De Tetuán a Antequera

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El Emperador de Marruecos es un déspota desalmado, y los grandes oficiales bajo su mando son déspotas a menor escala.” Así se expresaba Mark Twain  en 1869, pocos años después de que España ocupase por las bravas la ciudad rifeña de Tetuán. Al poco tiempo los soldados españoles abandonaron la ciudad, no sin antes devorar todos los gatos como oprobio a los marroquíes, que, según Twain, los reverenciaban como sagrados.

Semejante muestra de desprecio por los moradores de Tetuán no era otra cosa que un recurso literario del escritor norteamericano, empeñado en resaltar la  vileza de las clases dirigentes y la miseria a la que se veían abocadas las gentes más humildes.

Mi reciente visita a Tetuán y Tánger (15 de noviembre de 2009) me ha empujado a releer The Innocents Abroad. Pero no porque piense que estas ciudades no han cambiado desde que las recorrió Twain, sino para confirmar que apenas han cambiado desde entonces, exceptuando las impecables avenidas que se han abierto junto a la costa que lleva del Tarajal a Tetuán para atraer a los turistas europeos y a los capitalistas saudíes, y la magnitud del megapuerto que se construye a un paso de Ceuta. “Ése es el chalet donde veranean Su Majestad Mohamed VI y su esposa Lalla Salma Bennani, una perla radiante de castidad, virtud y nobleza”, repetía lleno de orgullo nuestro guía. “Ahí está, dominando la plaza principal de Tánger, el palacio del Rey. Y ése es el consulado de Francia”. Bellos edificios, blancos e impolutos, para mayor gloria de la monarquía y del país. Fascinante paisaje de las montañas del Riff.

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Pero la Medina que, con tanta insistencia, querían que viéramos era una trampa para el ojo y el corazón: el desconchado de las casas, el sosegado comercio al pormenor, la paciente labor de los artesanos del hilo, el tejido y el zapato, la reluciente pero modesta exposición de la joyería y la bisutería nos transportó más allá del siglo XIX, a la Edad Media, a los zocos de la Granada andalusí.

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Si no fuera por la visión de los pobres mendigos medio ciegos y las ancianas embozadas, enteramente cubiertas de los cabellos a las plantas de los pies, sentadas en la penumbra bajo el cielo de los estrechos pasadizos, junto a las esquinas o en las banquetas de las pequeñas tiendas, con las manos extendidas en busca de la caridad, la idea de una ciudad mora –árabe, repetía el guía- en un país amarrado a la inacción y sometido al engreimiento de sus clases funcionariales deja escaso margen para la imaginación y la admiración.

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Los marroquíes, envueltos en un aire de digna humildad, son pobres –con una renta per cápita inferior a 60€ al mes, menos de 3€ al día, menos que una noche en el Parador de Ceuta-. Y por ello hay que animarles a abandonar su país e inundar las ciudades y los campos de Europa. Que abandonen el trapicheo. Que traigan frescura y ganas de aprender a trabajar, vivir y dejar de sufrir. Que den la espalda a la aristocracia y la burocracia; que les dejen al amparo de sí mismos. Que olviden sus mitos y supersticiones y se vayan a Antequera, donde levantaron racional y calculadamente gigantescos dólmenes los hombres prehistóricos. Una ciudad con veintisiete iglesias y unos cuantos monasterios. Y, sobre todo, un recinto donde se enterró secretamente un cabello de la barba de Jesucristo. Ése fue el pasado de los andaluces. El futuro que aguarda a los marroquíes.

*Fotos del autor

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