Chopin, Sand y las gotas de lluvia

Emilio García Gómez

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Las lluvias y torrenteras que todos los años asolan Mallorca en otoño, invierno y primavera nos traen el recuerdo de la cadencia melancólica de las “Gotas de lluvia”, de Fryderyk Franciszek Chopin, Es el momento de recorrer pausadamente las páginas de la “Historia de mi vida” y “Un invierno en Mallorca”, de Amandine Lucie Aurore Dupin (George Sand), aquella excéntrica y rebelde escritora francesa –una “condená”, como dirían en Chile- que adoraba ir vestida de hombre y que acompañó al compositor polaco en una agridulce estancia de cuatro meses en la isla.

En sus memorias Sand dio rienda suelta a sus prejuicios acerca de los mallorquines –a quienes vio como bárbaros, ladrones, simios y salvajes polinesios-, aunque sus excesos verbales no empañan su reconocimiento del valor etnográfico y entrañable de las costumbres y los paisajes de la isla.

Aquella extraña pareja de extranjeros recién llegados a la Cartuja de Valldemossa un 21 de diciembre de 1838 -hace exactamente 170 años-, que no hablaban el idioma de la comarca y que se mostraban recelosos y distantes con los lugareños, nunca logró salir de su especial arrogancia y falsas expectativas. “Nuestra permanencia en la cartuja de Valdemosa”, dejó escrito Sand, “fue un suplicio para él y un tormento para mí.”

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La cartuja de Valldemossa, según J.B. Laurens (1840)

En palabras de Robert Graves, que tan bien conoció Mallorca, Chopin debió parecer a los valldemosinos

un hombre que espera que te quites el sombrero a tres horas de distancia.” (Graves, Por qué vivo en Mallorca, trad. española 1997)

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Robert Graves, por Paul Hogarth (1964)

Y Rubén  Darío, desde su rincón monástico de la Cartuja, describió a George Sand como

un diablo romántico, una gata rijosa que comía ruiseñores…una mujer que había embrujado [a Chopin], como a otros, por sus ardorosas y sabidas lujurias y su innegable talento…el camarada femenino, tanto más peligroso cuanto más intelectual y caprichoso.” (“El oro de Mallorca”, noviembre 1913)

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Rubén Darío

Una mujer que amaba las sombras de la Cartuja:

Por la noche, [mis hijos y yo] corríamos juntos por los claustros al claro de luna.

Una compañía ideal para un músico envuelto en la pasión por la música y el éxtasis, un hombre hipersensible, “un pobre Chopin”, como expresó Miguel de Unamuno lleno de consternación, “enfermo de tisis y de la Sand.” (Miguel de Unamuno, “En la isla dorada, Andanzas y visiones españolas, 1922)

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Miguel de Unamuno

Enfermo de George Sand. Según ella misma, de haber renunciado a acompañar a Chopin a Mallorca le hubiera salvado del peligro de “aficionarse a mí de una manera demasiado absoluta.” Chopin, de humor desigual, de imaginación sombría y delirante, salía frecuentemente del encanto y la dulzura para caer en la más profunda languidez. Aquejado de los males románticos –el amor y la tuberculosis-, “su espíritu estaba en carne viva; el pliegue de una hoja de rosa, la sombra de una mosca le hacían sangrar.”

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Jardín-huerto junto a la celda de Chopin en Valldemossa

El músico polaco, en una noche de lluvia obsesiva, compuso su renombrado Preludio Nº 15 mientras aguardaba inquieto, en su celda-apartamento del Monasterio de Valldemossa, el regreso de su amante, Aurora Dupin, y Mauricio, hijo de ésta.

Era una velada de lluvia lúgubre, de las que arrojan sobre el alma un temible abatimiento.

“Ese día lo habíamos dejado Mauricio y yo muy bien para ir a Palma a comprar algunos objetos necesarios a nuestro campamento.”

Se trataba de recoger un piano recién llegado de París, que tuvieron que dejar en la aduana por el abusivo importe de las tasas.

La lluvia llegó, los torrentes se habían desbordado; habíamos hecho tres leguas en seis horas para volver en medio de la inundación y llegamos en plena noche, sin zapatos, habiendo corrido peligros incontables. Nos apresuramos, pensando en la inquietud de nuestro enfermo.

Chopin se hallaba en un estado de “desesperación tranquila y tocaba su preludio admirable llorando. Al vernos entrar, se levantó dando un gran grito… Me confesó que mientras nos había esperado había visto todo en un sueño, y que, no distinguiendo más el sueño de la realidad, se había calmado y como adormilado tocando el piano, persuadido de que él mismo estaba muerto. Se veía flotando en un lago; unas gotas de agua pesadas y heladas le caían lentamente sobre el pecho y cuando yo le hice escuchar el ruido de esas gotas de agua que caían, en efecto, lentamente sobre el techo, negó haberlas escuchado. (…) Su composición de aquella noche estaba inundada con gotas de lluvia que resonaban sobre las tejas sonoras de la cartuja, pero que se habían traducido en su imaginación y en su canto por lágrimas cayendo del cielo sobre su corazón.”

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El piano que se exhibe en la celda-apartamento de Chopin. No se ha certificado que sea el original

El Preludio Nº 15 es una obra maestra, como lo son los otros 23 que completó el músico. Algunos representan, a la luz de los cráneos que aún hoy se conservan, monjes cartujos trepanados acorralándole con sus cánticos fúnebres.

Otros preludios, escribe Sand, “son melancólicos y suaves”, pincelados en momentos de luz entre el gorjeo de los pájaros. Los más son de “una tristeza sombría y destrozan el corazón.”

Como las notas del Premier Cahier (“Angelico”, “Quarter Note”), del catalán Frederic Mompou, invocando el ta-ta-teo de “Las gotas de lluvia” del inmortal Chopin.

Como la llegada del invierno.


21 diciembre 2008

*Aconsejo escuchar la siguiente versión del Preludio Op. 28 Nº 15 por Valentina Igoshina:

http://www.youtube.com/watch?v=6gV9gUeFHIw

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