Ingeniería del caos

Eutopía, utopía, atopía, distopía, antiutopía. Estos cinco neologismos, puestos juntos, confunden a cualquiera. Pero hay una clara diferencia entre ellos, aunque todos forman parte del mismo continuo y nacen de la misma perspectiva miope, que nos va a servir para analizar, por analogía, la situación en Asia y América.

Por eutopía -del griego eu (bueno) y topos (lugar)- hay que entender un mundo feliz y generador de bienestar, fruto del optimismo. Ese lugar, según la versión más reconocida, serían los Estados Unidos del año 2000, entregado al crecimiento económico sin freno y a la hegemonía política sin trabas.

La utopía -ou (sin) y topos-, según Tomás Moro, que acuñó el término, no es exactamente un lugar ideal, sino un lugar inexistente, pero que deja abierta la esperanza de que exista como modelo de estado libre y democrático. América -los Estados Unidos- ha sido durante mucho tiempo, y muy especialmente desde mediados del siglo XIX, el nuevo paraíso de los elegidos, la Nueva Israel arropada por Dios, la utopía al fin alcanzada en la que todos los hombres son iguales y tienen las mismas oportunidades.

La atopía -de a (partícula negativa) y topos- también es un lugar inexistente, ni bueno ni malo, en el que podemos pensar pero no reconocer, porque nuestro propio escepticismo y nuestra negación ontológica nos lo impiden. Atópico, por ejemplo, sería el concepto de España, rebatido reiteradamente por el nacionalismo radical catalán y vasco como estado artificial sin sustancia que le dé cuerpo, según sus más que discutibles criterios etnicistas y lingüísticos. Atópico también es el islam tal y como fue concebido por Mahoma como aglutinación de creyentes en un territorio único y perfectamente protegido por líderes tenaces e implacables, garantes de la práctica de la religión. Las extensas fronteras políticas e ideológicas que separan a los millones de musulmanes, sean árabes, persas, turcos, patanes, beluchi, tayikos, kirguizos, bereberes, tunecinos, sudaneses, etíopes o negro-americanos, confirman, sin embargo, la irrealidad de ese mundo como nación estrechamente ligada por la fe en el mismo dios, un proyecto común y una fraternidad universal.

Por lo que respecta a la distopía -de dis (malo) y topos-, fruto del pesimismo más extremo, sería un lugar indeseable, cataclísmico, apocalíptico, previsiblemente abocado al caos, al desastre, a la exterminación, a la aniquilación. La distopía tenía que ser la América del Norte del día después del 11 de septiembre, y su procreador, un árabe musulmán desequilibrado y paranoide dispuesto a impedir el deterioro del mundo islámico a costa de acabar con el capitalismo representado por Satanás, los Estados Unidos.

A uno le resulta difícil imaginar y aceptar que existan seres tan perversos como Bin Laden en la ejecución de órdenes y tan eficaces en la concepción e instrumentación de lo que podríamos llamar ingeniería del caos. Cuando se trata de describir una América cuya mera existencia impide que los hermanos musulmanes den un salto definitivo de la prehistoria al siglo XXI, entonces hay que provocar la catástrofe y hacer de la utopía antiutopía, el lugar en el que se puede entrar pero del que no se puede salir -al menos, vivo.

No parece, sin embargo, que se haya llegado ni se vaya a llegar en América a la distopía retratada por Hoban Russell en su novela de ciencia ficción Riddley Walker, que transcurre en el siglo XXX o XL tras una catástrofe nuclear. La distopía ya existe en forma de un Afganistán enterrado en la arena, los escombros y la metralla, un pandemónium con un pasado en la Edad Media, un presente en la Edad de Hierro y un futuro en la Edad de Piedra.

Cualquiera que sea la topía imaginable, toda la sociedad, cualquiera que sea el lado del que se incline, se va a ver obligada a adoptar posturas de inhibición, autodefensa, agresión e intolerancia, alejándose cada vez más de la realidad y favoreciendo el crecimiento de individuos eutópicos, utópicos, anti-utópicos, atópicos o distópicos, aquejados todos de una psicosis intratable.

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