El arcipreste de Llutxent

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El 20 de junio de 1563 tuvo lugar en Llutxent un asombroso episodio que ha dejado huella en la memoria del pueblo a perpetuidad. El arcipreste Rocamora, tras celebrar la misa del Corpus, se retiró tempranamente a su vicaría. Al poco rato se sintió indispuesto y ordenó a su ama que trajese a Pere Forner, el panadero. “Mira, Pere”, le dijo, “abre ese armario. Saca tal papel. Léeme lo que dice.”

Mirabilis aceptate per seculum rasis. Robustianus sic totum bruxum.”

“Está bien”, dijo el vicario, jadeando como un demonio. “Ya basta. Corre, toma el velón, enciéndelo y echa sobre el papel unos chorretones de cera. ¡Dona’t pressa!”

Pere hizo lo que le pedía el arcipreste.

“Ara, puja al terrat y pixa encima. ¡Rápido! ¡Se acaba el tiempo!”

Así lo hizo.

Al bajar, Pere se encontró al arcipreste muerto, con la boca espumeante.

“¿Qué le ha pasado?” exclamó al ver al ama inclinada sobre el vicario, mientras le limpiaba la cara. “¡Parla, dona! Disme qué has vist.” La mujer guardó silencio. Y así se mantuvo hasta pasado el verano.

Llegó el otoño, Pere fue detenido por los alguaciles y llevado a Valencia a declarar ante el padre Dominico Marceo, Inquisidor General de Levante. Terminado el interrogatorio, Pere pasó al calabozo. Dos días después fue decapitado y su cadáver transportado a Llutxent en una carreta y enterrado extramuros, exactamente a una vara y media de la tapia del campo santo y a siete del ábside de la iglesia, como se hacía con todos los reos de la Inquisición. La tumba de Rocamora quedó situada en el centro del cementerio, mirando hacia la puerta del coro.

Al atardecer del 23 de noviembre, la mujer que había cuidado al arcipreste observó a través de la ventana un destello procedente del campo santo. La gente del pueblo supo en seguida que aquella sepultura cubría el cuerpo de un bendito. Poco a poco los vecinos fueron llevándose, a escondidas y cada uno por su cuenta, distintos trozos del cuerpo, que embalsamaron en aguardiente de miel. Uno se quedó una mano, otro un dedo, una vértebra o un mechón de pelo, hasta dar cuenta del cuerpo entero, dejando cada pieza en herencia a sus hijos y nietos y biznietos.

Cuatro siglos más tarde, en 1963, con motivo de la traída de aguas al pueblo, apareció en una zanja una cabeza envuelta en una tela de lino y perfectamente conservada. Sólo le faltaban los ojos, la nariz, las orejas y los dientes, que debieron ser arrancados del cráneo, pero la textura de la piel era tan fina como lo habría sido en vida de su dueño. Junto a la cabeza había un pergamino. En él estaba escrito, por una cara:

Cum capitate non claximus.”

Y, por la otra, la misteriosa leyenda que había leído Pere en voz alta al arcipreste.

El Ayuntamiento decidió declarar al arcipreste Rocamora Santo Oficial y Hermano Mayor de la Cofradía del Corpus Christi, dando su nombre a una calle y abriéndole una capilla en la ermita de san Orosio, donde se halla expuesta la cabeza. Es tradición que todos los años, el día del Corpus, un vecino elegido por sorteo saque del armario su reliquia y la deposite en la capilla, hasta que, cumpliéndose el X Centenario de la muerte de Rocamora, pueda lograrse la total reconstrucción del cuerpo del santo. También cada 23 de noviembre se convoca un “Premio de Investigación Lecturae Latinate”, con el fin de encontrar la clave que descifre el misterio que costó la vida a un santo arcipreste y a un malogrado panadero.

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