El predicamento nacionalista en España


A Goering se le atribuye la sentencia: “Cuando oigo la palabra cultura, echo mano de la pistola”. Siendo las armas propias de la barbarie, el explícito discurso de Goering no deja lugar a dudas: el patrimonio cultural de los pueblos causa inquietud y, por tanto, hay que doblegarlo a los argumentos de la fuerza, la cultura del cañón y la metralla.

Edmund Leach (1954), en su ensayo sobre los kachin de Birmania (hoy Myanmar), expresó su convencimiento de que la cultura es un producto subordinado a la organización social, un accidente de la historia; la cultura proporciona la forma, el “ropaje”. En la misma línea de Leach se han pronunciado Ronald Cohen (1978) y, sobre todo, Fredrik Barth (1969), al analizar los problemas metodológicos que presenta la excesiva concentración en el grupo étnico más que en los límites políticos y geográficos, puesto que presupone la existencia de diferencias internas entre los pueblos vecinos que no siempre son tan evidentes en lo étnico-racial, lo cultural, lo social y lo lingüístico. Creer en la singularidad y la unicidad de los elementos que configuran lo que los etno-nacionalistas llaman “pueblo” y “nación” equivaldría a aislarlos de los otros contextos, como son los aportes culturales de otros pueblos, otras naciones y otros individuos agrupados en tribus o, por emplear un término más moderno y menos peyorativo, aunque más oscuro, unidades sociales entrelazadas.

Así, el hecho diferencial de ser vasco, gallego, kazako o bosquimano no sería una herencia de la naturaleza, una virtud o una tara congénitas, sino un predicado casual, temporal, convencional e impreciso, ya que confunde componentes simples (i.e., hablar vasco, tener nariz aguileña, tez sonrosada y cuello poderoso y vivir en Euskadi o en otros lugares) con conceptos abstractos (la suma de los elementos citados constituiría una nación y serían inseparables de ella, por más que pueden hallarse fuera de las supuestas fronteras naturales de dicha nación, por ejemplo, tras una deportación o una emigración masiva).

En España, el vasco y lo vasco, el catalán y lo catalán, y, en menor medida, el gallego y lo gallego parecen ser incompatibles con el/lo español. Esta irreconciliabilidad lleva a enfrentamientos verbales y físicos entre las facciones contrarias, que sienten náuseas ante la posibilidad de un mundo criollo e infectado, sin fronteras propias, idiomas exclusivos, rangos patrimoniales específicos, percepciones privativas y organización social acorde con sus arcanas virtudes, transmitidas generacionalmente o adquiridas a posteriori por imprimación. La acusación más frecuente de los grupos minoritarios hacia la cultura dominante (por su volumen y presencia) es de etnicidio, sobre todo si esta última va acompañada de un discurso ridículamente pomposo, chulesco, aznariano, fusteano, rodomóntico, solipsista, propio de quien cree que el mundo no existe si no es a través de su personal interpretación.

Por su parte, el etno-nacionalismo suele ser irredentista, a la manera del patriotismo italiano de los siglos XIX y XX, que luchó por culminar determinadas anexiones territoriales en razón de vínculos históricos. No es bastante preservar las esencias nativas, sino que hay que extender el brazo para atraer al seno materno a quien presuntamente se ha alejado, como parece ocurrirle a Navarra con el País Vasco o a Valencia con Cataluña.

Cualquier elemento compartido puede ser considerado étnico con independencia de la enorme variación que pueda observarse en la sociedad. En el mismo saco caben la memoria colectiva y la desmemoria, también colectiva, como subraya Ernest Renan (1992). Casi siempre se aprovechan los retales del pasado para fabricar un traje a medida del presente. Eso se apellida homogeneidad cultural, aunque es muy frecuente encontrar individuos aquejados de folie de doute, como el escribe estas líneas: “¿Y yo qué soy? ¿valenciano o catalán? ¿Al cien por cien o sólo a medias? ¿Y mis hijos, nacidos en Benicarló, de madre benicarlanda,             de padre morellano y abuelos aragoneses?”

Esta ambigüedad es la que causó estragos entre los noruegos, tras interrumpir su secular unión con Suecia, en 1905, y forjar una nueva identidad nacional. La cultura étnica es como una crisálida, que sufre una larga metamorfosis antes de presentar su imago, la que será su expresión última, que nada tiene que ver con el aspecto primigenio.

La otra vertiente de la llamada etnicidad –cualidad de lo étnico- es la solidaridad entre semejantes, que se puede encontrar, bajo determinadas circunstancias, en gentes del mismo origen nacional y de la misma sintonía cultural. Por ejemplo, dos valencianos que se tropiecen por casualidad en Inverness (Escocia) durante un viaje turístico o trabajando en el muelle pueden mostrar profundos sentimientos de pertenecer a un linaje común, sobre todo si se ponen a hablar en valenciano; pero también un español y un italiano que se conozcan en Cincinnati (Estados Unidos) pueden creer que entre ellos existen lazos íntimos –su cultura latina y mediterránea- que les unen frente a la población de estirpe germánica, de mayor prestigio y presencia histórica en la zona. Si estas personas reciben el sobrenombre de “miembros de una comunidad étnica”, entonces el concepto de etnicidad tiene que ver más con la casualidad de haber nacido en el mismo pueblo que con las sustancias étnicas. Los mismos protagonistas pueden, en teoría, abrazarse y besarse de alegría en Escocia e iniciar una reyerta nada más regresar a Elche o Almoines, cualquiera que sea su población de origen. Los supuestos vínculos étnicos quedan relegados a segundo plano cuando se funden con la realidad cotidiana, en la que prima otra clase de valores.

