La autobiografía de Chester Himes, o la razón del absurdo

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El  29 de julio de 2005 cumpliría, de haber tenido la oportunidad, 94 años Chester Himes (nacido un 29 de julio de 1909 y muerto el 12 de noviembre de 1984), celebrado escritor de novelas policíacas cuya presencia en España se viene recordando magistralmente en diversos medios de comunicación del país.

Himes, al igual que Frank Yerby, oculto en algún lugar cercano a Madrid hasta el final de su vida, James Baldwin, residente en el sur de Francia, donde murió, el desaparecido Richard Wright, expatriado en París, o William Demby, afincado en Roma durante años -todos ellos de raza negra-, son parte de un curioso fenómeno de expatriación voluntaria, comenzado en Estados Unidos en los años veinte, que condujo a una actitud -la de la generación perdida– de repudio de las estructuras dominantes en su país. Nombres como Gertrude Stein, John Dos Passos, Ernest Hemingway, Ezra Pound, Sherwood Anderson, T. S. Eliot, E. E. Cummings y Malcolm Cowley figuran en una larga lista de novelistas, dramaturgos, poetas y críticos que prefirieron -algunos de ellos sólo temporalmente- la angustia del desarraigo a la pesantez del escalón piramidal norteamericano.

Pocos países han producido ciudadanos tan orgullosos de su origen como Estados Unidos. Y, sin embargo, el goteo de la expatriación continuó en años sucesivos como una moda intelectual y también como necesidad imperiosa de huír de un ámbito hostil. Tal fue el caso de Richard Wright, víctima del laberinto racial y, a la vez, atraído por el particular aroma difundido en París por Gertrude Stein; y, sin duda alguna, el caso de Chester Himes, más dispuesto aún a fabricarse una identidad en el absurdo mundo del exilio.

Escritores y editores

Quince años pasó Chester en España -de 1969 a 1984-, etapa final de una vida errante, a rastras del sistema, tras haberse gastado el dinero rápidamente y malvivido en lenta agonía, a merced de la explotación editorial. “Sácales ahora lo que puedas”, le aconsejaba en París Richard Wright;será lo único que ganes en la vida.” Los editores tienen la palabra: “Ahí va un anticipo a cuenta de 6.000 ejemplares.” Ya se sabe: diez años después aún no se habrán agotado los 6.000 ejemplares. Incontrolable. Ridículos porcentajes sobre las ventas, inferiores a los que percibiría un vendedor de periódicos.

Pero ¿qué representa el dinero para un escritor? Siempre se ha murmurado, pero nadie se atreve a levantar la voz -por no contrariar a Hegel- que el arte se ha movido, se mueve y seguirá moviéndose a impulsos mercenarios. “Yo no escribo accidentalmente por dinero,” confesaba Himes en Dinamarca; “ése es mi objetivo principal.” Por dinero dejó Chester de escribir obras comprometidas socialmente y se dedicó al género policíaco. Y es que cuando la literatura racial ya tiene sus patriarcas y santones -Richard Wright era uno de ellos- cualquier intento de emularles podía convertirse en una experiencia frustrante; no por la obra en sí, sino por su utilidad, por su divulgación editorial, condición sine qua non para sobrellevar con dignidad el lastre de la vocación literaria. Cuando Chester tenía más de cincuenta años, gran parte de sus novelas -publicadas en Europa- seguían siendo ignoradas por la prensa norteamericana.

