Endo/exo-nacionalismo: El caso de Valencia y Cataluña

Una buena parte de los valencianos cree hallarse en el punto de mira de los catalanes y de su quinta columna en Valencia, el procatalanismo. La expansión cultural y económica de Cataluña y la vitalidad de su lengua, a pesar del pesimismo expresado por mi colega el profesor Antoni Ferrando, de la Universidad de Valencia, acerca de la situación del catalán frente al castellano en el propio Principado de Cataluña- despierta el recelo de sus vecinos meridionales, que temen perder su dialecto -al que prefieren llamar lengua-, sus tradiciones locales y su identidad. La descarada admiración y ostentación de lo catalán despierta, como es lógico, la honrilla del pueblo valenciano y provoca una generalizada reacción anti-catalana, bloqueando los canales políticos de comunicación entre las dos regiones.

Estos movimientos de aproximación y de distanciamiento responden a estímulos parecidos a los que empujaron en su día a los pueblos ibéricos a organizarse en una estructura confederal sin un verdadero sentido de unidad -a pesar de los lazos étnicos, lingüísticos y religiosos que les ataban-, lo que explica los constantes episodios bélicos entre las distintas confederaciones. Las relaciones entre valencianos y catalanes sufren el mismo tipo de desperfecto: un deseo de perpetuarse juntos y otro, contradictorio, de mantenerse perpetuamente separados.

No entendemos por qué no se realizan nuevos sondeos, en Valencia como en Cataluña, sobre el grado de reconocimiento del hecho diferencial y la consiguiente aceptación o rechazo del mismo, procurando que los cuestionarios no recojan, como hasta ahora, estados de opinión creados interesada y artificialmente por atizadores profesionales, sino en virtud de un proceso de maduración intelectual. Un equipo de sociólogos independientes, sin relación directa con la Comunidad Valenciana o con Cataluña, no debería encontrar dificultad alguna en diseñar un modelo fiable, capaz de filtrar inclinaciones sospechosamente radicales y de proporcionar la clave de la desorientación del ciudadano ante las escasas y duras alternativas que se le ofrecen: endonacionalismo -el nacionalismo interior, el que trata de protegerse de las injerencias extrañas, con su peligrosa carga chovinista y xenófoba-, exonacionalismo -aquel que busca la integración con pueblos afines, en este caso el catalanismo o el españolismo, poniendo en peligro algunos rasgos singulares como la lengua-, y nacionalismo expansivo -el que persigue perpetuarse ocupando el territorio ajeno.

Es posible que los expertos en derecho político y en sociología arqueen las cejas al tropezarse con una descripción tan simplista y herterodoxa como la precedente, pero cabe pensar que las tres formas básicas de nacionalismo son excluyentes entre sí y, por consiguiente, sólo pueden practicarse rompiendo treguas y pactos. Sin embargo, a la vista de las huellas erráticas que han marcado el camino pisado hasta ahora, es preferible huír de la estrategia del usurpador y del usurpado, la del colonizador y el colonizado; habiendo adoptado ambos el papel del contrario, resulta muy difícil identificar cuál es uno y cuál el otro y, por lo tanto, ninguno puede alcanzar la meta perseguida, excepto a codazos. Nosotros no creemos en dogmas ni en verdades absolutas, sino en interpretaciones provisionales de la realidad, por más que la provisionalidad dure un largo tiempo. Hay que diluír cuanto antes el problema técnico de la lengua -de muy fácil resolución si se reactiva el sentido común- y sustituír el resentimiento y la sospecha por una estrategia de cooperación oportunista, aunque civilizada.

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