Emilio García Gómez

 

Irlandeses en Nueva York

 

La película Gangs of New York es un buen pretexto para recordar un lamentable episodio de la colonización de Nueva York por los irlandeses a lo largo del siglo XIX. El espectador puede salir de la sala aturdido por los evidentes excesos dramáticos, pensando que las sangrientas estampas que acaba de presenciar son una nueva criatura monstruosa, aunque ficticia, salida de las ágiles mentes de Hollywood.

Sin embargo, hay muchas plumas que han descrito de forma similar la horrorosa situación social de aquella ciudad a mediados del siglo XIX. Un testigo señalado fue el joven Charles Dickens (1812-1870), que, al finalizar su visita a Estados Unidos (American Notes, 1842), describió así el barrio de Five Points, punto de encuentro de los emigrantes irlandeses en la película Gangs:

 

Five Points en 1859. NYPL Digital Gallery

 

Este es el lugar: éstas sus estrechas andaduras, pestilentes por el barro y el mugre. Aquí transcurren esas vidas, dando los mismos frutos que en cualquier otro lugar. Los rostros rudos y abotargados que asoman a las puertas tienen sus homólogos allá [en Europa] y en el resto del mundo. La degradación ha envejecido las casas prematuramente. Ved cómo se derrumban las vigas consumidas por la carcoma, y cómo las ventanas parchadas y rotas parecen torcer el gesto como ojos dañados en refriegas de borrachos. Aquí viven muchos  cerdos. ¿No se preguntan por qué sus amos caminan erguidos en lugar de hacerlo a cuatro patas? ¿Por qué hablan y no gruñen?

 

Charles Dickens

 

El ambiente del barrio era la prostitución, el robo y la mendicidad. Por allí transitaban impunemente bandas semi-étnicas, como la de los “Conejos Muertos”, los “Chulos del Barrio”, los “Pendencieros”. El cuerpo de policía, de escasa tradición, era cómplice del chantaje y el soborno. Un conocido inspector jefe, Alexander Williams, alias “el visita-clubs”, fue acusado de corrupción 358 veces, pero ello no le impidió alcanzar la jubilación con un yate, una casa en Conneticut y 300.000 dólares de la época –más o menos como algunos concejales municipales de nuestros días-.

En torno a 1850 Five Points se había convertido en un reducto de irlandeses. Cuando éstos decidieron cambiar de barrio, fueron rápidamente sustituidos por emigrantes italianos. Esta transmutación residencial se observó en numerosos distritos neoyorquinos con la salida y asentamiento, en rápida sucesión, de grupos de sicilianos, calabrianos, napolitanos o judíos polacos.

Muchos pasaban parte de sus vidas hacinados en casas medio en ruinas, compartiendo una habitación interior hasta veinticinco personas. En 1869 se tuvo que aprobar una ley obligando a abrir ventanas en todas las habitaciones, si bien los inquilinos aprovecharían los conductos de ventilación para arrojar al exterior las basuras y los desechos humanos, causando una mayor insalubridad. La imagen de Five Points dejaría profundas marcas en la historiografía de los irlandeses en Nueva York y en el resto del país.

No somos una nación, somos un universo”, escribió el neoyorquino Herman Melville (1819-1891), retratando el carácter exocéntrico, plurinacional y pluriétnico de Estados Unidos en el siglo XIX. En 1860 Nueva York tenía unos 800,000 habitantes. Tres quintas partes de los extranjeros eran de origen irlandés, seguidos de alemanes, italianos, polacos, bohemios, judíos rusos, húngaros, ingleses y escandinavos. A finales de siglo, la densidad demográfica de la zona sureste de Nueva York superaba la de Bombay. El 80% de los cinco millones de residentes de Nueva York eran emigrantes o descendientes de emigrantes extranjeros, para desesperación de los nativistas, que se consideraban genuinos americanos. De aquellos, casi el 90% procedía de Irlanda. En poco más de una década, de 1847 a 1860, llegaron al puerto de Nueva York más de 1,100.000 irlandeses, la mayoría víctimas de la roya, que diezmó las cosechas del alimento principal de la población de Irlanda, Inglaterra y los países nórdicos: la patata.

