El rostro de Jano

Emilio García Gómez

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Jano

El pluriculturalismo se viene interpretando como un amasijo de identidades lingüísticas, culturales, étnicas y sociales que, aisladamente o en cofradía, se hallan en clara contradicción y aparente disconformidad con movimientos y conceptos transculturales, como el de sociedad democrática, derechos universales o mercado libre. Basta barrer con los ojos el maravilloso libro Todo lo que hay que leer, de la filóloga alemana Christiane Zschirnt, para comprender la trivialidad de detenerse en un raro apartado de la experiencia humana, como el de las comunidades étnicas o naciones culturales, y despreciar, mientras nos miramos en el espejo de Narciso, la contribución de todas esas mentes privilegiadas que cita la joven Dra. Zschirnt al patrimonio universal. Al fin y al cabo, nadie elige el lugar donde desea nacer y a este mundo viene con las manos llenas de cosas en cuya elaboración no ha participado.

En diversos momentos y lugares se ha descrito la dualidad de dos hipotéticas culturas: la llamada “cultura alfa” –una cultura patriarcal, homogénea, embellecida y utópica- frente a la “cultura beta” –esa otra cultura pluriétnica, plurilingüe y criolla-, fiel reflejo del hierático rostro de Jano, el dios bifaz que simbolizaba lo viejo y lo nuevo, la evolución de lo primitivo a lo moderno. Por ser más parleros, podemos añadir nuevas designaciones (que no son más que figuraciones académicas), como la de “meta-cultura” –la que, presumiblemente, genera una nación/estado a base de rehidratar, desmomificar y reimplantar las reliquias indígenas-; la de “cultura acultural” o “relativismo cultural”, en el que cabe todo menos el dogmatismo; o la más volteada últimamente como el “transculturalismo”, arriba mencionado, que sobrevuela los altillos del etnicismo y abre nuevas vías al análisis de las manifestaciones socio-culturales de nuestra especie, estando como estamos más preparados para propagar valores adquiridos que para encerrarlos bajo cuatro candados.

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Moneda romana con el busto bifronte de Jano

Hay empeño en desfigurar a Jano, que nos sirve como modelo de la bipolaridad o tripolaridad de la cultura, eliminando la referencia al conocimiento compartido por las distintas agrupaciones humanas en beneficio del que representa a una sola. En una imaginaria cultura tribal, la comunicación no deja de ser condicional, transitoria y poco duradera; es cuestión de tiempo que abra sus puertas para dejar entrar el aire que la oxigene.

Insistiendo en estas suposiciones ilustradas, lo intranacional se convierte en transnacional como lo intracultural se vuelve transcultural. Mientras Humphrey, en su artículo “La cultura como nombre, la cultura como verbo, la cultura nacional o la cultura individual: ¿cuál de estos enfoques?” (1998), destaca la cultura como un fenómeno individual (en cierto modo, a su modo de ver, cada persona posee una cultura única), el politólogo ruso Mijail Epstein, fundador del Laboratorio de Cultura Moderna de Moscú, repudia rotundamente “la auto-deificación y el fetichismo” de determinados grupos étnico-culturales, conservando los inadecuados conceptos de etnia, cultura y nación hasta que se encuentre un buen sustituto para todos ellos (Más allá del futuro. Las paradojas del postmodernismo y la cultura rusa contemporánea, 1995).

Dada la cada vez más politizada interpretación de lo étnico como “sentimiento de adherencia y lealtad hacia el grupo y afinidad respecto a él”, considerándolo como cuestión conflictiva y hasta peligrosa, muchos evitan las referencias sociológicas a cambio de resaltar las condiciones culturales que hacen que un grupo sea o se crea distinto al vecino. Pero, al fin y al cabo, uno puede sentirse afín a sus compañeros de empresa de la misma manera que llegaría a identificarse, si es calvo, con los calvos, si es narigudo con los narigones, si tiene las piernas largas con los larguiruchos, y negociar con ellos el levantamiento de un imperio cultural propio de calvos, de narigones o de piernaslargas. Del mismo modo le puede resultar interesante unir lazos con gentes que hablan su mismo dialecto –el de los calvos- o practican el mismo rito religioso –el de los narigones-, aunque sus rasgos idiosincrásicos de personalidad les haga absolutamente incompatibles en una relación laboral o comunicativa.

Los teóricos marxistas no siempre y en todas partes han sido coherentes a la hora de analizar la rivalidad intra e interétnica como lucha de clases, en vez de verla también como contienda de intereses culturales, políticos o lingüísticos y, en el fondo, como una cuestión de ciudadanía que requiere la administración de los mismos derechos, la aplicación de las mismas leyes y la oferta de los mismos servicios para todos. No es un asunto de exclusión, sino de inclusión, pero no en el sentido homogeneizador que se le ha dado en Nigeria, despreciando la diversidad del país (con más de 250 grupos diferenciados y 500 lenguas) y marcando, desde los centros de poder, una clara desviación de lo pluri-étnico hacia lo uni-étnico.

Van den Berghe (Race and Ethnicity – Essays in Comparative Sociology, 1970) describió lo étnico, y muy especialmente el nacionalismo étnico (mejor conocido como etnicismo primario, sumergido o aislado en un recinto de mayor dimensión o dominancia) como conducente a la desavenencia y la beligerancia intergrupal, como puede observarse en la historia contemporánea del continente africano (por ejemplo, en Liberia, Sierra Leona o Ruanda) o europeo       (en Bosnia, Serbia albano-kosovar y también, aún en fase de definición, en el Estado Español).

A Jano le faltan otras dos cabezas, por lo menos, para apuntar en todas las direcciones. De momento, su recortada perspectiva queda en herencia, pendiente de ensancharse, para, al menos, las dos o tres próximas generaciones.

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