El idioma en el desván

Preocupa a los especialistas en lenguas minoritarias, por ejemplo el valenciano o el gaélico, el riesgo de extinción de las mismas. Pero, a menos que se cierna una amenaza de exterminio físico de toda una comunidad de hablantes, el temor no es más que un reflejo de las tensiones existentes entre los distintos estilos de comunicación vinculados a un espacio concreto geográfico o social, en la eterna batalla por la hegemonía y el poder.

Una de las dudas que les asaltan es si ha de preservarse el idioma de las influencias externas para evitar su decadencia y consiguiente liquidación, o si, por el contrario, hay que aceptar con resignación la inevitabilidad de los cambios e incluso reconocer la utilidad de cualquier proceso de simbiosis.

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El aizkolari José Aramburu, “Keixeta”, 1881-1962 (Fuente: Enciclopedia Auñamendi)
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El harrijasotzaile Perurena

Hay idiomas como el vasco que han tenido que hurgar apresuradamente en el desván de su historia en busca de las palabras que necesitaban para construir su literatura. Pero el rincón donde guardaban celosamente su patrimonio estaba medio vacío. El vasco, por seguir con el mismo prototipo, hasta hace dos o tres siglos, nunca ha poseído una patria cultural suficientemente desarrollada porque simplemente ha preferido vivir, como el villano de Lope de Vega o el anónimo anacoreta apartado del mundo por Fray Luis de León, en su rincón familiar, dedicado al pastoreo, a la siega y el acopio de heno para el ganado, a pescar y a cazar ballenas y, una vez al año, a sacar del baúl su mejor indumentaria para lucirla en las fiestas tribales, boquiabierto ante la destreza del aizkolari (cortatroncos), la potencia del harrijasotzaile (levantapiedras), la resistencia del tiralari (tirasogas) y el brío del akuilari (aguijador de bueyes). Bien exiguo ha tenido que ser su repertorio léxico para expresar las funciones básicas de la comunicación en un marco simple y modesto. Lo nuevo le ha venido de fuera, como el híbrido versolari (el ingenioso recitador de versos).

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Lope de Vega (1562-1635)
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Fray Luis de León (1527-1591)

Oportunidades de enriquecer su vocabulario no le han faltado. Cuando le han apretado el hambre y la insuficiencia, se ha echado al hombro el hatillo o las maletas y se ha alejado de casa, explorando territorios que le garantizasen la prosperidad que no le daba su propia tierra. No ha habido guerra donde no estuviera presente ni rincón que no hayan hollado los pies de un vasco: desde las costas de Terranova hasta las islas del Pacífico, las llanuras y las sierras de América, los valles, los montes, las estepas y los páramos de España.

Nadie conoce el gran secreto del vasco, lo vasco y el vascuence. Cuando todos los pueblos del mundo se han dedicado a tejer y alardear de sus orígenes, los vascos se tienen que conformar con la presunción de que sus ancestros vinieron de aquí o tal vez de allá, incapaces de identificar al fundador de la estirpe, al reproductor primigenio del linaje. Si fuera cierto, como se dice equivocadamente, que la literatura es el reflejo de la sociedad, entonces los vascos, durante milenios, no han sido sociedad ni han sido nada, porque han tardado lo suyo en sentarse a escribir, primero imaginando una ortografía propia o tomando prestada la del vecino, luego improvisando epopeyas, memorias y canciones tradicionales, y mucho más tarde, un poco forzadamente, acuciados por la necesidad de fabricar una nación, alfombrando su suelo con géneros más complejos: comedia, drama, tragedia, novela, poesía. Pero si sometemos a cualquier autor moderno en eusquera al juicio de un programa de concordancia, y cotejamos su obra con la de Shakespeare, la riqueza léxica del vasco probablemente quedaría empequeñecida por la del dramaturgo inglés, a quien se atribuye un catálogo de 35.000 palabras distintas (compárese con las 2.500 o 3.000 que empleamos habitualmente, aunque antes habría que definir qué se considera una “palabra”, si sólo la raíz o también todas sus derivaciones y con todos sus afijos).