El nacionalismo moderno (por designarlo de alguna manera, ya que el nacionalismo es moderno) se muestra especialmente solidario cuando reivindica el derecho a la identidad étnica y unívoca frente a las corrientes hibridizantes provenientes de fuera. A veces se confunde el nacionalismo (la defensa de lo propio cuando surge una amenaza) con el patriotismo y el orgullo nacional (el reconocimiento de los logros nacionales y el deseo de que sean reconocidos y respetados por terceras partes). Por eso suele mostrar un rostro xenófobo y con frecuencia recurre a la pólvora, que le confiere el derecho a resistir y combatir la confusión cultural, la xenomanía y el colaboracionismo con los agentes externos por medio de la fuerza bruta. George Orwell (“Notes on Nationalism”, 1945) redujo el nacionalismo a “la ambición de poder”, pero apostó sin rubor por el patriotismo. Si algún país representa esta actitud, ahí están Inglaterra, Australia o Estados Unidos, bien seguros a la hora de desligar las ideas abstractas de las empíricas y pragmáticas, características de la cultura protestante.

Lo más destacable del nacionalismo, especialmente el vasco y, en menor medida, el catalán (y mucho menos el valenciano) es su enfoque exclusivamente etnicista: cada grupo étnico debe tener su nación, su cultura y su lengua, y, por qué no decirlo, su propia máquina de escribir la historia; la distinción nacional pasa por encima de la superioridad democrática. Además, esta argumentación parece incompleta si no va acompañada de un espíritu anticolonialista, como si el País Vasco o Cataluña fueran Cochinchina o Argelia durante la ocupación francesa. De hecho, la mayoría de los nacionalismos han sacado partido, trayéndolas de los pelos, de las reivindicaciones tercermundistas aireadas en la conferencia de Bandung, Indonesia (1955), que reunió a los delegados de 29 países de Asia y África con la intención de acabar de una vez con el imperialismo colonial de Occidente, aunque casi todos se fueron con las manos vacías.

Ni el País Vasco ni Cataluña son hoy comparables a la Hungría de los Ausburgo, que germanizaron el país, ni a la Hungría sovietizada tras la segunda guerra mundial, privada de su derecho a manifestar signos de identidad nacional. Ni tampoco necesitan movilizar sus recursos, pacíficos o violentos, para conseguir lo que en África, a través de Ghana y el Congo, pretendió alcanzar el movimiento pan-africano. En los ambientes políticos vascos o catalanes ni siquiera se plantean los enormes problemas del nacionalismo étnico en Pakistán, o mejor dicho, los nacionalismos y los etnicismos pakistaníes, cuyas reivindicaciones se disparan contra o a favor del hegemonismo punjabí, el separatismo mohajir, el jihadismo islámico, el cerril talibanismo, los inquietos predicamentos de Chitral y Cachemira. Y aún parecen ser menos conscientes ante el enorme espectro étnico de las dos Rusias, la europea y la asiática, que, incluso después de su merma política y geográfica, tras la caída del imperio soviético, y a pesar de su actual homogeneidad étnica (más del 80% de la población es rusa) siguen viéndose obligadas a nadar en aguas negras y turbulentas, agitadas por brutales movimientos nacionalistas e independentistas en el Cáucaso y despreocupada por sus propios hijos, que andan perdidos por Alemania, Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Bulgaria, Canadá, China, Estonia, Finlandia, Georgia, Grecia, India, Israel, Kazajstán, Kirguizistán, Letonia, Lituania o Moldavia.

El País Vasco y Cataluña, y también Galicia, Valencia y Andalucía y otras regiones autónomas del estado español, antes de iniciar acciones para su futura segregación del estado español, deberían llevar a cabo, si está en sus manos hacerlo, consultas a sus respectivas poblaciones acerca de si quieren un país vasco, catalán, gallego, valenciano, etc. para todas sus “nacionalidades” (vascos, castellanos, cántabros, gallegos, andaluces, aragoneses, murcianos, marroquíes, lituanos, búlgaros, rumanos, albaneses…) o si prefieren un país (con su lengua, su cultura y sus instituciones) para sus paisanos (Vasconia para los vascos, Cataluña para los catalanes, etc.), y los demás que se vayan.

No se puede aniquilar la cultura con tanquetas, ni se debe aplastar una cultura con otra cultura; en el fondo, los dos estilos, siendo diferentes, pretenden alcanzar la misma meta.

Artículos relacionados de Nacionalismo