El “período crítico” de la religión

Emilio García Gómez

religion_tiziano
Tiziano. La religión socorrida por España (1566). Museo del Prado, Madrid

Las últimas manifestaciones civiles y políticas acerca de la nueva ley de educación es España (noviembre de 2005) nos llevan a rescatar un viejo concepto antropológico conocido como “instinto religioso” de la especie humana, algo que se supone que heredamos en nuestro código genético del mismo modo que somos portadores de la capacidad de hablar y caminar erguidos. Se ha llegado a comparar ese instinto que desarrollan todas las sociedades humanas, cada cual a su manera, con una estructura universal del pensamiento, cuyas manifestaciones son reconocibles en cualquier parte del mundo. Así se explicaría también la conducta inconsciente de las especies biológicas. Un perro amenazante ruge, al parecer, de forma similar en Sevilla, Ginebra y Monrovia. Y una hormiga voladora a punto de copular se comporta del mismo modo en las Alpujarras y en las tierras altas de Escocia. Siguiendo este axioma, no hay resquicio para la sorpresa; allá donde vayamos, en virtud de nuestro potencial atávico, hemos de encontrar un culto y un rito religioso.

Efectivamente, desde niños aprendemos a hablar porque casi todos estamos capacitados para hacerlo, aunque siempre en un contexto familiar y social. En cambio, si no se establece pronto la cadena de la comunicación, como les ha ocurrido a los niños ferales de los que tenemos noticia histórica, o se rompe la cadena de la comunicación, por ejemplo por causa de un accidente, el resultado es un gruñido o una aglosia. Del mismo modo, nos dicen, un humano puede tener esa supuesta inclinación a comprender la idea de un dios o un ser fantástico que normalmente resulta inaccesible, excepto a través de la fe y la especulación y, si no tiene recursos ni oportunidades para desarrollarlo, se queda en el limbo.

Si el hecho religioso forma parte de una conducta social, es lógico que genere un lenguaje especial, una jerga simbólica reservada para los iniciados. Este lenguaje, entre nosotros, no tiene nada de asombroso, aunque si las abejas pudieran entenderlo, les parecería aún más prodigioso que nos pareció a nosotros, cuando fue desentrañado, el mecanismo de comunicación en forma de revoloteos que emplean los himenópteros para anunciar a sus congéneres el descubrimiento de una fuente de néctar.

Se ha debatido, pues, nuestra facultad de aprender religión como se aprende un idioma y, si hay que emprender la tarea, cuanto antes se haga, mejor. Las corrientes sicolingüísticas han desarrollado un modelo de adquisición del lenguaje que tiene lugar en el transcurso del denominado “período crítico”, que finaliza con el nacimiento de la pubertad. Cuando se alcanza ésta, uno ya tiene que haber aprendido el idioma –casi siempre sin esfuerzo-; si se entra en ella antes de comenzar a estudiarlo, es demasiado tarde y se aprende mal, a pesar de nuestras habilidades innatas. Por la misma razón, se piensa que la religión también tiene su período crítico, en el que han de desplegarse todos sus recursos para que se aprenda bien y no se olvide, igual que uno no olvida el lenguaje, a menos que sufra un proceso traumático. Si cruzamos la frontera sin los pertrechos adecuados, nos aguarda la soledad y el vacío existencial.

Ningún sitio, entonces, es más idóneo para aprender el idioma de la religiosidad que donde se reúnen los niños: en el colegio y el instituto. Cuanto antes mejor. A nadie debe sorprender que la iglesia sea consciente del momento en que ha de introducirse en las mentes jóvenes para ayudarles a despertar su conciencia religiosa. El problema es dónde ha de hacerse, si en la escuela estatal o en la privada. Además hay muchos centros concertados entre el estado -que no da abasto para cubrir las necesidades educativas de todo el país- y la iglesia, que las complementa con su oferta. Es difícil y hasta inoportuno que un centro subvencionado sobreviva sin la ayuda del estado, y al revés, que éste último pueda o quiera abarcarlo todo, como en el mundo hobbiano de Leviatán. Un estado moderno democrático se ve obligado a dejar iniciativa a la empresa privada, sea laica o confesional, para que ofrezca un programa educativo que complemente e incluso compita con el estatal.

