Biodiversidad y diversidad lingüística

Emilio García Gómez

Hasta el momento no se ha podido demostrar científicamente la correlación entre diversidad biológica y diversidad lingüística. Aunque la proposición no es ninguna novedad, son escasos los investigadores que dedican su tiempo a un estudio multidisciplinar que amplíe nuestro escaso conocimiento acerca de las consecuencias de la globalización cuando intervienen factores que se presumen peligrosos para la permanencia o la supervivencia de las especies, sean biológicas o lingüísticas.

De momento asistimos expectantes al cruce de culturas y de especies invasoras, al enfrentamiento entre el etno-indigenismo y el hibridismo, el nativismo y la xenogénesis (término que tomo prestado, para este fin, de la novelista afroamericana Octavia Butler, n. 1947). Siento asustar con esta jerga al lector no especializado, pero le animo a seguir leyendo porque los argumentos que acompañan son fáciles de comprender y, espero, de compartir.

La cuestión que se debate en los foros académicos internacionales es la posible conexión entre la bioinvasión, es decir, la invasión y asentamiento de especies ajenas sobre un territorio o sobre una comunidad, y la impermeabilización de las fronteras naturales para evitar la erosión o la extinción de las especies locales. Más o menos equivale a cerrar espacios, en un gesto de autoprotección, o, por el contrario, abrirlos y permitir el éxodo hacia dentro o hacia fuera, y aceptar las consecuencias.

Muchos piensan que las especies más resistentes al cambio son las que más posibilidades tienen de evitar su desaparición. Y otros están convencidos de que el deterioro genético obedece a una falta de inyección de sustancia nueva. En cierto modo, es preferible adherirse a la idea, más conservadora, siguiendo los principios de la física, de que la materia ni se crea ni se destruye; sólo se transforma. De ahí que lo que parece una triste realidad (las lenguas y las culturas fuertes acaban con las débiles) sea una feliz derivación (tanto las lenguas y culturas débiles como las fuertes se transforman y dan paso a especies nuevas). Prueba de ello es la existencia de infinidad de dialectos de las distintas familias lingüísticas, algunos de los cuales son casi irreconocibles respecto del tronco madre. Muere el antecesor, como le ocurrió al indoeuropeo, y sobreviven los vástagos, como el sueco, el alemán o el valenciano.

La historicidad de las lenguas y de las culturas -dicho de otro modo, la larga pertenencia de una cultura o lengua a una agrupación humana determinada, con rasgos específicos y diferenciales y libres de injertos o xenotransplantes (neologismo acuñado por la medicina y perfectamente aplicable a la lingüística)- es algo que también vale la pena debatir, pero no es recomendable tomarlo como dogma de fe, si no se quiere caer en el sofisma. Se trata, en suma, de eliminar una de las dos posibilidades ecosemióticas por ser, o parecer, contradictorias: fin de trayecto vital por causas de distinta índole o metamorfosis de las especies.

No importa ahora seguir hablando de estos axiomas. El objetivo de este ensayo no es discutir ni proponer soluciones, sino tratar de aclarar la causalidad que se observa entre la desaparición de algunas especies biológicas y lingüísticas y la actividad e intromisión humanas. Ha sido tradicional y perentorio en las poblaciones indígenas de las selvas americanas o australes obtener de su entorno físico alimentos, utensilios o, limitando los ejemplos, remedios para la enfermedad. Toda esta actividad ha generado un lenguaje especializado que se ha transmitido de padres a hijos a través de los tiempos. La sobreexplotación de los recursos ha acabado o está acabando con determinadas especies biológicas, a cada una de las cuales se les asignaba un nombre de referencia. Acabado el referente, se pierde la funcionalidad del lenguaje. El resultado es una notable reducción de la masa lingüística, que deja de ser transferida y aprendida.

Las consecuencias de la intervención humana sobre los ecosistemas son evidentemente nefastas para unas cosas y afortunadas para otras. Una joven investigadora, Luisa Maffi, describió no hace mucho sus experiencias en el altiplano de Chiapas (Méjico) mientras realizaba una tesis doctoral. La pequeña comunidad tzeltal se enfrentaba a serios problemas sanitarios que, en otras épocas, habrían sido capaces de resolver con métodos tradicionales.

Angustiada, pregunté a un joven si conocía algunas plantas u otros remedios para la diarrea. El hombre hurgó en su mente, al parecer en vano, y dirigió la mirada a un vecino próximo, abriendo una animada discusión en tzeltal. Evidentemente trataban de adivinar y juntar fragmentos dispersos de conocimiento etnomédico, conocimiento adquirido de forma inacabada, jamás empleado y ahora casi olvidado. ¿Cómo se llama? les oí decir. Yakan k’ulub Guamal –hierba de pata de saltamontes- (Verbena litoralis), uno de los remedios para la diarrea más corrientes en el altiplano. Casi no se acordaban del nombre, y aún menos sabían emplearlo.”

En realidad, ninguno de los dos había tenido la oportunidad de aprenderlo, hallándose expuestos a y más cómodos con la quimioterapia moderna.

Se puede estudiar la franja ecuatorial que rodea la tierra y dibujar una tabla de especies biológicas conocidas y otra paralela de lenguas habladas, con el fin de comprobar hasta qué punto cabe compararlas y relacionarlas. Es posible que la mayor abundancia de especies biológicas haya generado en el pasado un léxico enriquecido, dando por supuesta la presencia humana en el ecosistema. Ahora bien, admitiendo que a lo largo del siglo XXI va a desaparecer el 20% de las especies biológicas conocidas, que a su vez apenas llegan al 10% de las existentes, y que se desvanecerá el 80% de todas las lenguas existentes –la mayoría de las cuales son de transmisión oral y no alcanzan los 10.000 hablantes, teniendo la mitad de ellas menos de 1.000, e incluso decenas-, las perspectivas de supervivencia para dichas especies son escasas.

Este fenómeno ya se ha observado en los ecosistemas de Brasil, Papúa y Australia, pero asistimos a la paradoja de cómo Estados Unidos, previo a la colonización y la independencia, siendo un territorio diverso en términos etnolingüísticos, en estos momentos se ha incrementado el número de idiomas gracias a, o por culpa de la tan temida bio-intervención, es decir, la intromisión de grupos humanos no nativos, que es lo que hemos denominado, con la ayuda de Butler, xenogénesis. El mismo supuesto sirve para el caso de Europa, que, en virtud de los incesantes y seculares movimientos migratorios, ve incrementada su riqueza lingüística, mientras que su biodiversidad se reduce rápida y drásticamente.

En cualquier caso, hoy nadie niega la relación entre el medio ambiente, el conocimiento y el lenguaje y cómo los procesos de globalización y de evolución ejercen enormes presiones sobre los individuos y comunidades enteras. Aconsejo compartir los esfuerzos de Terralingua (www.terralingua.org) para identificar las posibles causas y emprender los remedios operables en una situación cada vez más crítica y llamativa.

Guardar

Artículos relacionados de Contacto cultural y lingüístico