Francisco Montañés, presbítero*

Mártires bajo el manto de la Virgen del Pilar

Testimonio acerca de los fusilamientos de 29 personas, entre ellas su propio padre, a manos de la “Brigada de la muerte” en Albalate del Arzobispo (Teruel), el 1 de septiembre de 1936

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Francisco Montañés en Zaragoza, enero de 1970

A un viajero que, por primera vez, recorriera las calles de Albalate del Arzobispo, populosa y rica villa tierrabajina, en la mañana fresca y plúmbea del 1º de septiembre del año 1936, le hubiera sorprendido el silencio aterrador, entrecortado por sordos e incesantes sollozos que en ellas se perdían, calles a la misma hora de otros días tan concurridas; algo trágico e insólito acaecía en este pueblo del Bajo Aragón…!

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Cuesta de las losas, que desciende hasta el puente sobre el río Martín

La bestia moscovita hacía ya más de un mes que había posado en esta villa su inmunda planta. Acechaba de continuo con su instinto de hiena las víctimas que en sus malvados y deletéreos cálculos habían de desaparecer, fuese como fuese.

Una de las presas más codiciadas por los rojos sabemos que era la del representante de Jesucristo en el pueblo, la del sacerdote, y en su defecto, la de los seminaristas, futuros sacerdotes. Y cuando no encontraban al hijo seminarista, apresaban al padre.

El día 1º de Agosto, un grupo de aquellas fieras, verdaderas encarnaciones del demonio en figura humana, vestidos con el imprescindible mono, ceñida su cabeza del simbólico pañuelo mitad rojo, mitad negro, y empuñando su mano un fusil, se presentan ante nuestra casa preguntando por el “cura”. Oída la respuesta negativa, aquellos energúmenos echan mano de mi padre, y entre una sarta de insultos y blasfemias, es conducido ante el “Comité Popular”, supremo tribunal de vida o muerte.

Tras un breve interrogatorio deciden su prisión. Pero, al día siguiente, ignoro la causa, le dan libertad.

Por de pronto, le mandan toda clase de trabajos. Así pasan unos días, plenos de inquietudes y zozobras, hasta que un buen día, el comité local le envía en unión de los dos seminaristas y de algunos hombres probos, ¡la flor y nata del catolicismo albalatino! a hacer fosas en el Cementerio. ¿Para quién?… Terrible incógnita que muy pronto se encargarán de despejar aquellos desdichados abortos del infierno.

El día 31 de Agosto, se propaga por el pueblo, cual reguero de pólvora, el rumor de que los fascistas se acercaban a la villa. ¿Quién propaló tal noticia? No nos sería difícil averiguarlo. Esto dio pie a los rojos, ¡bien urdida estaba la trama…! para detener y encarcelar aquella misma noche a toda persona desafecta al nuevo régimen anárquico y revolucionario.

Como es de suponer, entre los primeros fueron los ya citados seminaristas y mi querido padre, en total 29 hombres.

Al siguiente día, muy de mañana estaba ya reunido aquel nefasto comité, que cual otro Sanedrín iba a renovar el fatídico grito ¡reus est mortis!, pronunciando sentencia de muerte para aquellos fieles servidores de Jesucristo.

Amanecer triste y sanguinolento para Albalate, aquel de primeros de Septiembre de 1936. Tras un simulacro de juicio, aquellos 29 hombres, atados de dos en dos y escoltados por dos ininterrumpidas hileras de bien armados esbirros, son conducidos al Cementerio distante del pueblo cerca de un kilómetro. Pero, pregunto yo, ¿para qué tantas y tan minuciosas precauciones…? ¿es que temen vengan a libertarles los fascistas, sus hermanos de ideal, o es que prevén les salgan al paso los parientes y amigos de las víctimas…? No lo primero, pues bien sabían los rojos que los franquistas se hallaban a bastantes kilómetros; y en cuanto a lo segundo, les tenía muy sin cuidado, por cuanto aquella misma mañana había sonado la trompeta pregonando que sería pasado por las armas el que transitase por las calles de la población, mandando al mismo tiempo, que durante dicha mañana puertas, balcones y ventanas permaneciesen cerradas. ¿A quién temían…?

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Monolito levantado en la Cuesta de la Calzada, antes de subir el puerto del mismo nombre, en la carretera de Albalate a Andorra. Los fusilados en ese lugar (16 de agosto de 1936) fueron Manuel Olagüe Garralaga, José Luna Gómez, José Félez Garín, Manuel Simón Clavería, Jesús Gasco Lucea, Antonio Hernández Lucea, Moisés Olagüe Labora y “un desconocido” (se trataba de un mendigo). Abajo, la antigua carretera y el paisaje que contemplaron por última vez los fusilados

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Llegados al Camposanto, después de alinearlos ante una larga y profunda zanja abierta por ellos mismos, aquellas fieras, antes de consumar su horrendo y macabro crimen, les someten a un minucioso registro. A mi padre le roban el reloj, las gafas y algunas pesetas que no pudo dejar en casa.

Procediendo estaba muy afanoso el miliciano en la búsqueda de objetos útiles, cuando de improviso se desata en imprecaciones y blasfemias…, es que había dado con el escapulario de la Santísima Virgen del Carmen que mi padre siempre llevó pendiente del cuello. El “responsable” le grita: “quítale ese trapo a ese beato fascistón…” En seguida el mismo “responsable” ordena hacer fuego. Mi padre, que no había cesado en todo el trayecto de encomendarse a Dios y a la Santísima Virgen de Arcos, Patrona del pueblo, al ver el trance supremo, lleno de heroísmo y valor, prorrumpió, a la vez que los dos seminaristas, en un estentóreo ¡Viva Cristo Rey…! que una ametralladora se encargó de apagar.

Descansa en paz, ¡mártir de Dios y de la Patria! Tu sangre fecunda germina en un sacerdote como antes fue semilla de un hijo que hoy siente el orgullo de tenerte dos veces por padre, en la vida y en el sacerdocio, que para mí es un florecer de tu sangre generosa.

Francisco M. Montañés, Presbítero

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Página 1 (texto escaneado de una defectuosa copia del original)
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*Mosen Francisco aparece citado en http://www.galeon.com/abosque/exe/libroro/#tra por Arturo Bosque, uno de los seminaristas de Alcorisa que lo conocía muy bien.

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