El precio del colonialismo

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La Reina Victoria de Inglaterra

Hablar de colonialismo en 2005 resulta un tanto obsoleto, puesto que en el mundo sólo queda un enclave, Gibraltar, que pueda denominarse residuo colonial, aunque algunas potencias militares y económicas mantienen una mano férrea en sus prolongaciones territoriales, como Estados Unidos en las islas Salomón o Hawai, Francia en la Polinesia o Indonesia en Irian Jaya, que, en otras circunstancias, recibirían el nombre de colonias.

Pero el colonialismo no termina con la independencia política de las naciones, sino que continúa presente durante mucho tiempo en forma de dominación neo-colonial a múltiples niveles. No es una camisa vieja que un país se pueda quitar y arrojar a la basura, sino que se queda pegada a su cuerpo social y político. Los métodos de infiltración e imposición de la cultura imperial sufridos en el pasado por los países y pueblos hoy liberados suelen generar una contracultura criolla, una mezcla de símbolos autóctonos y ajenos, en detrimento de los tradicionales.

El regreso post-colonial a los orígenes es prácticamente imposible. Allí queda un reflujo de costumbres, instituciones, ideas y prácticas administrativas cuyos exponentes más agresivos son las lenguas y las religiones conquistadoras, como ha ocurrido en los países del Turquestán otomano, las Américas y Áfricas franco-luso-hispano-anglófonas, el sub-continente asiático, los Orientes –próximo y lejano- o las regiones australes. En algunos recintos de Asia meridional o central, como Irán, Irak, Pakistán o Afganistán, y del continente africano -Sierra Leona, Nigeria, Sudán o Somalia- permanecen invariables, resistentes a la evolución, los usos e inercias del sustrato arábigo-musulmán, presentes desde hace siglos, si bien se ha producido una inevitable convivencia con los restos del naufragio de las culturas aborígenes.

En la India, por ejemplo, destaca la literatura en inglés, precisamente porque sus autores, aun siendo naturales del país, buscan en este idioma la oportunidad de prosperar, ganando lectores, dinero y prestigio más allá de sus fronteras. Claro que algunos escritores aprovechan la ocasión para revelar al mundo las esencias indígenas, aunque en el caso de los activistas caribeños que viven en Londres como emigrantes o hijos de emigrantes no pueden reivindicar una cultura aborigen caribeña, que desapareció con la conquista de América y el establecimiento de una población esclava africana, sino que se tienen contentar con una cultura neo-tribal, de raíces inciertas, adulterada por el contacto con los colonizadores europeos.

Cuando Salman Rushdie se pregunta si la lengua inglesa es “una anomalía post-colonial, hija bastarda del Imperio”, no hace más que exponer su preocupación por el arraigo de este idioma británico entre la población india, convertido en una necesidad, además de una conveniencia, en un universo pluricultural, plurilingüe y, en cierto modo, babélico como es esta república. En parecida línea de pensamiento, el académico indio y gurú en su especialidad Braj. B. Kachru, desde su cómoda residencia en Estados Unidos, denunciaba la lengua imperial británica como “un instrumento de poder, dominación e identidad elitista”. La cuestión es bien simple: los ingleses se marcharon de la India, pero dejaron atrás una herencia permanente que para unos es prueba de civilización y para otros prototipo de barbarie cultural. De esta manera, en naciones tan diversas como Nigeria en un plano etnográfico, se pueden encontrar personajes que se precian de expresarse en un inglés exquisito, mientras que otros, la mayoría de la población, permanecen ocultos en su dialecto seudo-británico, que es lo mismo que decir que cuando hablan inglés sólo pueden ser entendidos por gentes de su propia estirpe.

Una forma de sacudirse el yugo colonial es impedir el crecimiento del idioma colonial. El argumento, sencillo, pero altamente subversivo, se ha utilizado, y se sigue empleando, en numerosos lugares del mundo donde se tiene el convencimiento de que en ellos también se da una situación de señorío cultural. Diego Marani, traductor-intérprete italiano en el gobierno de la Unión Europea en Bruselas e inventor de un híbrido lingüístico que apodó “europanto”, recurrió a este mismo razonamiento para combatir la prepotente anglofonía desde dentro, provocando una “implosión” del inglés mediante el manejo intencional de un dialecto derivado del mismo ilegítimo y exonormativo, inundándolo de vocablos privativos de hablantes no anglófonos.

Lo que en boca de Marani suena a broma, en la del novelista keniano Ngugi Wa Thiong’o se convierte en seria amenaza: “La bala ha sido el instrumento de la opresión física. El idioma, el de la opresión espiritual.” Para combatirlo, hay que convertirlo en un vehículo de comunicación muy diferente, untándolo de pintura indígena mediante el empleo de fonologías, palabras y modismos vernáculos cada vez más alejados del modelo importado, cada vez más independientes de la cultura colonial.

Este modelo indigenista tiene muchos enemigos. No es suficiente emplear el idioma y la cultura como arbotante para reforzar la identidad nacional. Los pueblos suelen manejar argumentos propios cuando se hallan entre iguales, pero la intelligentsia, en el sentido original de la expresión, siempre se ha mantenido apartada del resto de los mortales, formando una elite, una camada de elegidos, muy especialmente en los regímenes autoritarios, que sacrifican las ideas, las culturas y las lenguas que consideran inútiles para los fines de la revolución. Como contrapeso, todos los círculos de intelectualidad para-oficial soviética, china, cubana o sudanesa, por no mencionar otros muchos casos, han generado movimientos contrarrevolucionarios en cuanto se destapa el interés de aquéllos por alcanzar el poder, el patronazgo y el beneficio personal. El caso de Thiong’o, con su esmero en luchar contra las tácticas neo-coloniales, es el de tantos militantes radicales nacionalistas que no tienen inconveniente en expresarse precisamente en el idioma cabal y académico del imperio que ellos mismos están denunciando. Ese es el precio que tienen que pagar para salir del abrazo sofocante de las antiguas, pero aún fuertes, potencias coloniales.

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