Bigas Luna, pregonero de Semana Santa


Emilio García Gómez – Universitat de València*

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Pongo a continuación el texto que leyó el director de cine Bigas Luna en Albalate del Arzobispo (Teruel), actuando como pregonero de la Semana Santa de 2003 y que dice así, extractado y trascrito literalmente (incluida la pérdida de diacríticos):

“Pregón semanasantero”

El tambor habla, el tambor grita
y el tambor protesta
y me uno a las protestas del tambor
y protesto por la guerra
por el colesterol
por la cuenta del teléfono
por el dolor de los que quiero (…).
Quiero tener un burro (…).
Viva todo, las verduras,
el vino tinto, el colesterol,
los triglicéridos,
y la madre que nos parió
vivan los tambores de Calanda
los de Híjar, los de Alcorisa
los de Andorra y los del Arzobispo (…)
Queremos a Dios aunque no exista
nos levantamos místicos
y nos vamos a morir paganos
Como el tambor
Creemos en Dios y en la madre
que nos parió
y también no creemos en nada
ni en Dios ni en la madre
que nos parió.
El tambor lo explica todo
y el que no lo entienda
Que los toque y que le de más fuerte
Que le de muchas horas
Que seguro que lo va a entender
Y si aun así no lo entiende
Que no se preocupe, que esto cura
Tanto a los que lo creen
como a los que no lo creen.
Vivan las fiestas de la
Ruta del Tambor y el Bombo.

*****

Tan insigne parlamento aparece publicado, con un año de retraso, como es costumbre entre los semanasanteros, en el número 28 (abril de 2004) de Valdoria, la revista local de Albalate del Arzobispo, una villa de la Ruta del Tambor, en el Bajo Aragón, situado a 7 kms de Urrea -tierra natal de Laín Entralgo-, a 10 de Híjar, a unos pocos más de Calanda y Alcañiz y, en dirección oeste, a tiro de cañón de Lécera y Belchite, un pueblo-museo dedicado a la infamia de la Guerra Civil Española de 1936 a 1939.

Estos ripios llenos de disparates, motivados, acaso, por un cortocircuito neuronal, fueron leídos ante lo que se supone era una audiencia de autoridades municipales, como parece deducirse de la foto que acompaña a la crónica, y de aldeanos invisibles para el fotógrafo. Pocos devotos de la Semana Santa albalatina habría allí para escuchar tantas necedades, pero, de haberlos habido, la grotesca exposición tuvo que despertar el asco, el pasmo, la hilaridad o el aburrimiento de todos ellos, según las sensibilidades individuales.

No sé si el ateismo y el jamonismo de Bigas Luna va más allá de su deseo de notoriedad, como prototipo, por calificarlo de alguna manera, de una cultura semi-ácrata, meta-liberal y filo-izquierdista. Pero desde luego carece del calado, la agudeza y la meditada y obsesiva contemplación del caos ontológico que presidió la vida y el arte de otro cineasta aragonés, Luis Buñuel, el de Calanda, un intelectual de los que pensaron de verdad y hablaron, como hizo en su deliciosa autobiografía Mi último suspiro, con dignidad y comedimiento, huyendo, con su talento y su magia audiovisual, del esnobismo barato y pedestre de este otro malogrado rapsoda y, en mi interesada opinión, mediocre director de cine llamado Bigas Luna, a quien se le idolatra en España con la misma intensidad con la que se le ignora en otros lugares.

El pensamiento y la palabra de Luna están aquí fuera de contexto. Es inexplicable que un modesto ayuntamiento llevara a la tribuna, supongo que con gran esfuerzo económico, a un personaje de ese talante. Pero aún es más difícil entender que el invitado no supiera declinar la oferta, tratándose de un acto de vinculación religiosa, que él detesta, o bien adaptara su discurso al escenario con todas las consecuencias, aunque sólo fuera a cambio de un puñado de euros y una comida de judías a la ceniza y chuletón de vaca a la brasa en el restaurante local.

El efectismo panfletario de Luna es de los de papel, escoba y engrudo, para ser pegado en las paredes de las calles como se hacía -como hacíamos- en los últimos momentos de la dictadura de Franco, personaje que hoy tiene más de momia que de figura significativa para las nuevas generaciones, aunque las mentes supuestamente preclaras como las de Bigas parecen hallarse acuarteladas en un armario de formol y naftalina. La suya es una reacción de divo que compensa otra clase de insuficiencias y que repite, a menor escala, el protagonismo de Fernando Trueba en la meca del cine mundial, cuando no pudo reprimir un arranque teófobo extemporáneo, y la egolatría y la inmodestia de Pedrito Almodóvar.

La palabra, como el arte, nunca es neutral, indiferente al universo en el que nace. Una palabra bien escogida vale más que mil imágenes (y no al revés), pero para que transmita verdadera cordura y significado hay que saber expresarla y calcular el efecto que provoca en los oyentes. Nosotros podemos compartir o rechazar los sentimientos religiosos de Luna, Trueba, Almodóvar y de muchos otros mejor preparados conceptualmente que ellos, y tenemos la potestad de expresarlos en público, pero uno no puede soltar su hinchazón cultalatiniparla cogitabunda sin ningún tipo de miramiento hacia quien nos escucha. Las implicaciones de lo que decimos, tarde o temprano, se pagan.

*Publicado por primera vez en Levante-EMV (Valencia), Domingo, 25 de Abril de 2004. Reproducido por Fòrum de Cultura, democratitzem la democràcia Miércoles, 22 de Diciembre de 2004, e-barcelona.org. Última versión para http://www.etnografo.com

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