Cambios en el idioma

Emilio García Gómez

Los lingüistas no tienen muchas dudas acerca de los cambios que se producen en todos los idiomas, aunque en unos son más evidentes que en otros. La variación en la lengua es el resultado del uso, el movimiento de la sociedad, el intercambio de ideas, las corrientes de pensamiento y la combinación de múltiples factores.

Por eso, cuando nos quejamos de lo mal que se habla y se escribe hoy, en comparación a como se hacía antes, de los abusos que se cometen y las licencias que se toma la gente al introducir modismos, vulgarismos, calcos y préstamos de otras lenguas, en el fondo no hacemos más que lamentarnos de que se produzcan tales mudanzas, en detrimento de un dialecto estándar, normativo, puro, perfecto e invariable.

La perfección, sin embargo, no existe. Y tampoco la imperturbabilidad del idioma, puesto que éste depende de nosotros los hablantes, que, sin excepción, estamos sometidos a la ley de la evolución. Este mismo artículo está plagado de neologismos, algunos procedentes de lenguas acabadas, como el latín, sin que el lector lo note. El inglés actual, por ejemplo, es la secuela de las transformaciones que han tenido lugar en el indoeuropeo, el germánico, el anglosajón, el inglés medieval y el inglés del renacimiento. Por su parte, el español contemporáneo o cualquiera de las otras lenguas que se hablan en el Estado serían irreconocibles para un habitante de la antigua Hispania, como lo sería el romaní balcánico moderno al lado de su lengua madre, nacida en el subcontinente asiático.

Claro que a nadie le gusta expresarse, ni que otros lo hagan, como si no hubieran recibido el bautismo de la cultura y la educación. Pero con frecuencia se confunde hablar mal (alterar la estructura del idioma o emplear el léxico sin ton ni son) con hacerlo de forma innovadora o recurriendo al dialecto regional, que tiene una gramática, un vocabulario y una pronunciación propias, bien ajustadas a las necesidades comunicativas. Si funciona el sistema adecuadamente, es decir, si es comprensible y aceptable, bienvenidas sean las novedades, vengan de donde vengan.

Poniendo un ejemplo, pocos de los que practican y hablan de “puenting” o “barranquing” saben que semejantes híbridos no existen en inglés ni tampoco proceden de él, excepto el sufijo; pero la popularidad de estas voces las convierte en candidatas a la permanencia durante un largo tiempo. En cambio, algunas formas de hablar o escribir, inaceptables para muchos, como las mencionadas, por su irregularidad, a veces aparecen en boca de determinados personajes como modelos de hiper-corrección, como sucedió con la ortografía jotera –como en “jente”, “jeneral”- practicada a ratos, con escaso éxito, por Juan Ramón Jiménez.

No hay que temer el cambio. Tanto si nos parece que va a peor como a mejor, la lengua del futuro no será la misma que la de hoy. No importan las gramáticas académicas, ni los libros de estilo de los periódicos, ni los superventas como “El dardo en la palabra” de Lázaro Carreter, que tanto insisten en la conveniencia de depurar el idioma y salvarlo de la degradación. La lengua es como el río que corre; se puede desviar su curso o retenerlo con un dique, pero tarde o temprano reanuda su andadura hasta que se diluye en el océano y pierde su esencia original. Es preferible contribuir a que crezca el idioma a tratar inútilmente de impedirlo, iluminados por una luz purista.

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