En orillas opuestas

Emilio García Gómez

El genial debate en el que se enzarzan nuestros representantes políticos y al que se adhieren los político-adictos les hace creer que no hay nada mejor en la vida personal del pueblo que asistir, un día tras otro, a tan insigne escenificación, mientras abandonamos nuestros quehaceres. Y, sin embargo, no nos queda más remedio que dudar de que las cosas funcionen al nivel que aquéllos imaginan.

Si nos dejamos envolver en su discurso, enseguida trasladamos las emociones y las pasiones al ámbito de nuestras familias y nuestras redes sociales. Una perfecta piña de amigos querríamos todos tener, pero en la realidad nos movemos entre gente fastidiada y sorda, gente que sólo atiende por una oreja, o que nunca escucha porque jamás renuncia a acaparar la conversación y el conocimiento; o entre fanáticos que marcan las condiciones para entrar y mantenerse en su selecto círculo de amistades.

O caminas con ellos por la misma orilla del río o te mandan a la de enfrente, sea el margen derecho o el izquierdo, dependiendo del punto de observación, aunque las dos riberas lleven el agua al mismo delta. No se atreve uno a expresar el pensamiento con franqueza por temor a herir su sensible y apretada percepción del mundo, así que te ves obligado al permanente desdoblamiento. Normalmente ocultamos a unos y a otros que a veces también nos movemos en el sitio opuesto; es decir, que nuestros vínculos van con los individuos, se hallen donde se hallen, y no con el Gran Credo o el Verbo Supremo. Si nos descubren, estamos perdidos; nos convertimos en gente desleal y sospechosa. Pero debemos confesar, y guárdesenos el secreto, que por las venas nos corren unas gotas de sangre de Dr. Jekill y otras pocas de Mr. Hyde, ese incómodo e imbatible colono, “ese huésped que vive dentro de nosotros y que goza de impunidad absoluta”, como expresaba Juan Goytisolo (En los reinos de Taifa, 1999:255).

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Juan Goytisolo. Foto: Éditions Ruedo Ibérico

Nuestros amigos progresistas (socialistas, comunistas, anarquistas, ateos, laicistas o siniestros bolcheviques, según la jerga conservadora) son incompatibles con los fachas (conservadores, fundamentalistas católicos, fascistas o franquistas, según la jerga progresista). No hay forma de salir del arquetipo, aunque no siempre estemos de acuerdo con todos en todo, o con todos estemos en desacuerdo. Y, sin embargo, somos músculo de múltiples fibras; con unos compartimos ciertas cosas y con otros las demás. Hablamos muchas lenguas, tenemos variados acentos. Para nosotros no hay periódico tabú: leemos sin rubor la prensa supuestamente antagonista de Madrid -El País y El Mundo-, y la de Valencia -Levante-EMV y Las Provincias-.

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Julio Martín, leyendo su periódico favorito

Nuestro tercer grupo de amigos lo componen personas que han decidido, al menos en nuestro liceo restringido, proscribir el debate político o religioso porque la historia nos enseña que con él estamos expuestos a la pérdida de la libertad de opinión y de acción, al vernos obligados a autorregularnos para evitar el progresivo quebranto de la amistad y la ruptura final. Pero nunca se sabe; siempre hay quien denuncia el pacto y la tregua; dicen que hay que mojarse el culo y -vaya contradicción- no se puede nadar entre dos aguas; o se es o no se es.

Uno se plantea renunciar al mundo del debate y el dogma y huir, con los ojos y los oídos maltratados por tanto resentimiento, de esa caverna platoniana donde nos han confinado, donde la sombra es preferible al objeto que la proyecta, donde el reflejo interior es lo cierto y afuera se halla el desvarío y la aberración. Más allá de la entrada nos aguardan otros amigos, seres invisibles y conformes, incapaces de moverse entre alaridos y alharacas, expertos en la discreción y la astucia de la supervivencia, que poseen, sin necesidad de exhibir insignias, diplomas ni estandartes, una gran reserva de conocimiento útil y practicable. Entre ellos nos tenemos que mover para fomentar una sociedad espiritualmente más hambrienta y conceptualmente menos histérica y desmembrada, lejos del universo cavernario, sin miedo a ascender la oscura pendiente y alcanzar de una vez la luz, el respiro y la sensatez.

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La Caverna de Platón, por Cornelis Cornelisz, 1604

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