¿Caricaturas de Mahoma o gasolina sobre la zarza ardiendo?

Eliseo Bayo

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Batalla de Lepanto: choque de la Cristiandad contra el Imperio Turco-musulmán (1571)

El hecho no tiene nada que ver con la discusión sobre la libertad de expresión, pues no es eso lo que está en juego, sino con la guerra psicológica como un paso para la declaración de la guerra devastadora .

Lo  que está detrás de la burda provocación que ha conseguido inflamar a los musulmanes más exaltados de todos los países es la aceleración del conflicto para provocar cuanto antes la proyectada invasión de Siria y el ataque militar a Irán.

Las guerras de religión no han cesado desde la aparición de las tres religiones compitiendo por el mismo espacio físico. Geopolíticamente todas ellas son expansivas, violentas y tienen poco que ver con el mensaje espiritual que se les supone.

Cuando en el futuro los historiadores describan las consecuencias de la serie de desastres que condujeron al fatídico “choque de civilizaciones”, tendrán que referirse al minúsculo episodio de la publicación de unas viñetas satíricas como un detonante de la guerra.  “El Choque de Civilizaciones”, el infame panfleto de Samuel Hutington, no habrá sido una profecía- imposible en la mentalidad estructuralmente imperialista del escritor-, sino una declaración de guerra cuyo cumplimiento se propició a través de una serie ininterrumpida de pasos premeditados que incluyen todas las vilezas de que está lleno el manual de la diplomacia secreta.

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Samuel P. Huntington, Harvard University, autor de El choque de civilizaciones (The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order (1996)

A nadie medianamente sensible a los acontecimientos del mundo se le ocurrirá pensar que la publicación de las viñetas contra Mahoma, divulgadas a través de un periódico intranscendente pero en seguida reimpresas por medios de comunicación importantes en Europa, fue obra de la impremeditación ni de la zafia bisoñería de unos caricaturistas. No hay nadie tan estúpido que a estas alturas desconozca el efecto de arrojar gasolina a una zarza ardiendo.

El hecho no tiene nada que ver con la discusión sobre la libertad de expresión, pues no es eso lo que está en juego, sino con la guerra psicológica como un paso para la declaración de la guerra devastadora. Lo  que está detrás de la burda provocación que ha conseguido inflamar a los musulmanes más exaltados de todos los países es la aceleración del conflicto para provocar cuanto antes la proyectada invasión de Siria, quizás con el propósito de “encontrar” las armas de destrucción masiva que laven la desastrosa imagen de los que utilizaron su fantasma como pretexto para invadir Irak. Por otra parte, el planeado ataque militar contra Irán encuentra su coartada para encubrir con él las grandes responsabilidades políticas de los círculos anglo/norteamericanos, con profundas implicaciones financieras que pasarían a segundo plano por el estallido de una guerra que iría extendiéndose por todo el globo. Alí Jamenei dijo que la publicación de las viñetas “es una conspiración de los sionistas para provocar una confrontación entre musulmanes y cristianos”. El ex presidente Rafsanyani recalcó que se trata de “un complot del mundo occidental”. Ciertamente los dirigentes musulmanes no están a la altura de las circunstancias que amenazan con destruirlos como pueblo, como religión y como Estados, porque no han sabido crear las condiciones para no caer en ninguna de las trampas para osos que cada día les ponen sus más calculadores enemigos. Los dirigentes musulmanes principalmente de países árabes y asiáticos son producto de la religión y utilizan la religión para someter a sus ciudadanos, a los que tienen esclavizados y moralmente destruidos por siglos de humillaciones y de derrotas. A lo largo de la historia los occidentales los mataron, pero sus dirigentes están enterrándolos vivos.

El llamado Occidente se construyó sobre mitos con minúscula- es decir sobre un cúmulo de falsedades históricas y literarias- y con mayúsculas- para esconder las raíces de su procedencia-, como un proceso duradero de la guerra mundial a fin de dirimir la gobernación del mundo bajo un solo mando. La Globalización no es invento de hoy, ni de anteayer, sino algo tan antiguo como el sucesivo paso de las civilizaciones  como sombras fugitivas sobre el fondo de la caverna.

Occidente se hizo cristiano para unificar políticamente los fragmentos del Imperio romano y reemprendió la misión sostenida por éste de conquistar el mundo conocido “y por conocer”. Su enemigo principal era el Este, lo Asiático y la batalla no ha concluido. Los conceptos más importantes de la religión romana pasaron con otro ropaje a la religión cristiana. Los  judíos eran una raza aparte, nunca mejor dicho, que trataba de sobrevivir en medio de los poderes de la época, confiados en un Dios guerrero que de poco les sirvió. Han pasado como pueblo por la historia de derrota en derrota confiando en la victoria final (que es lo mismo a lo que aspiran sus enemigos). El Islam apareció en escena como una operación geopolítica para adueñarse del mundo a través de la fe: numéricamente es la religión más extendida de la tierra.

