Distancias culturales y comunicación inter-personal


Emilio García Gómez

Según se observa en las relaciones proxémicas (uso del espacio en el transcurso de la comunicación) de los distintos pueblos, el contacto físico se reduce al mínimo imprescindible entre los japoneses, los pueblos nórdicos y los norteamericanos, mientras que entre los hispanoamericanos y los habitantes de la ribera del Mediterráneo -españoles, italianos, griegos, turcos, árabes- la distancia física entre los hablantes mantiene una relación inversamente proporcional al grado de eficacia que se persigue: cuanto mayor sea aquélla, menores serán las posibilidades de cerrar felizmente el intercambio.

Argyle (1975) estudió la comunicación corporal en el transcurso de la conversación de personas pertenecientes a distintos recintos culturales y registró hasta 180 contactos físicos por hora entre los puertorriqueños, 110 entre los franceses y ninguno entre los londinenses. Para los anglosajones, un simple roce proveniente de un interlocutor desconocido, además de despertar fobias sexuales, equivale a una invasión del territorio personal. En Japón, los padres renuncian al contacto físico con sus hijos cuando éstos entran en la pubertad, limitando incluso la expresión facial para evitar la exteriorización de sentimientos. Por el contrario, entre los árabes, según contaba Hall en 1966, es frecuente e imprescindible el agolpamiento de la muchedumbre, el toque de manos, el roce de cuerpos, el acercamiento máximo al hablante, aunque con la voz se exhale el aliento, a veces fétido, y la saliva, que encuentra su zona de dispersión en el rostro del vecino. Los visitantes o residentes ingleses y alemanes en España suelen traer o conservar sus propios hábitos comunicativos y se sienten intimidados por los intentos de aproximación de los naturales de la región. Unos pocos, en cambio, estando de aviso sobre la idiosincrasia de los españoles, tratan de congraciarse con ellos extendiendo exageradamente la mano para saludarles cada vez que se los encuentran en la calle, anunciando que van en son de paz y desarmados.

Las italianas conocen muy bien el efecto de los pellizcos de los hombres sobre sus nalgas y el descarado manoseo en el interior de los autobuses o en el metro, como parte de un ritual que no sólo refleja un pasado de subordinación social y sexual sino también un antiguo instinto animal de reconocimiento de la especie por el tacto, en sustitución del olfato. Tocar a una persona para llamar su atención porque su nombre no se conoce o no se recuerda produce un efecto distinto según se haga en Marruecos o en Finlandia. En España, entrar en una fila de asientos en el teatro -cuando el roce es inevitable- dando la cara a quien ya está sentado puede resultar incómodo para ambos, pero hacerlo de espaldas en Alemania, según Morain (1986), es aún más ofensivo.

Las expresiones de dolor en las culturas mediterráneas ante un hecho luctuoso -un terremoto, la pérdida de un familiar- alcanzan un grado de histerismo difícilmente comprensible en latitudes más septentrionales; una conducta inversa en el lugar de origen sería inadmisible. El retorno a casa de los combatientes norteamericanos al finalizar la Segunda Guerra Mundial fue saludado con un diluvio de confetti y besos encendidos ante las cámaras, pero las recepciones familiares en la intimidad siguieron las costumbres habituales: un discreto apretón de manos entre el padre y el hijo, y un estático abrazo con la madre. La recogida del cadáver de un guerrillero palestino y su vertiginoso transporte por las calles del pueblo van siempre seguidos de un lacrimoso griterío; los furgones funerarios de las víctimas americanas de cualquier guerra se mueven en cambio en un verdadero silencio de muertos.

La comunicación interpersonal parece responder a ancestrales estímulos religiosos y a dramatizaciones psicosociales más o menos extendidas en las distintas culturas. El nivel de abstracción de estas conductas impide a los extranjeros reconocerse en ellas y adaptarse a las mismas como se adapta uno al paisaje y al clima o se resiente por su hostilidad. La búsqueda de la objetividad también es materia de interpretaciones contrapuestas según países; los americanos y los alemanes tienen fama de bruscos por su aparente espontaneidad, mientras que resulta poco menos que imposible sonsacarle la verdad a un mejicano o a un árabe acerca de lo que está ocurriendo o lo que está pensando, provocando entre quienes no están habituados a este comportamiento una sensación de ambigüedad y de evasión intencionada de la verdad.

Con frecuencia se tiende a uniformar las conductas sociales de toda una comunidad porque así es como se transmiten a través de los medios audiovisuales; las aberrantes maniobras de los guardias civiles en El crimen de Cuenca, de la extinguida Pilar Miró, y las histriónicas escenas exhibidas en el extranjero por muchos otros directores españoles de moda han desfigurado nuestra imagen, de la que se sigue pensando que es un fiel reflejo de nuestra incivilidad y salvajismo. Las comedias americanas de serie nos hacen creer que al otro lado del Atlántico la sociedad entera rebasa con creces la línea de la estulticia. Todo está relacionado con nuestra capacidad para reaccionar adecuadamente a los estímulos culturales que se presentan ante nuestros ojos.

La viuda del escritor Chester Himes me contaba hace poco una anécdota sobre los marinos norteamericanos que recalan a veces en Benidorm. Cuando se les entretiene con una corrida de toros, la plaza, totalmente adornada de blanco con los uniformes de los oficiales, se reviste de un impecable formalismo a lo largo del festejo, sólo alterado por aplausos y vítores extemporáneos. Qué no pensarán de estos circunstanciales aficionados las cuadrillas de toreros y hasta el mismo toro, desconcertados por el arrancar de palmas cuando resopla el animal junto al burladero, o cuando el artista se inclina para recoger la montera que acaba de perder, o cuando, por error, clava el estoque en la arena. Al terminar la representación escénica y regresar cada uno a su casa, la impresión generada es que ninguno ha entendido nada.

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