La obra formal de Chester Himes

El repaso de su amplia producción muestra que sus primeros relatos, escritos en la cárcel y publicados a partir de 1931, carecían de tinte racial. Siempre ha reflejado Himes su estado mental y emocional, y desde su celda sólo podía escribir sobre crímenes y criminales. Lo de los negros en un mundo blanco vendría más adelante, con If He Hollers Let Him Go (1945), donde surge con potencia el viejo tabú de la violación de una mujer blanca por un negro. A diferencia de Baldwin, que diseña con el cerebro sus perfiles raciales, Himes lo hace con las vísceras. En 1947 publicaría su segunda novela, Lonely Crusade, cuyos personajes -negro y blanca- se devoran a cuenta de una monstruosa acumulación de prejuicios sexuales. The Third Generation (1954), con toda su carga autobiográfica, era un estudio de la corrupción a que había llegado la sociedad americana. A Himes no le interesaba -en palabras de Edward Margolies (1968)- la protesta social, puesto que toda protesta implica cierta esperanza de reforma, y la escena americana le parecía a él irredimible. El acento de la obra recae sobre las consecuencias de una civilización deformada y enferma. En The Primitive (1955) reitera Himes su obsesionante búsqueda de un significado en las relaciones interraciales, relaciones que sacan a flote la violencia racial y física a que se hallan encadenadas ambas razas.

La publicación de Pinktoes (1965) supone un giro brusco. Chester detiene el proceso iniciado con If He Hollers Let Him Go y proclama su absoluta desvinculación de la realidad. La propuesta es, nada menos, que las relaciones sexuales entre blancos y negros podrían aligerar las tensiones raciales. En 1956 ya había comenzado a contemplar el mundo como un pozo negro atestado de bufones. Hasta la propia evidencia resultaba histriónica: “A un hombre le degüellan. El hombre menea la cabeza para insinuar que han errado el golpe y la cabeza rueda por los suelos. Maldita realidad…” La realidad es irracional, contradictoria, violenta y nociva. Y ahora a Himes le encantaba llevar a sus lectores a situaciones absurdas, como hiciera Molière con sus personajes cómicos. Hay que ser indulgente con Pinktoes; fuera de su debilidad argumental, el libro señala el fin de las tendencias paranoicas de la literatura de color. El efecto es extraño e hilarante; Chester Himes pone la carreta delante de los bueyes y prosigue la marcha a su manera, dejando en manos de otros la tarea de trazar brutalmente los aspectos más insalubres de las relaciones raciales.

La discriminación racial

Es injusta la postergación que sufren estas obras respecto de aquellas otras en que estalla la violencia alrededor de unos detectives negros. Pero Chester Himes resulta muy empequeñecido si sólo se considera en él al escritor de novelas policíacas. Indudablemente sus facultades de narrador son muy superiores a las que tiene como pensador. Hoy día, entrado en años, aquejado de males incurables, Chester guarda silencio. Pero su vida permanece expuesta al recuerdo y a la interpretación. Recomiendo la lectura de sus dos volúmenes autobiográficos, The Quality of Hurt y My Life of Absurdity -ambos a la espera de un editor español- para acostumbrar a los lectores a considerarle como un ciclón que se gobierna de acuerdo con sus propias leyes. Hay, a un tiempo, en sus memorias destellos de imaginación e inserciones de correspondencia recortadas en frío. Pero el fabuloso episodio del Volkswagen bastaría por sí solo para aligerar dos libros que, tomados en conjunto, son absolutamente testimoniales.

No tuvo reparo en declarar que Faulkner había sido su mentor secreto: “Me sacaba de quicio leer -en Light in Augustcómo el viejo surista blanco se mofaba de su nieto diciéndole: ‘Eres negro, eres negro’.” Mientras caminaba por las calles de París, Himes tenía la sensación de andar pregonando: “Soy un negro, soy un negro.”

Himes es un completo individualista que no cree en la eficacia regeneradora de la vida comunitaria. “Soy”, escribía en The Quality of Hurt, “como un animal; cuando estoy dolorido busco mi agujero para lamer mis heridas.” Y su agujero estaba en cualquier sitio. Hasta llegar a Moraira, en 1969, Himes anduvo de un lado para otro tristemente desorientado. En uno de sus viajes a Mallorca no pudo por menos que lamentarse: “Me reventaba marcharme a vivir a otra parte…, pero en cierto modo ya estaba habituado; durante toda mi vida en Estados Unidos no había parado de viajar. Y aunque entonces no lo sabía, nunca dejaría de hacerlo, siempre a un paso por delante del desastre, siempre a un pelo de la indigencia; hasta el punto de poder afirmar que nada en mi vida ha tenido más permanencia que el cambio.” Viajó por toda Europa tratando de hallar desesperadamente un lugar donde encajar, buscando el éxito al margen de América. Lo difícil para él, sin embargo, era aceptar a los blancos, a quienes veía como antagonistas que le trataban como a un ser inferior.

