Emilio García Gómez

 

Inmigración, etnicismo y aculturación

 

 

     

 

 

Las tablas demográficas muestran un notable crecimiento de la inmigración y toma de residencia en España por parte de ciudadanos extranjeros. Las frías estadísticas son, sin embargo, suficientemente esclarecedoras acerca de las consecuencias de la heterogeneidad en los planos sociológico, cultural, lingüístico, religiosos y educativo.

Las distinciones o las distancias sociales y culturales contribuyen a agrandar o reducir el contenido étnico de una comunidad. Puede darse el caso de que algunos grupos de inmigrantes de segunda o tercera generación, como los suecos en Finlandia o los finlandeses en Suecia, aun siendo tan distintos desde un ángulo lingüístico y cultural –empleando el término “cultura” con muchas precauciones-, pasen casi desapercibidos, dada la escasa conflictividad entre unos y otros por cuestiones eminentemente sociológicas. Teniendo en cuenta que ambos colectivos comparten los beneficios y contribuyen a los deberes de un estado moderno, y que su identidad cultural no es causa de conflicto con la población natural, con la que han convivido durante décadas, la conclusión a que lleva esta cohabitación sencilla y tranquila es que la igualdad social es un valor superior a la homogeneidad étnica y, por el contrario, los desequilibrios sociales magnifican la diversidad considerada de tal manera. Ejemplos como el de Suecia tenemos en la provincia de Alicante, donde la falta de conflictividad de los residentes noruegos o canadienses los vuelve prácticamente invisibles para el resto de la población local.

Sin embargo, la presencia de marroquíes en España, turcos en Berlín, alemanes en Silesia (Polonia), armenios en Estambul, rusos en Letonia y Lituania, palestinos en Israel, canadienses anglófonos en Québec, norteamericanos en Sudán, tutsis en Ruanda, nubios en El Cairo, argelinos en Marsella o paquistaníes en Londres no hace más que incomodar, en mayor o menor grado, a las poblaciones autóctonas, que se creen herederas de los derechos históricos de su nación o su territorio –tomando como referencia la fecha de su fundación-, aunque se vean obligados a hacer hueco a los forasteros, a quienes en unos casos ven como valiosos colaboradores (norteamericanos en Canadá), y en otros, la mayoría de las veces, como intrusos (mejicanos en Estados Unidos), competidores (argentinos en Paraguay), colonizadores (ingleses en Zimbabwe), rebeldes (abjazos en Georgia) o agitadores (chechenos en Rusia).

Los distintos grados de aculturación e integración de los llegados a cualquier país influyen negativamente en el concepto de etnia, término acientífico que se emplea, equivocadamente, como sinónimo de raza y genera sentimientos de rechazo o admiración de las diferencias seudo antropológicas. Por escépticos que seamos acerca del término “etnia”, podemos intentar establecer diversas categorías de etnicismo: uno primario –por ejemplo, el etíope o uyghur, que constituyen la sustancia nacional y grupal de su país, Etiopía y Xinkiang (China), respectivamente-; un etnicismo secundario –que englobaría, por ejemplo, a los judíos o a los negros americanos, que se juzgan a sí mismos como americanos antes que como judíos o como negros-; y un etnicismo terciario, cuyos rasgos idiosincráticos se diluyen por falta de nerviosismo étnico por parte de la población, siendo posibles prototipos los valencianos. A caballo de estas tres categorías se acomodarían, a conveniencia, vascos, ceutíes, melillenses, catalanes, aragoneses, riojanos, extremeños, gallegos, andaluces, baleáricos, canarios, cántabros, castellano-manchegos, castellano-leoneses, asturianos, navarros, murcianos, los propios valencianos y unos cuantos miles más de grupos repartidos por la geografía del planeta que podrían mostrar apariencias (que, por supuesto, para ellos no son macas, sino virtudes) propias, únicas e intransferibles, pero que, en principio, “no causan problemas”. Al menos eso suelen proclamar casi todos, orgullosamente, en los pregones de sus fiestas locales o regionales.

Los etnólogos evitan comparar una por una las diferencias entre dos agrupaciones culturales. Técnicamente es impracticable evaluarlas de esa manera, ya que se puede caer en graves errores metodológicos cuando entran en juego procesos sociales, políticos, religiosos, históricos y lingüísticos que, con frecuencia, se combinan y religan. Por poner un ejemplo, algunas tradiciones y mitos de Chitral (Pakistán) concuerdan con otros muy lejanos, los del mundo clásico helénico, bien por la huella que dejó el macedonio Alejandro el Magno en su ruta por Asia central, bien por el deslizamiento, muy anterior, de las culturas indostánicas hacia occidente. Las analogías, como en este caso, son relativamente fáciles de documentar, pero también se dan meras coincidencias que no demuestran nada, como el supuesto parentesco, al menos lingüístico, entre los vascos y los pueblos del Cáucaso. Y de ninguna manera justifican ninguna clase de conducta social o personal como consecuencia de pertenecer a una familia etnolingüística determinada.

En otras ocasiones puede haber habido encuentros entre dos culturas, como la centenaria cristiano-musulmana, hispano-árabe o hispano-americana, interrumpidos por distintos procesos políticos que las hizo alejarse unas de otras, aunque se dejaran huella mutuamente. Hoy muy pocos españoles tienen la sensación de pertenecer o haber pertenecido al glorioso y también siniestro, según se mire, mundo del islam, o haber participado en la conquista y civilización de América. Sin embargo, la llegada de magrebíes e hispanoamericanos, con quienes presumiblemente se han compartido las mismas culturas, las mismas lenguas y las misma religiones, despierta grandes reconcomios motivados por una falta de tolerancia hacia los demás, no por diferencias étnico-raciales, lingüísticas o religiosas.

Las soluciones a los problemas de convivencia entre los viejos habitantes y los nuevos repobladores de la moderna Spania (como pronunciaban los árabes el antiguo nombre de España) pasan por el reconocimiento de la diversidad entre los individuos y la lucha contra la segregación por razones socioculturales y económicas. Una perspectiva moderna ve la aculturación como un intercambio de patrimonios, no como una venta unidireccional y menos aún como una sobreimposición, una sustitución o un chantaje de unos sobre otros. La reeducación y el aprendizaje de lenguas, culturas y modelos de conducta social, por divergentes que sean, también han de ser asumidos por todos, no sólo por los que llegan de fuera. Bien poco provecho se puede obtener de un grupo de ciudadanos al que se evita, se mantiene obligadamente apartado o se le permite vivir alejado del resto de la comunidad. Una forma de crear rechazo y resentimiento es esperar que sean los otros los que se adapten a nuestra forma de ser, en lugar de iniciar una aproximación mutua respetando los respectivos patrimonios culturales y evitando el conflicto.

Los estados modernos tratan de acabar con el nomadismo, el analfabetismo y todo tipo de conducta tradicional indigenista incompatible con el progreso social, persiguiendo costumbres como la ablación, el consumo de drogas, la tortura o la esclavitud de la misma forma que castigan cualquier delito recogido en los códigos legislativos. Pero ser distinto a los demás es una característica de todos los individuos de nuestra especie y no se puede impedir que lo sigamos siendo. La única forma de preservar la cooperación, sea interétnica o intraétnica, es aceptar esas diferencias y exigir que se respeten.

 

__________________

© 2005 http://www.etnografo.com