Infiltración lingüística

Emilio García Gómez

Se suele aceptar la idea de que ninguna lengua procede de un solo progenitor; incluso lenguas o familias lingüísticas que parecen ancladas en un islote de la historia, como las amerindias, tienen, según el antropólogo Boas (1929) múltiples raíces. Por consiguiente, la evidencia del cambio y la diversidad dialectal sólo se explica por el efecto del tiempo y el contacto intercultural. No obstante, cuando se habla de preservar la integridad de una lengua la intención es que se mantenga estable a base de endurecer el contexto sociolingüístico e impedir que se produzcan fracturas en su transmisión. Por transmisión hay que entender el paso ininterrumpido de un sistema y sus subsistemas a través de las distintas generaciones de hablantes. Conviene tener en cuenta que si una lengua no está bien organizada y amarrada al uso puede verse afectada seriamente por la intromisión de otras lenguas, aunque no es fácil que pierda masa crítica, a menos que se reduzcan sus funciones comunicativas.

Los gramáticos y los académicos no dejan de echarse las manos a la cabeza al observar el intenso aluvión de barbarismos que inundan las lenguas nacionales (curiosamente la integridad de los dialectos no despierta tanto interés); en realidad, y a pesar de que los especialistas aún no se han puesto de acuerdo sobre qué partes y qué huecos de una lengua son más vulnerables a la invasión externa, es muy probable que la infiltración se limite al plano del léxico, siendo improbable que afecte a la morfología paradigmática, las expresiones idiomáticas preexistentes y el sistema fonético-fonológico. Una red lingüística bien consolidada es altamente resistente al cambio radical, aunque determinados elementos periféricos pueden ser susceptibles de sufrir contaminación. Se sabe que algunas lenguas híbridas como el anglo-romaní o el hiberno-inglés comparten la estructura léxica de una y la gramática de otra; también se suele admitir que los componentes verticales de las lenguas (por ejemplo, el morfema del gerundio o el del infinitivo) son difícilmente trasvasables entre lenguas dispares, a pesar de que hay casos que contradicen esta hipótesis. Por ejemplo, la palabra española “puente” sólo admite la adición del morfema del plural –s. Ampliando un poco su función semántica cabría también la posibilidad de añadir, irregularmente, el morfema del infinitivo para dar “puentear“. Sin embargo, en virtud de la práctica de un nuevo deporte, o entretenimiento, como se quiera llamarlo, consistente en arrojarse de un puente con los pies atados a una cuerda, se ha modificado la estructura morfológica de la palabra y se le ha añadido el morfema del gerundio del inglés -ing, en lugar del morfema español -ndo, dando como resultado un insólito híbrido, “puenting“, que, paradójicamente, no es un calco del inglés, ya que en esta lengua no se dice “bridging“, como cabría esperar, sino “bungee jumping“. Este comportamiento anómalo del español incrementa nuestras dudas acerca de su estanqueidad ante ciertas agresiones exteriores y la imperturbabilidad de su código genético.

Los intercambios léxicos se producen normalmente como consecuencia de la actividad comercial, social, política y religiosa. Pero hay casos en los que la lengua se ha visto alterada artificialmente desde dentro, por la intervención de los gramáticos prescriptivistas. La obsesión por la corrección en el habla, tomando como modelos las lenguas clásicas, ha conducido a la creación de dialectos paralelos, mientras que las versiones populares de la lengua siguen por su cuenta una ruta evolutiva natural. Las lenguas románicas deben parte de su composición a la voluntad de los clérigos que, con el fin de cubrir necesidades funcionales, recurrieron al latín para relexificar los dialectos de origen latino. El renacimiento y el barroco fueron períodos de máxima intervención sobre las lenguas de la Europa occidental.

Thomason y Kaufman (1988) han elaborado una “escala del préstamo” según la cual los distintos trasvases se producen en proporción a la intensidad del contacto interlingüístico e intercultural: un roce provisional provoca ligeras cesiones léxicas de distinta índole; un contacto más severo puede llegar a modificar la estructura de la lengua más expuesta, aunque las lesiones causadas no son consecuencia de la herencia genética sino de un contacto violento. Las actuales demandas culturales y tecnológicas y la constante presión de los gobiernos sobre los sistemas educativos, así como su intervención para uniformizar el habla y la lengua escrita, ponen en marcha fuerzas antagónicas y a veces incompatibles entre si; los resultados del encontronazo entre los dialectos estándar y los que no lo son resultan imprevisibles a largo plazo, aunque podemos imaginarnos que la lucha por la supervivencia se mantendrá como hasta ahora: siempre habrá sistemas oficiales y no oficiales, pero son éstos los que van a seguir tirando de aquéllos debido a su mayor capacidad para el cambio y la innovación.

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