Hechos y dichos de viejos tiempos


Pilar García Alegre

Los siguientes relatos forman parte de una serie de episodios recopilados por su autora en 2003. En ella trata de recuperar, apelando a su memoria personal y la de sus amigos, hechos y dichos de antiguos tiempos en su pueblo natal, Albalate del Arzobispo (Teruel, España). Todos los personajes han existido realmente, aunque en algunos casos se ha evitado nombrarlos directamente. Los acontecimientos narrados -peripecias, incidentes, ocurrencias, lances, dramas y tragedias- pueden ser recordados sin dificultad por los albalatinos de la vieja generación, de los que, afortunadamente, aún quedan unos pocos.

En todos los pueblos se sigue la inevitable tradición de nombrar a la gente por su mote. Algunos apodos se refieren a la actividad laboral de la persona, otros a su aspecto físico y una mayoría a sus peculiares rasgos de carácter. Con frecuencia resultan cómicos y a veces hirientes. Albalate no es una excepción.

En el verano del año 2000, los jóvenes de la Asociación Cultural Rincón Verde vendieron unas camisetas sobre las que aparecían los 278 apodos más recordados de Albalate. Adjuntamos a continuación una pequeña muestra que nos ayudará a entender un poco mejor la idiosincrasia -no siempre solidaria ni caritativa- de los vecinos:

Ancazorra, Bocaguinda, Bocaherradura, Bocanegra, Borrajas, Brujo, Burraza, Cagazas, Capacero, Carabinas, Chafacarros, Churchil, Cuerporrana, Empavoneao, Encajonabuitres, Escapacasas, Galleta, Ganchudo, Gateras, Gusana, Jabalí, Laureanas, Llorona, Malaire, Malaletra, Mataguardias, Mataputas, Mengranas, Metralleta, Montapistolas, Moñoño, Morico, Mosco, Mostoso, Pacífico, Palicos, Panso, Patagorda, Peliblanco, Pesetas, Piojo, Pirata, Pólvora, Preciso, Pulga, Puncharratas, Puta, Rabalera, Rayo, Risas, Sardineta, Sopas, Tábano, Tomacampo, Tomate, Tragaduros, Zurcero.

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Espalda de la camiseta de apodos de Albalate del Arzobispo. Abajo, detalle del pecho

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Mi tía Pilarín, a petición mía, comenzó a describir a cada uno de ellos y pronto llenó más de ochenta folios escritos a mano en los que hablaba de sus especiales características y hazañas. Puesto que me llamaron mucho la atención un par de sus relatos, los envié a la revista Valdoria, que publica el Ayuntamiento de Albalate un par de veces al año, para repetir por escrito algo que todos los mayores ya conocían por tradición oral. La mala suerte fue que allí aparecía retratado el tió Moñoño, tío de su mejor amiga, María Sabio. Enseguida recibimos una llamada telefónica suya mostrando su enorme incomodidad porque aquel episodio era tan desgraciado como falso. Mi tía, que poseía una buena memoria, me confirmó que lo que aparecía en el texto era ciertísimo y no tenía por qué retractarse, aunque lamentaba haber molestado a su compañera de parroquia.

Debo aclarar, por haberlo señalado antes mi primo Laureano, que en aragonés el referente de parentesco es el tío Juan, la tía Juana, con el diacrítico donde corresponde, precedido por un artículo inhabitual en otras regiones; en cambio, el referente de un personaje popular es el tió Moñoño, el tió Capacero, con el acento reforzando el diptongo y manteniendo el artículo determinado precediendo el apodo.

Reproduzco a continuación seis breves episodios tal y como fueron escritos por mi tía. Me he limitado a transcribirlos. La introducción es mía. (E.G.G., transcriptor)


He oído contar a mi padre [Román García Gárate] que, a finales del siglo XIX, los quintos tenían que pasar por Teruel. El problema de aquellos mozos era que se veían obligados a realizar un largo viaje andando o en una borriquilla (quien la tuviera), cubriendo casi 170 kilómetros en penosas jornadas.

En una ocasión, al llegar a la capital los del reemplazo correspondiente, fueron desfilando por el tribunal para revisar los trámites que estos casos se solía hacer. Al oír su nombre, se presentó uno de los jóvenes reclutas. Era de una talla tan baja que despertó la sonrisa de los miembros del circunspecto tribunal. Al darse cuenta, uno de los compañeros del quinto, sin levantarse de su silla y aprovechando el momento de distensión, dio una voz con gran sorna: “¿Éste? ¡¡Si ha nacido en el camino!!”