El sentimiento xenófobo de los nativistas fue especialmente dirigido contra “la amenaza celta”. A raíz del incendio, en 1831, de la iglesia de Santa María, símbolo de la presencia irlandesa en la ciudad de Nueva York, la prensa y los agitadores protestantes lanzaron una serie de bulos acerca de la existencia de sacerdotes asesinos, monjas seducidas o violadas y una conjura del Vaticano para inundar Estados Unidos con hordas de emigrantes irlandeses católicos. El arzobispo Hughes amenazó al alcalde de la ciudad, si no modificaba las leyes municipales proteccionistas respecto de los irlandeses, con convertir Nueva York en otra Moscú –ciudad incendiada treinta años atrás, poco antes de la llegada de los ejércitos de Napoleón-, si volvía a producirse un nuevo atentado contra una iglesia católica.

En los disturbios de 1863 en Nueva York, alimentados por el reclutamiento obligatorio de civiles para luchar en el ejército de la Unión, en plena guerra civil, los más activos y violentos eran extranjeros, sobre todo irlandeses, ayudados por bandas de delincuentes. Según Theodore Roosvelt (1906), los rebeldes se mostraron especialmente hostiles contra los negros, las instituciones benéficas que les atendían y contra el gobierno y el ejército, llegando a atacar un hospital militar abarrotado de heridos. Tras asaltar los edificios de propiedad pública, se pusieron manos a la obra incendiando y saqueando las casas privadas, tanto de ricos como de pobres. La posterior represión de los amotinados adquirió tintes de insuperable brutalidad.

Sobre los irlandeses observó Dickens:

Son hermanos esos hombres. Uno cruza el mar solo; durante medio año trabaja duro y vive peor, y ahorra el suficiente dinero para traerse a otro. Hecho lo cual, trabajan juntos, uno al lado del otro, contentos con el duro trabajo y la penosa vida durante otro período, y luego llegan sus hermanas, y después otro hermano, y, por último, su madre anciana.”

La mayoría se dedicaba a trabajar como empleados domésticos, hasta el punto de hacer creer que los irlandeses sólo servían para tareas sin cualificar.

Efectivamente, la Irlanda tradicional ha sido la patria de la nada y la miseria, de las que había que escapar. Este tubérculo, traído del Nuevo Mundo por los españoles a Europa, y que nadie se atrevió a consumir, por considerarlo venenoso, hasta casi entrado el siglo XIX, comenzó a ser cultivado en tierras irlandesas, incapaces de producir otra cosa, y se convirtió en el alimento esencial en la mayoría de los hogares. La destrucción de las cosechas por la plaga de la roya de 1845 y la consiguiente hambruna tuvo un peso enorme en los movimientos migratorios hacia Inglaterra y los Estados Unidos. Se calcula que murieron 1,000.000 de irlandeses a consecuencia de la hambruna y más de 1,500.000 abandonaron sus hogares. La población de Irlanda se vio reducida en cuatro millones, la mitad del censo. La figura del itinerante irlandés durante siglos de pobreza fue en parte responsable de la dispersión de enfermedades contagiosas en el interior de Irlanda y fuera de la isla. Los ingleses y los norteamericanos siempre se quejaron de que las hambrunas de Irlanda a lo largo de 350 años eran causa directa de las epidemias de cólera, creencia que, después de tanto tiempo, sigue viva en muchos lugares.

 

Salida de emigrantes irlandeses hacia Nueva York. London News 6 julio 1850

La emigración a Estados Unidos fue facilitada enormemente por los bajos precios de los pasajes. El rechazo mostrado por la población de acogida, que les mantuvo aparte como escoria humana, fue superado en la segunda mitad del siglo XIX por su enorme vitalidad, que les ayudó a subir peldaños en la escala social y política. En 1870, alertados por la iniciativa irlandesa, los líderes de la ciudad de Nueva York intentaron privar a los pobres (la mayoría irlandeses) del derecho al voto. Durante medio siglo, la prensa neoyorquina (100 periódicos y 50 revistas) se refería a los irlandeses como gente violenta, criminales, borrachos y papistas venales.

El tiempo se ha encargado de poner a cada cual en su sitio. La experiencia irlandesa en Estados Unidos sirvió de base a posteriores oleadas de emigrantes y constituye hoy un capítulo importante en el desarrollo socio-económico y político de un país cuyo auténtico punto de soldadura es la pluralidad de gentes, idiomas, creencias íntimas e interpretaciones sobre la religión, la sociedad y la cultura.

 

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