En torno a Babel

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Ángel López. Foto: La Verdad de Murcia, 5-X-2005

La vida académica está llena de oportunidades que nos ayudan a compartir lo que van haciendo y depositando nuestros colegas. No siempre lo que encontramos es coherente, porque todos nos desplazamos en zigzag, improvisando y tanteando el terreno y con frecuencia retrocediendo para reordenar nuestro trayecto antes de seguir adelante. En el campo del conocimiento, pocas cosas damos por descontadas, ya que continuamente hemos de lanzar hipótesis y calibrar pruebas y resultados. No estamos libres de error, aunque a veces acertamos. Pero lo que más insatisfacción e incertidumbre nos plantea es si lo que hoy damos por supuesto y demostrado, mañana se nos muestra como improbado, provisional y revisable. Y nada hay más próximo a la irrealidad que la cuestión del idioma, el cobijo étnico, la tipología de la nación o el derecho a la propiedad y la posesión de la cultura y las esencias patrias, puesto que todo ello no constituye una verdad absoluta ni en sus partes ni en su conjunto.

Cuando el fértil profesor y lingüista Ángel López García-Molins me envió un ejemplar de su Babel airada. Las lenguas en el trasfondo de la supuesta ruptura de España (Madrid: Biblioteca Nueva, 2004, 125 págs.), no me detuve a leerlo de un tirón, sino que lo dejé en el cajón de mi mesilla de noche y allí sigue, en compañía de El idioma español en sus primeros tiempos, de Ramón Menéndez Pidal, Language: The Social Mirror, de Elaine Chaika, La vida de los termes, de Mauricio Maeterlinck, Confesiones de un burgués, de Sándor Márai, una colección de artículos de Howard Richler aparecidos en The Gazette de Montreal, que regularmente me envía una amiga, y, finalmente, mi referencia vital, el libro que a mí me gustaría escribir, Mi último suspiro, de Luis Buñuel. Cada cual aguarda su turno de lectura alternada, desprogramada, fragmentaria y nocturna, llevada con molicie, sin el apremio del contrato ni el deber profesional.

De ahí que aquel día, al abrir mi buzón, no me planteé compartir el opúsculo de Ángel López con otros lectores, como debería hacerse con todos los libros, sino apoderarme de él egoístamente y convertirlo en lectura de intimidad, sobre la almohada, en el silencio y el sosiego, cuando más beneficio comporta para las cansadas neuronas después de un día de agobio intelectual; una forma de leer que le lleva a uno, en pocos minutos, de la lectura material y consciente al universo del inconsciente, el que gobierna nuestros pensamientos, en el umbral de la cueva de Morfeo.

Pero Babel airada no es una obra estática que, una vez revisada, pasa a la estantería de la biblioteca a convertirse en polvo y alimento del lepisma, el inquilino más fiel y discreto de mi casa. El libro ha salido del cajón de la mesilla porque no me deja dormir. Babel resuena como los tambores de guerra cultural y política que se despliegan, una vez más, sobre determinados rincones de la geografía de España. “Asistimos en España a una curiosa sacralización de las lenguas”, escribe Ángel López en su apartado “Las verdades del barquero”. Y posiblemente, como cree él, es innecesario dar tanta importancia a la cuestión del idioma vernáculo y la nación étnica como si nos fuera en ellas la vida y la hacienda, como si resultaran cardinales para evitar el colapso de la comunidad y de la humanidad entera.

Babel airada es un librito pequeño pero importante. Enlaza en algunos aspectos con El paraíso políglota, del filólogo Juan Ramón Lodares, fallecido precozmente sin haber tenido tiempo de desplegar su tonelaje intelectual. López desdramatiza un asunto que afecta a todos los hablantes sin tener la cualidad de lo ineludible ni ser incompatible con el ejercicio de las actividades más habituales: la búsqueda y mantenimiento del empleo, la cobertura sanitaria y educativa, la protección de las leyes ante los abusos y las tropelías, el disfrute de la felicidad y el ejercicio de la libertad de expresión. La lengua, dice, aglutina como la religión, pero, a nuestro modesto entender, es más que una religión, al convertirse en dogma religioso que facilita el trapicheo que se llevan los individuos entre ellos mismos y el tótem. López no se plantea, como Lodares, la relación coste-productividad del plurilingüismo español, pero sí que anuncia las defecciones de lealtad hacia el espíritu supra-nacional o supra-colectivo que durante siglos ha caracterizado, al menos sobre el papel, el espacio físico y la configuración social de lo que llamamos España. “Lo que diferencia a la ciencia moderna de las concepciones metafísicas de la Antigüedad”, escribe López, “es que no afirma la existencia de los fenómenos, sino, acaso, una provisionalidad de comportamiento que siempre anda rondando peligrosamente la existencia.

