El fracaso de la negritud

Una parte de los refugiados subsaharianos sin papeles que sortean las vallas fronterizas o llegan en pateras a las costas europeas no son fugitivos de la miseria, sino de las persecuciones judiciales o de las venganzas de sus propios compatriotas por haber participado en actos de genocidio antes de desvanecerse en la impunidad.

En febrero de 2014, el “señor de la guerra” y líder del grupo M23, Bosco Ntaganda, alias “el Terminator”, se sentó en el Tribunal de La Haya para responder a los cargos de violaciones y asesinatos por motivos étnico-raciales en la República Democrática del Congo. Según el abogado de las víctimas, los milicianos sometieron a civiles indefensos a la tortura “con balas, flechas y estacas erizadas de clavos, así como a la mutilación y la decapitación.” Otro “señor de la guerra” congoleño, Thomas Lubanga, fue condenado a 14 de años de prisión por utilizar a niños-soldado en sus campañas bélicas contra la población. En los últimos 15 años, se estima que en Congo han muerto 5 millones de personas por motivos étnicos.

El actual presidente y jefe de gobierno de Sudán, Omar al-Bashir, está acusado de enviar una fuerza de paramilitares de origen árabe a Darfur y causar una matanza de 300.000 personas de ancestro negro-africano. Empleando la terminología del etnógrafo alemán Baumann, se está produciendo el enfrentamiento entre dos civilizaciones: la neo sudanesa y la paleo negrítica. El acecho sobre al-Bashir desde diversas plataformas del mundo es, de momento, infructuosa.

Por lejano que nos suene el genocidio de Ruanda, ni los colonizadores alemanes ni los belgas fueron responsables últimos de las matanzas interétnicas llevadas a cabo en 1994 que costaron la vida a centenares de miles de ciudadanos. La situación de Somalia, según las Naciones Unidas, es “el mayor desastre humanitario del mundo.”

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Genocida de Ruanda. Foto: Álvaro Ybarra

Según Genocide Watch, en 2013 se cometieron en Mali numerosos asesinatos de carácter étnico. El 23 de febrero de 2013, un enviado de las Naciones Unidas, John Ging, declaró haber recibido noticias durante su visita a ese país de que se estaban cometiendo numerosas atrocidades, violaciones y amputaciones.

La lista de países africanos objeto de vigilancia ante casos de genocidio es amplia: República Democrática del Congo, Sudán, Uganda, Somalia, Etiopía, Nigeria, Libia, Yemen, Guinea Ecuatorial, República del Congo, Chad, República Centroafricana, Kenia, Guinea Bissau, Costa de Marfil, Ruanda, Burundi, Zimbabue, Sudáfrica, Angola, y Malí. Quedan en la sombra las brutalidades cometidas en Sierra Leona y Liberia.

Las pautas que preceden a las persecuciones y matanzas son similares: 1. clasificación por grupos étnicos, creencias religiosas y modelos lingüísticos; 2. simbolización (p.ej. formas de vestir); 3. deshumanización (equiparando al contrario con insectos o animales que causan repulsión); 4. organización de milicias armadas; 5. polarización (rechazo de actitudes moderadas); 6. guetoización (arrinconamiento de los repudiados); 7. exterminio; y 8. negación de los crímenes o su justificación.

Cuando, en la década de 1930, nació el movimiento de “la Negritud” entre los africanos francófonos como Aimé Césaire y Léopold Sédar Senghor, sus promotores no podían prever que sus postulados iban a ser tan poco duraderos. La búsqueda del yo, dando un salto en la historia para recuperar los valores comunales de la africanidad pre colonial y oponerse a la explotación burguesa y capitalista, fue vista por Jean Paul Sartre como reaccionaria, puesto que, siguiendo la dialéctica marxista, partía de una tesis -la supuesta supremacía blanca- y acababa en una síntesis –una humanidad sin fronteras raciales-, que la conducían a su propia destrucción.

El actual paisaje demográfico y político de África nos lleva a una realidad muy diferente a la imaginada por Césaire y Senghor y consagra a Sartre como profeta. El activismo pan africanista no ha logrado la unidad cultural y racial de los hombres negros a lo largo y lo ancho del planeta partiendo de la idea de que estos últimos son representantes de la bondad de la naturaleza humana antes de tropezarse con el hombre blanco. La negritud del siglo XXI requiere un nuevo paradigma.

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