El enigma del vasco es también el de la humanidad: el nacimiento de la especie y la génesis del lenguaje. Cómo y cuándo se alza la arquitectura del idioma, cómo se encajan a través de los tiempos -puesto que es inimaginable que el proceso durara lo que tarda en bajar el rayo- las distintas piezas que componen la jerarquía sintáctica, la flexión verbal, el diseño de los morfemas, la disposición de las partículas, la regularidad semántica; cómo se alcanza tan enorme complejidad en lenguas dispares como el coreano o el tamil, o cualquier otro idioma de las distintas familias, como la afro-asiática, la altaica, la melanésica, la amerindia o la indoaria.

El deseo y la necesidad son los auténticos motores de la humanidad. Y, sin embargo, los próceres puristas del idioma natural de Euskal Herria han hecho lo que suelen hacer aquellos a quienes se encomienda la pulcritud del idioma: declarar que esta palabra es un solecismo a desterrar, esa otra un calco extraño, y ésta en cambio un vocablo auténtico y castizo, el que realmente hay que usar. Así, cortando por aquí y por allá, se cambia el idioma, se le devuelve a su estado original, al del campo de heno y el redil.

Unamuno se lamentó de que sus propios paisanos le acusaran de ser anti vasco por afirmar –con toda la razón- que el eusquera tenía más de latín que de eusquera, calculando que el 60% de su léxico procede, de una manera o de otra, del románico, porcentaje similar al que se le asigna al inglés. “Resulté mal hijo de mi tierra, por decir [en mi artículo “El elemento alienígena en el idioma vasco”] que en la lengua de mi país los términos genéricos y los que expresan conceptos espirituales provienen de los romanos, que nos civilizaron. Fue una cosa así como si se le considerara mal catalán a un catalán que dijera que la lengua catalana es hermana de la castellana, proviniendo ambas del latín.”

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Miguel de Unamuno (1864-1936)

En cambio, Sándor Márai describía con emoción la actitud abierta y entusiasta de los escritores húngaros que se vieron obligados a tomar préstamos de todas las literaturas a su alcance –”`poemas persas desde su versión alemana, poemas chinos desde su versión inglesa…“- para dotar al húngaro –”ese idioma raquítico y anémico“- de las palabras que necesitaban para intercambiar ideas: “Una idea necesita de palabras; sin palabras no puede haber intercambio.” Cuantas más palabras se metan en el lenguaje, mayor oportunidad para la comunicación y la correspondencia.

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Sándor Márai (1900-1989

George Orwell llegó a quejarse de que la lengua inglesa estuviese anegada de malos hábitos que la empobrecían. “Si se huye de esos hábitos, se puede pensar con más claridad, y pensar con claridad es un primer paso necesario para alcanzar la regeneración política.” Orwell, creador de un lenguaje simplificado que acuñó con el nombre de “newspeak” (neolenguaje), y autor de dos vigorosos alegatos contra el totalitarismo político y cultural (Granja animal y 1984) no era consciente de que lo que proponía era precisamente un control del idioma con fines culturales, actitud fría, academicista y aséptica que podía acarrear un control del mismo con fines políticos.

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George Orwell (1903-1950)

Hay que leer en todos los idiomas accesibles y no hay que temer el contagio de ninguno. Los trasvases interlingüísticos no son virus dañinos para la salud del idioma. Lo que se pega, que se pegue y bienvenido sea. Lo malo de un pedagogo, de un lector o de un escritor es que se cubra con una bata blanca al entrar en el laboratorio de la cultura por miedo a la infección. El creador más valiente y más poderoso es el único capaz de sacar un murmullo de las piedras. El idioma, o sale del desván, o regresa al desván a dormir en el polvo, a disfrutar de la soñarrera.

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