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En una torre del pueblo vivía una mujer a la que llamaban la Tía Ancazorra. Era alta, corpulenta y muy valiente. Sus faenas estaban en el campo o en la huerta, ayudando a su marido. Tenía varias hijas.

En dos o tres ocasiones le vino el parto en pleno trabajo en la época de la recogida de olivas, en la siega o en la huerta. Cuando se sentía mal, le ayudaba su marido -él, muy asustado; ella, tan tranquila-. Recibían al bebé y cortaban el cordón umbilical con una navaja. A continuación, ella se montaba en la caballería y… para casa, con el niño envuelto en cualquier ropa. En llegando a la torre, vestía a la recién nacida, se arreglaba ella, llamaba a las hijas y les decía: “Hala, aquí tenís un hermanico. A cuidarlo bien.” Y volvía al trabajo. Aquella mujer resistió todo sin coger una infección.

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El Tío Moñoño, trabajador del campo, era un hombre totalmente iletrado. Ya bastante mayor, se sintió muy solo y alguien le aconsejó que se buscara mujer y se casara. Como en el pueblo nadie le quería, se fue a Zaragoza, encontró a una -creo que en la Inclusa- y se casó con ella. Era también mayor y poco agraciada, pero bastante culta, pues sabía leer y escribir. Pronto se dedicó a escribir cartas para la gente analfabeta, que, en aquellos tiempos, eran muchos. La trataban con cierto respeto, pues se referían a ella como la Señora Esperanza.

Se cuenta que durante su viaje de novios, camino de Zaragoza a Albalate, ella le preguntó: “Moñoño, cariño, tendremos algunas tierrecicas pa trabajar tú, ¿verdá?”

Y él, muy serio, le contestó: “Cierra los ojos y todo que veas es nuestro.”

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Hace muchos, pero que muchos años, robaron una imagen de la Parroquia. El tonto del pueblo dijo que sabía quiénes eran, pero no lo revelaría hasta que no lo llevaran a él en procesión, como a San Isidro. En vista de su cerrazón, por más que le insistieran, optaron por hacer lo que pedía. Se organizó todo: bandeo de campanas, fiesta del pueblo, procesión. El interesado dijo que lo contaría después de la procesión. Salió todo el pueblo en procesión, voltearon las campanas, tiraron los cohetes, todo el mundo en la puerta de la iglesia. El Sr. cura, en presencia del alcalde, el juez y los vecinos, hizo la pregunta: “¿Quién ha robado la imagen de la Parroquia?”. El tonto del pueblo, con toda sencillez y muy satisfecho, respondió: “¡Los ladrones!”

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El Tío Capacero se fue un día al matadero a comprar chichorras, como dicen aquí. Son los despojos de los corderos que, entonces, mucha gente compraba porque eran mucho más baratos que la carne y de ellos podía alimentarse toda una familia.

Al regreso, se cruzó con un coche, con tan mala fortuna que fue atropellado, pero no mucho. El del coche, que también era del pueblo, corrió a levantarlo. Cuál sería su susto e impresión al verle toda la delantera y barriga llenos de sangre e intestinos. El Tío Capacero, al verlo tan demudado, le dijo: “¡No te asustes, hombre, que son los chicharrones!”

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En aquel entonces, las mujeres iban a fregar todos los días a una acequia llamada pozadero, en el puente. Allí dejaban todo limpio. De vez en cuando una voz gritaba: “¡Mierda va!”, y las que tenían los cacharros en el agua los retiraban corriendo, pues la corriente la arrastraba rápidamente. Era que las madres con niños pequeños les ponían una prenda de tres puntas, que llamaban culero, y se la metían en el trasero de los nenes durante el día para que hicieran allí sus cosas. Después llevaban los culeros al pozadero y lanzaban el grito de “¡Mierda va!”. Después de comer era la hora de mayor afluencia, casi todas chicas jóvenes, mientras el pretil del puente se poblaba de chicos mayores, no para verlas fregar, sino para examinarles el escote y las piernas. Por eso, muchas se ponían un delantal delante… y otro detrás, con los escotes bien cerrados.

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