El lenguaje de la adversidad

Hay un libro que debería pasar por muchas manos para entender el significado de la fatalidad cuando ésta nos hace una visita inesperada. Se trata de “Nuestra lucha contra la adversidad. El testimonio de mujeres que han padecido cáncer de mama” (Editorial Ariel), del cirujano valenciano Vicente García Fons, de reciente presentación en Valencia a cargo del periodista científico Ramón Sánchez-Ocaña. Son 35 confesiones cuyo eje principal es el cáncer, el horror, la pérdida de autoestima, el aislamiento, el mal de ojo y la desesperanza, reacciones típicas de un trastorno depresivo. El libro es, sin proponérselo, un recetario sobre la comunicación entre la enferma de cáncer y su médico. Lo que más nos llama la atención no es tanto la búsqueda de una terapia para estas desgraciadas mujeres, sino el nivel de verbalización al que son capaces de llegar ante el médico, la familia y las amistades y alcanzar la orilla de la esperanza.

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En mi especialidad profesional se publican incontables trabajos académicos sobre el análisis discurso, tema que, por estar tan en boga, se ha deslustrado de tanto manoseo y hasta pierde utilidad. Pero los académicos podemos ser así de inservibles. Con frecuencia nos desviamos de nuestro camino ante la llamada de cualquier pajarico y nos metemos en el fárrago y la enredadera, y de ahí no nos movemos.

Es necesario regresar a la realidad. Hay que buscar otros lenguajes omitidos por el análisis de la comunicación como los que tienen lugar a diario en los despachos de los médicos, las salas de los hospitales, los cuartos de estar de los hogares, los dormitorios de los padres y de los hijos. Hay que presenciar los intercambios de opiniones entre los protagonistas de la vida y la muerte, la salud y la enfermedad, el bienestar y la desesperación. Hay que visualizar las emociones, las pérdidas de estatus social motivadas por algo que se contempla más como estigma, y hasta como mal de ojo, que como enfermedad. Yo, que supuestamente soy experto en la comunicación, sería incapaz de encontrar las palabras adecuadas para anunciar a una mujer que tiene cáncer de mama, que su causa tiene un tratamiento más o menos definido, una duración indeterminada y un final inespecífico.

Lo que se llama terapia psicológica tiene unos introitos, unos ritmos y unas recapitulaciones que no tienen nada que ver con los protocolos de la patología del amor, entre el narcisismo, el éxito y el fracaso, juntos y revueltos. Se dice que no hay nadie tan indefenso ante el dolor y la pena como los recién enamorados. Pero el cáncer es cuestión de vida o muerte y, por lo que creemos, no hay reencarnación que valga para hacer un quite hasta la próxima mediante un acto de voluntad. La gran diferencia respecto al mal de amor es la duración del proceso: a los enamorados les dura el trago mientras sean capaces de expulsar feromonas, fabricar testosterona y reducir serotonina. Es cosa de meses. Ambos grupos comparten conductas obsesivas, como desear la muerte y terminar con su padecimiento, pero los enfermos de cáncer tienen un tipo de noviazgo absolutamente indeseable, insoportable y deplorable que no tiene nada que ver con la disparatada novia de los legionarios. Sólo los desesperados, o los desquiciados como Millán Astray, son capaces de gritar “¡Viva la muerte!

Desde antiguo, algunos pueblos asiáticos encaran la adversidad con estoicismo. Entre los sikh se practica la meditación transcendental, la meditación espiritual y el pensamiento en su dios, porque supuestamente reduce las hormonas del estrés y favorece la paz interior. El tai chi, el yoga y la respiración ayurvédica son actividades que seguramente afectan positivamente a la mente. Hoy se piensa que la bioquímica de una creencia, con independencia de la cultura y la tradición, afecta al organismo total. Los cambios que se operan en la persona por profundas convicciones, aprensiones y emociones pueden ser tan potentes como la causa misma de la enfermedad. En una palabra, el miedo puede matar y, a la inversa, la eliminación del miedo puede aliviar e incluso sanar, como parece que ocurre con las curaciones consideradas milagrosas. En el discurso médico abunda la expresión “hay que curar al paciente lo mismo que a la enfermedad”.       Napoleón, en algún momento de lucidez, dijo que la mejor cura para el cuerpo es una mente tranquila, en línea con la escritora danesa Isak Dinesen (seudónimo de Karen Blixen), para quien “todo lo cura el agua salada: el sudor, las lágrimas, el mar.”

Lo que se advierte desde el principio del libro del doctor García Fons es que hay que hablar del problema porque ello redunda en beneficio de la enferma, de su familia, de sus amigos y sus compañeros de trabajo. Es más fácil curar una enfermedad antes de que se asuma como parte integrante de la persona que la sufre. Entre los ingleses corre el dicho de que la mejor forma de dejar de admirar el Parlamento es haciéndole una visita. Con el cáncer o cualquier desgracia que nos caiga encima, lo mejor es encararlos con todas las fuerzas de que uno disponga. Mark Twain se lamentaba de que “la acción habla más alto que las palabras, aunque no con tanta frecuencia.” Susan Sontag declaró con cierta irritación: “A los pacientes de cáncer se les miente, no porque sea (o se piensa que es) una pena de muerte, sino porque se cree que es obscena, -en su significado original: de mal agüero, abominable, repugnante a los sentidos.”       Para George Bernanos, “la compasión de los demás al principio es un alivio (…). Pero cuando nuestro sufrimiento se traslada de una expresión de lástima a otra, de boca a boca, al final le perdemos el respeto y el interés.”

Se puede uno ver envuelto en las tinieblas, pero se puede salir de ellas con discernimiento. Es un error caer en el alcohol como forma de mitigar las consecuencias del dolor y la enfermedad como si éstas dejaran de existir en el mismo instante en que se alza la copa. Del güisqui y el brandy se dice que son los remedios más populares entre los enfermos depresivos, cuando en sí no curan ni un resfriado. Ralph Waldo Emerson lo tenía claro: “El trabajo y la acción, no el güisqui, es lo que cura la adversidad.

El libro “Nuestra lucha contra la adversidad” se mueve en una delgada línea que separa la sonrisa y el dolor, el drama y la tragedia, el humor y el sufrimiento. Desde mi ángulo profesional, es muy difícil huir del metalenguaje especializado de los cirujanos y alcanzar, como aquí se ha hecho, la sencillez en las palabras que dan cuerpo a las sensaciones y los sentimientos de esas 35 mujeres cuyo dolor nunca ha sido solitario, sino compartido por las personas que las rodean, y muy especialmente por los médicos.

Glosando una idea del asombroso tratado La vida de las hormigas, de Maeterlinck, “somos [los humanos] un ser colectivo, una colonia de células sociales, pero ignoramos quién manda, quién dirige, reglamenta y armoniza la actividad prodigiosamente compleja y diseminada de nuestra vida orgánica, base de una manifestación accesoria, tardía, precaria y efímera”. Como ocurre con las células cancerígenas, el misterio que las envuelve sólo se puede resolver con la intervención del hombre mediante un acto inteligente, algo que puede ayudar a cambiar las leyes generales del universo sin necesidad de pensar en alcanzar la inmortalidad. No se trata de entender el porqué del cáncer, pero sí cómo llegar a controlarlo mediante la lucha con todas las armas de que somos capaces en el siglo XXI.

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