Inmersión lingüística en Canadá

Québec es un manantial al que acuden a beber cofrades de regiones bilingües como la valenciana, la catalana, la vasca y la gallega. Se cree que allí el modelo lingüístico y cultural es el más avanzado del mundo y el más apropiado para plagiar y hacerlo nuestro.

Se ignoran fórmulas menos llamativas, tal vez, que la que supuestamente pone en ebullición la sangre de los francófonos de Québec. Se silencian las políticas lingüísticas y culturales de las otras provincias y territorios de Canadá o las de países como Australia, Estados Unidos, Irlanda o Finlandia. El caso de Noruega, donde co-existen pacíficamente no dos lenguas, sino dos dialectos de la misma lengua –ambos normativos-, ni se menciona en los círculos de promoción lingüística de nuestro país.

Algunas de las cuestiones que se dilucidan en Canadá no son lo que parecen ni mantienen el rumbo que aquí se pretende seguir. La decisión del Parlamento Federal de Ottawa a finales de 2006 de reconocer a Québec como “una nación unida a Canadá” dejaba claro que la unidad y la reconciliación de la nación estaban por encima de las facciones políticas. La versión nacionalista ve a Québec dentro de Canadá por el momento, aunque en el futuro podría quedar fuera de Canadá y convertirse en un estado independiente.

Michael Chong, ministro dimisionario a raíz de la resolución del Parlamento, declaró que el gesto de reconocimiento del particularismo quebequés conducía a la división étnica, “porque no se refería a una entidad geográfica, sino a un grupo de gente.” La moción sobre Québec despertó el mismo terror que los movimientos etnicistas e indigenistas que han arrasado el mundo de la cultura.

La construcción del Canadá moderno parte de la idea de una ciudadanía común, sin referencia a esencias étnicas o raciales, lenguas, creencias religiosas o inclinaciones políticas, “tanto si llevas aquí cuatro como cuatrocientos años.” La visión federalista de Canadá establece una disociación entre comunidad sociocultural de pertenencia (por ejemplo, armenios) e identidad nacional de obligación política (canadienses de ascendencia armenia). La declaración oficial del Parlamento canadiense  no es el exordio de la secesión de Québec, sino la ratificación de su origen y la evolución de sus costumbres sociales, incluyendo el beneficio de preservar y promover su idioma y su folklore.

El nacionalismo quebequés habla de quienes viven en Québec y cumplen con Québec, es decir, acepta el sofisma de la profunda naturaleza distintiva de su estirpe, basada en el discutible derecho de primo occupante. Se olvida de los derechos de los pueblos aborígenes o “First Nations”, como los inuit, los métis (bastardos euro-indios) o los iroqueses, que, por analogía y con mayor fundamento, podrían exigir la restitución de las tierras incautadas por los antiguos colonos franceses y sus actuales descendientes, los quebequenses.

Coincidiendo con la lucha de los pueblos colonizados en los años 50, independencia y socialismo iban a ser las proclamas intelectuales respecto a Québec, pueblo aparentemente alienado y despersonalizado. La única salida era la independencia nacional frente a la dominación colonial y capitalista del Canadá anglófono.

La acción del Bloc Québécois, el Parti Québécois y el referéndum de 1995 relanzaron un nacionalismo “cívico” para contrarrestar el nacionalismo “etnicista”, sospechoso de xenofobia. La mitología nacionalista permite ocasionalmente declaraciones altruistas sobre la tolerancia tradicional del pueblo o nación étnica y la unión (en el sentido de adyacencia, no fusión) con otros mundos culturales.

Entre los quebequenses más radicales corre el bulo de que en el Canadá anglófono se les mira como indígenas que viven en una reserva de francofonía. Un argumento que también podrían explotar los cuarenta y cuatro grupos étnicos de múltiples pelajes y lenguas que pagan sus impuestos en Montréal.

Pero la identidad étnica o antropológica, el espíritu del pueblo o Volsksgeit, basado en la agrupación de ciudadanos por cuyas venas se dice que corren idénticos fluidos que regulan la comunicación, la historia, el pensamiento filosófico y religioso y la conducta social de un pueblo, no es una cuestión tan fundamental ni tan científica como para tomarla en serio. La verdadera naturaleza de Canadá se descubre destripando una matrioska cuyas piezas han sido coloreadas con distintas pátinas.

Los programas de inmersión lingüística en Alberta contemplan el estudio del francés como una oportunidad para los anglohablantes de conocer la segunda lengua oficial del país. En Manitoba se habla de inmersión en francés como un medio de alcanzar la competencia lingüística en ambas lenguas. En una época de comunicación intercultural e interlingüística, decía un experto universitario, “no hay razón para institucionalizar la educación monolingüe y  monocultural como la única opción disponible para los estudiantes.” El objetivo del régimen escolar de Manitoba al introducir programas de inmersión en francés era “desarrollar un bilingüismo funcional en niños cuya primera lengua no es el francés.”

En el caso de Saskatchewan, algunos escolares pueden incorporarse al programa de inmersión si lo solicitan sus padres. Ni en Ontario ni en Newfoundland se contempla la inmersión en francés como una imposición institucional, sino como una opción de los padres para sus hijos. Québec es la única provincia donde se pretende acabar con el bilingüismo, forzando el uso institucional del francés en régimen de exclusividad. Véanse, a título de ejemplo, el portal oficial del Secrétariat à la politique linguistique: “La langue française au Québec”, o la “Loi sur l’instruction publique” del 15 de marzo de 2008, sin carácter oficial.

El estado español aún no ha adoptado una política de ámbito nacional respecto a la oferta de programas de inmersión lingüística en cualquiera de las lenguas peninsulares allá donde se requieran. La iniciativa de la Comunidad de Madrid para fomentar el catalán es un tímido ejemplo de lo que queda por hacer en el futuro con el resto de las lenguas nacionales. Pero ello requiere un profundo cambio de actitud en los gobiernos de las autonomías históricas, cuya idea de inmersión en lengua propia como única alternativa nos parece, como la de Québec, simplemente cavernaria.

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