EL BENDITO PAN DEL DOMINGO

Jesús Pintado Urrestarazu
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Desde el centro de la mesa, un pan corriente, bien conformado y tostado, miraba los inquietos rostros de algunos de nosotros mientras se preparaba para su inminente sacrificio.

Habíamos decidido consumirlo, no sin cierta aprensión, y comprobamos que nada grave ni leve ocurría, lo que no dejó de producirnos una pequeña decepción, un cierto desencanto.

Era domingo y a media mañana habíamos salido, mi mujer, mi hija pequeña y yo, a pasear por las calles de Donosti. Estaban muy animadas; el tiempo pasó rápidamente y cuando quisimos darnos cuenta era ya bastante tarde.

Habíamos olvidado comprar el pan que, de forma muy imperiosa e insistente, nos había encargado mi suegro. Comenzamos una precipitada ronda por las panaderías, algunas ya cerradas y otras que, por lo visto, cerraban al detectar que nos íbamos acercando.

Resignados ya a soportar la bronca paterna nos dispusimos a regresar de vacío y caminamos hacia el coche, estacionado justo delante de la Iglesia de los PP Capuchinos.

Ya de lejos nos pareció ver un objeto extraño sobre el techo de nuestro coche. A medida que nos acercábamos, nos fue invadiendo un creciente desasosiego al comprobar que, lo que en principio parecía una espejismo inducido por la necesidad, iba redefiniendo sus contornos hasta mostrarse claramente como el “bendito” pan que estábamos persiguiendo durante la última media hora.

Nadie estaba por los alrededores y nadie se acercó durante el tiempo que permanecimos junto al coche, ciertamente perturbados, buscando explicaciones -¿transubstanciación? ¿telequinesia? ¿casualidad?- y analizando el extraño suceso, hasta que, venciendo nuestros reparos, cogimos el pan con la delicadeza del artificiero que despega una bomba lapa y nos marchamos.

Si bien, ciertamente, nada pasó de forma inmediata, al cabo de unos años, con ocasión de un viaje a Roma y gracias a unos amigos muy influyentes en los ambientes vaticanos, conseguimos tener una muy precipitada audiencia con el Papa. En su transcurso, alguien trajo un hermoso pan que puso en manos de Su Santidad y éste en las nuestras, pronunciando al mismo tiempo unas palabras en latín cuyo significado no comprendimos y que nos llenaron nuevamente de la misma inquietud que nos invadió en Donosti. Inquietud que permanece fija ya en nosotros desde entonces, sobre todo al enterarnos de que aquella dádiva que recibimos no era, como pensamos en aquel momento, la plasmación de un rito o atención que se repitiera en todas las audiencias, sino un hecho por lo visto insólito para todos los que lo han conocido.

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