El paradigma británico

“En tiempos de general confusión y calamidad nacen grandes mentes. El metal más puro se forja en el horno más ardiente; el rayo más deslumbrante estalla en las más oscuras tempestades.”

Con tan vibrante rotundidad y optimismo se expresaba un clérigo inglés, Charles Caleb Colton (1780-1832), excéntrico personaje, jugador, escritor y suicida. Siendo un hijuelo de la industrialización, con una Inglaterra pujante bajo la dinastía de los Hanover -estirpe alemana ofuscada por su germano-dependencia y, en algunos aspectos, por su anglofobia, a pesar de las responsabilidades que había contraído al sentarse en el trono de Gran Bretaña-, contemplar el mundo con semejante perspectiva no debía ser muy corriente.

charles_caleb_colton
Charles Caleb Colton (1780 – 1832)

Colton vio aproximarse un segundo Siglo de las Luces, una época de colosal expansión imperial en el subcontinente asiático y hegemonía política en África, de donde Inglaterra había estado sacando máxima rentabilidad con sus compañías comerciales y su bien organizado tráfico de esclavos. En 1832, año en que murió Colton, Guillermo IV estampaba su firma en el Reform Act, un evento político que anunciaba la decadencia de la aristocracia, ratificaba el empuje de la burguesía y abría las puertas al sufragio universal, el derecho al voto incluso de las capas más pobres de la sociedad. El Acta de Reforma sirvió, además, al país para evitar una revolución social como la que había conducido en Francia a la toma de la Bastilla.

Cuando tomó el cetro en sus manos la Reina Victoria, la última representante del linaje Hanover, Londres se convirtió en el epicentro del mundo. Mientras España, a lo largo del siglo XIX, sufría la invasión de ejércitos extranjeros y se deshacía en tres guerras civiles -las Guerras Carlistas- y aún dejaba espacio el siglo siguiente para una cuarta, Inglaterra fortalecía su economía y su régimen monárquico, ajena a las tendencias republicanas y secesionistas de los países circundantes y las de sus antiguas colonias de América.

Conocer la historia británica no nos sirve de nada a los españoles, a pesar de que forma el paradigma perfecto de cómo usar el palo y la zanahoria para rentabilizar la estabilidad política, el patriotismo, el nacionalismo, el jingoísmo y la unidad del estado. Supieron los ingleses oprimir durante siglos a los irlandeses, a los escoceses, a los córnicos y a los galeses. Asumieron la autodeterminación de sus antiguas posesiones coloniales en Irlanda, Canadá, Nueva Zelanda, Australia, el subcontinente asiático y África. Dejaron en suspenso las reivindicaciones nacionalistas de escoceses y galeses. Aceptaron la tutoría de Pitcairn, Ulster y Gibraltar. Mantuvieron sus guarniciones en las islas Malvinas. Enarbolaron su orgullo al haber ocupado Menorca durante casi un siglo y servirse de las Canarias para garantizar el tráfico marítimo hacia África y América. Participaron sin remilgos en la invasión de Bakú y Bagdad para garantizar sus intereses petrolíferos y estratégicos. Aceptaron de buen gusto el mandato sobre Palestina. Dejaron clara su autoridad para cerrar el parlamento autonómico de Irlanda del Norte mientras persista el conflicto entre las facciones enfrentadas.

Para los gobiernos conservadores y liberal-socialistas de Londres, los territorios que formaban su imperio colonial y los que actualmente siguen anexos a la nación han tenido que aprender a dejar de ser una carga para el país. El ideal de nación, para una mente anglosajona, no es otra cosa que un espacio donde conviven ingleses y aborígenes, respetando la debida jerarquía con arreglo al principio de quien más aporta, mejor parte se lleva y mayor espacio ocupa en el escalafón del poder. El concepto de naciones culturales, que tanto torturó a los nacionalistas canadienses, como Henri Bourassa -“dos pueblos, dos lenguas y dos religiones”-, esa trilogía y doblete es importante pero no determinante para que el país siga la marcha y mantenga el ritmo que imprimen sus gobiernos elegidos democráticamente por los ciudadanos de toda la comunidad.

Gales” dice Jan Morris, periodista y escritor que un buen día, harto de ser hombre, se transformó en mujer, “es un gran sitio para teorías de raza y nacionalidad por el hecho de haber sido durante mucho tiempo escenario de rivalidades entre indígenas e invasores.” La referencia al País de Gales nos viene bien como analogía de las Españas, las Cataluñas, los Euskadis, los Aragones o las múltiples Extremaduras y Andalucías y territorios peninsulares, donde se sigue sintiendo cierta paranoia nostálgica acerca de dónde comienzan y dónde acaban sus fronteras. Pero “en la nacionalidad” añade Morris “no hay nada orgánico.” Es una línea trazada en el mapa. No hay más que ver la situación de los magiares arrinconados en Transilvania, bajo pabellón rumano, por una simple partición de Hungría al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

El silencio es menos injurioso que una impertinencia. Pero callar en tiempos de calamidad y confusión, como declamó Colton, se convierte en anuencia, aceptación de la derrota y autocensura que pretende aplacar las iras del antagonista por miedo al boicot y la descalificación. Nuestro país es nuestro, valga la obviedad, pero debió ser británico. Habría bastado con que Wellington hubiera rentabilizado su campaña contra Napoleón imponiendo la Pax Britannica y angloizando la Península. Mejor nos hubiera ido, vascos junto a irlandeses, catalanes junto a galeses, castellanos junto a ingleses, católicos junto a anglicanos. Cada cual en su rincón, pero bajo el cielo de Westminster.

Artículos relacionados de Psicología social