Esta misantropía le condujo a la autolaceración. Himes era egocéntrico, de mal genio, poco simpático. “Siempre ha tenido un carácter fuerte,” me confesaba hace algún tiempo Lesley, su actual esposa. Jamás tuvo necesidad de comportarse con otros negros con menos recelo que con los blancos. “Yo era negro. No tenía nada que probar hablando de mi mala vida, de mis sufrimientos, de todo ese rollo.” A veces su hermanos le hacían sentirse incómodo, viéndoles jactarse de sus cicatrices, de su deficiente educación, su infausta niñez, a fin de ganarse las simpatías ajenas y, si venía a cuento, hasta dinero o un ligue con una mujer blanca. Era una nueva variedad de servilismo hacia los blancos, una versión moderna del tío Tom. Himes no deja, por eso, de revelar sus propias úlceras, sus pasiones extremas: “Soy demasiado emotivo; odio con demasiada intensidad, amo con demasiada fogosidad.

Sexo y racismo

Sus relaciones con mujeres blancas siguen el esquema tradicional, admirablemente descrito por el sociólogo Calvin C. Hernton (1970). El sistema racista implantado en el sur de Estados Unidos ha conducido a una distorsión del concepto de sexualidad del negro, hasta convertirla en una pesadilla. Existe un estereotipo de los hombres negros como dotados de cierta destreza física y finura corporal que los hace irresistibles sexualmente. Pero las leyes contra el contacto de negros con blancas (¡no al revés!) han sido severas. La mujer blanca ha llegado a creer, porque su cultura se lo ha enseñado, que el negro es un animal sexual superior. Condenado el negro al ostracismo, la mujer blanca le convierte en el centro de sus fantasías, elevándole a la condición de dios-falo, con toda la adoración, el temor, el deseo y el odio que ello comporta. No es extraño que ambos antagonistas, al decidir romper el tabú, quieran mantener en secreto sus relaciones y a sobrellevar insuperables complejos de culpabilidad.

Chester Himes rompió con el tabú, pero no lo ocultó. Excepto en su primer matrimonio con una mujer de color, no dejó de buscar la compañía de mujeres blancas, manteniendo con ellas (Vandi, Alba, Marlene) relaciones muy turbulentas. En Navidad de 1952, en un arrebato de celos, le propinó a Vandi Haygood la paliza más feroz imaginable (en su novela Pinktoes, donde relata la esencia de este affaire, llega incluso a asesinarla). “La violencia,” dice Himes en The Quality of Hurt, “es la respuesta de todo hombre negro a una mujer blanca con la que cohabita en una sociedad blanca, aunque sólo se da por descontado que sea la mujer negra la que sufra esta violencia cuando la necesita.” En París, alegaba Himes para justificarse, todos los americanos negros que conocía tenían mujeres blancas, a veces dos o tres, o más. Ellen era ya la segunda esposa blanca de Richard Wright. Oliver Harrington era el favorito de las extranjeras en su reino del barrio Latino. A Bertel, un pintor negro de Indiana, siempre se le veía en compañía de numerosas mujeres blancas y, al parecer, convivía con una holandesa y con su madre, Un supuesto corresponsal en París de la revista americana para negros Ebony también andaba con blancas; y lo mismo ocurría con toda la familia de expatriados negros: Walter Bryant, Bill Smith, Josh Leslie, Ish Kelly, Richard Gibson, Eddy Myers, compañeros de tertulia en la terraza del café Tournon. Frank Yerby también se casó con una mujer blanca, Blanca de nombre y española.