Las guerras de religión no han cesado desde la aparición de las tres religiones compitiendo por el mismo espacio físico. Geopolíticamente todas ellas son expansivas, violentas y tienen poco que ver con el mensaje espiritual que se les supone.

Los creyentes, los que aman a Dios bajo las más diversas advocaciones, están apesadumbrados, tristes y perdidos en un mundo convulso. Ellos saben que la religión no es política y que ninguna política debe escudarse en la religión, por la simple razón de que hasta ahora la política basada en la religión no ha conseguido hacer felices ni libres a las personas. Obviamente quien esclaviza y hace desgraciados a los hombres son la religión unida a la política y al revés, la política unida a la religión: aspecto en el que se hermanan todos los que buscan en la religión un arma poderosa para destruir al contrario. No hay nada más patético que el mensaje de los ejércitos enemigos llevando el mismo estandarte: Dios con nosotros.

Desde que apareció el Islam estuvo en guerra con el Cristianismo y con el Judaísmo y al revés. Los pretendidos siglos de tolerancia “entre las tres culturas” hay que ponerlos en cuarentena, si se lee atentamente la historia, que no es otra cosa que “hechos de armas”, conquistas, invasiones, hecatombes, crueldades sin cuento.

Con los tiempos modernos, con  el desarrollo de la ciencia y de la técnica y con el invento de la democracia,  era de esperar el advenimiento del reino de la felicidad, de la abundancia y de la libertad. No ha sido así. Occidente demostró desde sus balbuceos como principio de cultura y de civilización su vocación imperialista de imponerse sobre los demás. Si leemos a Polibio tendremos el mejor reportaje sobre lo que es una guerra naval mundial, con la que empezó el invento de la civilización occidental. El reino de paz que anunciaban sus “cruzados” fue una sucesión de atroces conquistas de territorios y de gentes a las que no se les dio “una cultura superior”, sino que simplemente se les despojó de sus creencias, de su idioma, de su organización social y de sus tierras. Venció pero no convenció.

El “choque de civilizaciones” pudo haberse evitado si en algún momento de la cadena de acontecimientos  que llevaban a los distintos episodios de la guerra permanente, se hubieran impuesto las corrientes de pensamiento que conducían a una división nacional e internacional del trabajo basado en el intercambio solidario. Ahora causa asombro escuchar a un político, Mariano Rajoy, mofándose del planteamiento de una Alianza de Civilizaciones. ¿Qué propone? ¿La guerra otra vez? ¿Es ese su coraje religioso? La Alianza de Civilizaciones no es una rendición incondicional, no es un suicidio colectivo. Y tampoco es una trampa para matar a deshora. En cambio, el “choque de Civilizaciones” es una declaración de guerra renovada. Vuelvan a la historia, lean los libros de historia que ustedes mismos han escrito, señores de la guerra, y vean cuántos muertos, cuántos centenares de miles de campesinos y obreros desarrapados, murieron bombardeados por ustedes en Marruecos, en Argelia, en Egipto, en Siria, en Irak, en India y en China. ¿Qué amenaza significaban estos países para Occidente?

Hubo algunos intentos de que las cosas fueran de otra forma, y de hecho casi se consiguió. En los tiempos modernos, la humanidad casi tocó con las manos la posibilidad de introducir un sistema de economía política basado en aquellos principios de solidaridad y justicia y que recogía las tradiciones anteriores, en los venturosos días del nacimiento de la nación norteamericana y en los afortunados contagios que supo infundir en el proyecto de la libertad aduanera en Alemania, en la Rusia de las grandes transformaciones a través de las infraestructuras y del desarrollo de la ciencia y la cultura, y en el Japón de la restauración.

Todos esos momentos- profunda y verdaderamente espirituales, puesto que buscaban la felicidad de los seres humanos en sistemas económicos libres y justos- sucumbieron bajo el peso de las botas del imperialismo usurero, del colonialismo, de las guerras de religión y de la siembra de la discordia entre las naciones. Aquella débil aurora de libertad fue ennegrecida por la pólvora de los cañones que todo lo pulverizaron y que dejaron en herencia sociedades enfrentadas, culturas incompatibles, sueños constantes de revancha, nubes de fanatismo y una profunda maldad instalada en el corazón de muchas gentes.


*Este artículo fue publicado anteriormente en Valencia 7 Dias. Reproducido aquí con autorización expresa de su autor.

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