la estructura familiar y por el señuelo de la religión. La educación del negro fue casi nula. Por un lado, los padres no podían prescindir de sus hijos; sus manos eran más necesarias en el campo que en la escuela; y por otro, el sistema educativo, sumamente restrictivo por las leyes denominadas “Jim Crow”, impedía la distribución equitativa de los presupuestos.

Benjamin Quarles (The Negro in the Making of America, 1964) y Vann Woodward (The Strange Career of Jim Crow, 1968) dan cuenta del origen de esta denominación, que data de 1828. Un comediante y coplero llamado Rice compuso una canción bailable titulada “Jump, Jim Crow” (“Salta, Jim Crow”), en la que intervenía un caballerizo negro mientras cepillaba a su caballo. Pocos años después, “Jim Crow” se utilizaba como mote y para aludir a cualquier forma de segregación racial: “escuela Jim Crow”, “tranvía Jim Crow”, “leyes Jim Crow”, etc. La segregación se hizo extensiva a los siguientes lugares y situaciones: escuelas y universidades, taxis, trenes, autobuses, tranvías, barcos, bares, restaurantes, hoteles, pensiones, lavabos, retretes, fuentes públicas, tazas, vasos, platos, salas de espera, hospitales, manicomios, cárceles (esposamiento, transporte, alimentación y trabajo de los prisioneros), asilos para ancianos, pobres, huérfanos, ciegos, sordos o retrasados mentales; cuarteles militares, parques públicos, campos de deportes, circos, ferias, teatros, cines, bailes, salas de conciertos, bibliotecas, playas, piscinas, baños públicos, cabinas telefónicas, patios, fábricas, ascensores, barberías, ventanillas y entradas y salidas de los edificios. Asímismo, la segregación se aplicó al matrimonio, en determinadas profesiones, en los barrios, casas de prostitución, iglesias y cementerios, En algunas ciudades se llegó a imponer la ley marcial para los negros, prohibiéndoles salir a la calle a partir de las diez de la noche. Se tomaron medidas para que, en las escuelas, los niños de cada raza utilizaran sus propios libros; en los tribunales se suministraban dos biblias para tomar juramentos: una para blancos y otra para negros. Las órdenes fraternales, clubs y sociedades cuyos miembros suelen darse mutuamente el tratamiento de “hermano” (Francmasones, Rotarios, Odd Fellows, Moose) tenían prohibido admitir a individuos de la raza segregada. Los negros también se hallaban excluidos de los sindicatos. Se prohibían los juegos de mesa o cualquier deporte en que se produjera contacto de blancos y negros, incluyendo los combates de boxeo, excepto cuando el contrincante era extranjero, como sucedió con la pelea entre el alemán Max Baer y Joe Louis, el 24 de septiembre de 1935. Como excepción, se permitía la confluencia racial en los zoos, en presencia de los antropoides inferiores. Para resumir, las dos razas se hallaban separadas desde la cuna hasta la sepultura.

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Linchamiento de un negro (1919)

La emigración hacia las grandes ciudades, sobre todo a Chicago, llevó a muchas familias al hacinamiento en “kitchenettes”, apartamentos de escasos metros cuadrados en una sola estancia que acogían familias enteras.

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“kitchenette” de Chicago (1941)

Las cosas han cambiado notablemente y hoy nadie habla de discriminación racial al estilo de Jim Crow, aunque todavía se halla muy extendido el deseo de resaltar, con independencia del color de la piel, la diferencia de género, origen geográfico, código de comunicación y extracción social.

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