A Himes no le importa dar detalles de sus relaciones sexuales. Tras una vehemente escena de amor con Marlene -una alemana a la que doblaba en edad- Himes se sienta ante la máquina de escribir y redacta: “Lo que importa ahora es seguir pensando en lo impensable y escribir lo impublicable, a ver si rompo de una vez esta jodida barrera racial que nos sofoca a los negros.” En una de sus visitas a Nueva York, donde le aguardaba su antigua amante, Alva, Himes le hace el amor hasta desecarse. “Yo mismo me sorprendía de que el sexo y la literatura fueran mis dos obsesiones: la literatura era mi profesión, mi ambición, mi meta y mi salvación; y el sexo era mi espada y mi escudo contra las heridas y frustraciones de la primera. Aquello resultaba puro masoquismo.” Himes necesitaba del sexo para controlar su carácter y también necesitaba a las mujeres para restaurar su propio ego, buscando en ellas consuelo, permanencia, aliento, reafirmación de que no se hallaba solo. Tras conocer a Lesley Packard, una inglesa de buena familia, Himes, que había descrito con pelos y señales sus intimidades con todas las mujeres que conoció, interrumpe para siempre sus efusiones y se limita a darle un trato liviano y respetuoso. Se nota la mano de Lesley en la redacción de ciertos pasajes de My Life of Absurdity.

Himes en España

Muchos aprendices de brujo han querido exorcizar el sustrato cultural de nuestro infortunado suelo. Me basta con citar al inglés decimonónico George Borrow y al americano negro Richard Wright, cuya obra, Pagan Spain (1956), inédita hasta ahora en España, llegó a poner nerviosos a los funcionarios del Minsterio de Información y Turismo. Alguien, en 1954, le metió a Chester la idea de irse a Mallorca y alquilarse una casa en Cala Madona, con el fin de ponerse a escribir sosegadamente. Aquel era su primer viaje a nuestro país, y los españoles parecían desear que Himes fuese un ignorante, para así poder echarle una mano. Aquello le pareció bien. Pero no quiso detenerse demasiado en describir la infraestructura social y económica de la tierra, hundida en un desarrollo tercermundista. Dos o tres años después regresó a Mallorca.

En 1969, recién cobrados ciertos derechos de autor, él y Lesley Packard decidieron comprarse tres parcelas en Moraira (Alicante) y hacerse construir una casa, a la que darían el nombre de su gato, Griot.

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Casa Griot en Moraira, reformada por sus actuales propietarios
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Situación de Moraira en la costa oriental de España

Grijalbo les había dicho que no había posibilidad ninguna de publicar The Primitive y Pinktoes, pero les daba la esperanza de editar The Third Generation (nada de ellos se ha hecho todavía). El sueño de poseer, al fin, un hogar propio aceleró su decisión. Pero los desgraciados hechos de la erección del edificio propiciaron un estallido de santa ira. Según Himes, Moraira era tan racista como el sur americano. “Por lo que hasta entonces había visto, España entera era racista.” Pero las grandes afirmaciones ocultan argumentos elementales, saliendo de un ser como Chester, capaz de superar con generosidad su contribución a la tragedia humana pero incapaz de entender el micromundo de Moraira, un rincón que acogió en tiempos de Himes, y sigue haciéndolo hoy, una comunidad heterogénea en la que aquel escritor era uno más entre todos los bichos raros: expatriados, turistas e indígenas.

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Vista de Moraira

Referencias

Edward Margolies (1968), Native Sons. A Critical Study of TwentiethCentury Negro American Authors. Philadelphia & New York : Lippincott. Calvin C. Hernton (1970), Sex and Racism. Frogmore: Paladi. Chester Himes, autobiografías: The Quality of Hurt (1972) y My Life of Absurdity (1977). Ambas publicadas por Doubleday.


Actualizado 20 noviembre 2011

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