En un año de la década de 80, no recuerdo cuál, se celebraron en la Universidad de Valencia unas jornadas bajo el entonces sorprendente epígrafe ¿Existe España?“. El protagonista principal fue, por lo inesperado de su actuación, Juan Goytisolo, que se limitó a desterrar con su argumentación contundente -un discurso que no admite ningún género de dudas- la idea de que no existe la idea que existe, y no hay nada más que añadir. La intervención del escritor no pasó desapercibida, pero sí cayó entre la audiencia y, supongo, entre los organizadores del evento, como el granizo en el desfile del Corpus Christi. Luego ha habido desbordamientos de tinta sobre el asunto, pero en aquel momento la España-nación-común volvía a plantearse, otra vez después de siglo y medio, como entelequia a desmontar y asunto a zanjar.

En realidad son los agentes intelectuales, que, afortunadamente aparecen para recordarnos que hay otras miradas y otros enfoques, aunque muchos padecen de palmaria distorsión, los que toman la iniciativa de despertar la conciencia de las poblaciones supuestamente sometidas a un régimen político que ignora la mayoría de las esencias “naturales”, traídas desde antiguo por una caravana de fundadores de la nación y de la estirpe. “La conclusión es evidente“, dice López, “puesto que el núcleo duro de lo español se identifica con el centro, resulta que incluso geográficamente las comunidades periféricas tienen su españolidad en entredicho.” Y añade en otro sitio: “la imagen de la península a la que se quiere llegar es una escena sesgada, el resultado de un escorzo violento, aunque sin duda objetivo.” Los protagonistas de la historia de la demolición de España en marcha son apaches bajo el liderazgo de Cochise, intermediarios de buena fe         como Jeffords, soldados del ejército yanki al servicio de una idea de la integridad territorial, piezas todas de un ensamblaje cuyo levantamiento se anuncia rompiendo flechas y declarando hostilidades.

Los enfoques son múltiples y es fácil llegar a la deformación de         quienes sufren el síndrome de Uner Tan, caminantes a cuatro patas, con el rostro dirigido al suelo o hacia los lados, o de quienes mantienen su particular perspectiva de batracio, convencidos de que su visión del mundo coincide o debe coincidir en todo con la del resto de los mortales. Del relativismo al dogmatismo hay un buen trecho y nosotros preferimos refugiarnos en el primero, que nos ofrece más garantías de, estando equivocados, cosa que ocurre con frecuencia, poder hacer marcha atrás, convencidos de que nada es irreparable, indiscutible e innegociable, y que por el lado contrario entramos en el universo de los mitos y en la servidumbre de la oscuridad y la sinrazón.

Al poco de publicar su libro El rumor de los desarraigados, premio Anagrama en 1985, Ángel López se propuso “no volver a escribir un ensayo sobre la cuestión de las lenguas en la Península Ibérica.” Pero ¿por qué no? nos preguntamos. Menos mal que lo ha hecho. Es lo suyo, su territorio, el de la lengua y el lenguaje, el de la psicología y la sociología del idioma. Yo coincido, sin habérmelo propuesto, sin tener con él relaciones de jerarquía académica, en muchos aspectos que, antes que yo, y con mayor lucidez, ha expuesto acerca de los temas que preocupan, por ejemplo, a los valencianos: la tracción entre fuerzas contrarias del hecho identitario. Lo que en algún lugar hemos dejado caer los dos, Ángel López lo ha hecho antes, al mismo tiempo o después que yo, sin estudiarnos mutuamente, pero posiblemente bebiendo en las mismas fuentes y mostrando parecidas actitudes.

Interpreto este hecho como resultado de un ligero distanciamiento que existe entre el profesor Ángel López y yo mismo respecto a la Comunidad Valenciana. Él es aragonés, con formación académica en Zaragoza y despliegue profesional en distintos lugares, y quien esto escribe es morellano de circunstancias, criado en Navarra y con una genealogía híbrida compuesta de aragoneses, vascos y vaya usted a saber. Pero esa aparente neutralidad, que algunos creen reconocer en nuestra forma expresiva, no nos aleja del compromiso. López es un ensayista comprometido hasta el corazón, cosa que se observa en seguida leyendo lo que llamaríamos una sintaxis y una semántica de elevada temperatura emocional como la suya. El enfermo que acude al médico no espera que éste le haga una declaración objetiva de sus males, sino que confía en su interpretación y en su calibrado, conducente a la toma de posturas y puesta en marcha de acciones. Por más que Ángel López se proponga evadir sus débitos emocionales para no perder la neutralidad que supuestamente ha de conservar un académico, o por temor a despertar el recelo de algunos colegas, en el fondo de Babel se advierte el talante del aragonés franco, rápido y sin adornos. Es lo que más agradece un lector acostumbrado a lidiar con otra clase de textos llenos de empaque, neutros como el acero, desalmados y, a pesar del rigor académico, tendenciosos.

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