Pero las cosas no son tan sencillas, puesto que entre el gobierno de un estado aconfesional como el nuestro y la iglesia, que ha disfrutado de muchas franquicias, hay una beligerancia sin tregua, como dos titanes peleando por su vida. Esta animosidad se viene manteniendo a lo largo de las generaciones, según ilustra el cartel de Raga (1911-1985), del S.C. de la U.G.T. (Sindicato de Cartelistas de la Unión General de Trabajadores de Valencia) bajo el título “Cómo ha sembrado la Iglesia su religión en España”, 1936-1939.

religion_siembra_ugt_1936_1939
Raga (1911-1985) “Cómo ha sembrado la iglesia su religión en España” Fondos del Ministerio de Cultura de España

Tengo que aclarar que en Suecia, país de confesión luterana, la iglesia está a sueldo del estado y su cabeza visible, al igual que ocurre en Inglaterra, es el propio jefe de estado -el rey o la reina-. En Arabia Saudita, la única confesión religiosa autorizada mete a diario las manos en las arcas del estado. Así ocurre en multitud de países, donde la religión, como decíamos al principio, se ha transmitido de generación en generación. Y puesto que toda religión necesita una institución que administre la actividad de sus fieles, con más motivo, en algunos casos, se funden estado y religión en uno solo, como en el Vaticano, paradigma de estado confesional, y, desde luego, en los países islámicos.

Hay, sin embargo, otras formas de enfocar la separación del estado y la religión que podrían servirnos de guía, como el proyecto que diseñó y completó Atatürk en Turquía, no sin gran convulsión nacional, o como se viene haciendo en Francia y en Estados Unidos desde el siglo XVIII, países de una profunda tradición cristiana, donde se prohíbe constitucionalmente a sus gobernantes poner un solo céntimo en el bolsillo de un miembro que represente a una iglesia. Por eso la religión nunca ha entrado en las escuelas públicas mantenidas por el estado, pero allí, afortunadamente, nada ni nadie impide que las iglesias empleen sus propios recursos para indoctrinar a los niños o para ganar nuevos adeptos.

El gobierno español, hoy socialista y mañana liberal, tendría que dejar de caminar en zigzag, de la tontada a la zarandaja, en sus relaciones con la iglesia. En algún sitio se ha hablado incluso, alocadamente, de introducir la enseñanza del Corán en las escuelas públicas para compensar el monopolio de la iglesia católica. Eso abocaría, a medio plazo, a la eclesiastización de la enseñanza estatal y, con más motivo, la confesional, confundiendo la instrucción de un pueblo con su adoctrinamiento. No creo que convenga a nadie regresar a la peligrosa dinámica emprendida por Hitler y Stalin contra las creencias religiosas. Y tampoco nos parece bien que el gobierno de una nación intente aprovecharse de la influencia del aparato burocrático que sustenta esa religión para controlar y amodorrar a toda una sociedad, como se ha hecho en el pasado y se sigue haciendo en el presente en determinados países.

Puesto que la iglesia católica española no va a mover un dedo para cambiar la situación actual, y al gobierno le resulta imposible retirar la enseñanza de la religión en los centros estatales sin engendrar el caos social, debería negociar con las distintas confesiones religiosas, y muy especialmente la católica, abrumadoramente mayoritaria, para que, progresivamente, pero con plazos concretos, se lleven la religión a su propio recinto. Ya hay escuelas dominicales del estilo de las norteamericanas, que abren las puertas a sus creyentes para reunirles, instruirles y ponerles a practicar sus doctrinas. Posiblemente si tuvieran más medios materiales, aunque no parece que anden cortas de ellos, las instituciones eclesiales de cualquier denominación podrían habilitar nuevos espacios y facilitar más educadores, voluntarios o a cargo de sus presupuestos, para atender la demanda de escolares que reclaman, por boca de sus padres, ser instruidos en la disciplina cristiana, musulmana, hindú, sintoísta o animista. Le resultaría incluso más barato al estado, o quizás saldría a la par, desviar una pequeña parte de los fondos públicos, por un tiempo abreviado, para que las parroquias de todo el país ofrezcan clases de catecismo a sus feligreses fuera del horario escolar y que allí reciban todos los diplomas de capacitación que estimaran oportunos. ¿En qué pueblo, en qué ciudad o en qué barrio no hay una iglesia, una colegiata, una catedral, un convento, un monasterio o una casa de ejercicios espirituales? Terminado el proceso previsto para el reparto de competencias, las dos partes quedarían mucho más satisfechas: el estado se vería libre de un lastre secular, y los fieles conseguirían desarrollar el sentimiento religioso para el que creen haber sido predestinados. El laicismo es incompatible con la falta de libertad. Pero el religiosismo institucional o el ateísmo fomentado por el estado impiden la práctica de alternativas personales o colectivas, la oposición razonada ante el fundamentalismo religioso o, sencillamente, la inhibición.

teoprepides_sordo

(Actualizado 27 noviembre 2011)

Guardar

Guardar

Guardar

Artículos relacionados de Confesiones y sectas religiosas