Atatürk, bajo la escuadra

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El arranque de Turquía después de Mustafa Kemal “Atatürk” no ha acabado de despejar todas las dudas y alejado los temores de sus países vecinos de Occidente, en especial de Grecia, en permanente alerta ante la amenaza de anexión total de Chipre por el gobierno de Ankara si el sector greco-chipriota intentase entrar en la Unión Europea al margen de la ficticia República Turca de Chipre Septentrional, es decir, la parte ocupada por los turcos en 1974.

La autoritaria cultura política de Turquía heredada de Atatürk, a pesar de su enorme esfuerzo por cambiar la faz de su país; la vieja culpa, aún pendiente de reconocer, del genocidio de armenios en Anatolia; la persecución y marginación del pueblo kurdo y su lengua; la tradición militar, llena de franquicias y privilegios, y el enorme peso de la fe y la práctica islámica entre la población son argumentos insoslayables incluso para sus más firmes y sorprendentes aliados, Estados Unidos e Israel, que intentan convencer al Parlamento Europeo para que le abran las puertas de la Unión.

El imperio otomano dejó huellas imperecederas y actitudes refractarias en diversos países de la antigua Rumelia (hoy tierras de Bosnia-Herzagovina, Serbia, Montenegro, Rumania y Bulgaria), Hungría, Grecia, Albania, Chipre, Ucrania, Irak, Siria, Israel, África septentrional (desde Egipto hasta Argelia) y el perímetro de la península que hoy ocupa Arabia.

La histórica corriente ideológica pan-túrquica (también conocida como pan-turania), que ambicionaba la reagrupación de todos los pueblos túrquicos, herederos o no del imperio otomano, desde los Balcanes hasta la provincia china de Sinkiang, pasando por el Cáucaso (Azerbaiyán), Asia central, es decir, todo el Turquestán, que abarca más de 2,500.000 kms2 a través de las cadenas montañosas de Pamir y Tien Sian y que comprende el Turquestán occidental o ruso con Uzbekistán, Kirguizistán, Kazakistán, Turkmenistán y Tajikistán, y el Turquestán oriental con la región autónoma de Sinkiang -la tierra de los uygures en China, de rasgos e idioma de la familia túrquica-, tan amenazante movimiento despertó en su época los recelos de media humanidad.

En este momento, a pesar del tiempo transcurrido y los cambios políticos, el fantasma turco sigue rondando la antesala de Europa, parcialmente obstaculizado por la irritación que causan los grandes asentamientos de inmigrantes en el corazón del viejo continente, sobre todo en Alemania. Turquía es, además, un país cuya población profesa mayoritariamente el Islam, a pesar de que Atatürk acabó con el estado confesional, no sin enorme resistencia en el interior del país, que todavía perdura.

Hay algunos aspectos poco conocidos de la historia moderna de Turquía que me gustaría mencionar para comprender el pensamiento y el designio de Atatürk y que han sido tratados in passim por la mayoría de los especialistas, tal vez por su exiguo interés ante la dimensión de los hechos que ocuparon gran parte de la vida social y política de aquel país desde los inicios del siglo XX.

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Atatürk (Gazi Mustafa Kemal Paşa)

Según el historiador Thierry Zarcone, el período entre 1908 y 1918 sería conocido en Turquía como “el Estado Masónico”, durante el cual el partido de la Unión y el Progreso se aprovechó de sus contactos masónicos internacionales para marcar la política exterior, convencidos de que el lema “Libertad, Igualdad y Fraternidad” les sería útil para recibir ayuda de las potencias europeas. Tras la creación de la Gran Logia de Turquía el 13 de julio de 1909, y si damos por buenas las cifras de Celil Layiktez, miembro de la logia “Zeytin Dali” y autor de una Historia de la Francmasonería en Turquía en versión inglesa, se multiplicó el número de logias nuevas en los territorios turcos: sesenta y seis en Turquía y unas cuantas más en Egipto, Grecia, Irak, Líbano, Palestina y Siria.

Se da por cierto que Atatürk, dados sus compromisos con la oficialidad del ejército y el partido de la Unión y el Progreso, ingresó muy joven en la masonería, presumiblemente en el taller “Macedonia resorta et veritas”. Un buen número de oficiales de alta graduación del ejército y miembros del partido de la Unión y el Progreso eran francmasones; a los oficiales de baja graduación que deseaban entrar en el partido no se les exigía iniciarse en esta sociedad secreta, aunque de hacerlo tendrían más oportunidades de ascender en el escalafón.

Cuando los fundamentalistas, promotores de la corriente pan-islámica, encabezados por Abd-Al-Hamit, se hicieron con el control de Estambul el 31 de marzo de 1909, los masones de Tracia –la mayoría de los cuales eran oficiales- formaron un ejército de reservistas para participar en la que sería sangrienta batalla por la reconquista de la capital. Destronado Abd-Al-Hamit por una comisión de cinco diputados -todos ellos masones-, la masonería se convirtió en la bestia negra del Islam, a la que siempre culpó de la disolución del estado islámico turco.

El espíritu liberal y racionalista de los masones, su repulsa de la superstición y la impostura religiosa, su creencia en el progreso de los pueblos y la atracción que despertaban sus secretos rituales fueron un buen caldo de cultivo del espíritu revolucionario que embargaba a los conspiradores de la llamada Sociedad Otomana por la Libertad, algunos de los cuales serían tenidos por judaizantes. El propio Mustafa Kemal se vio en la necesidad de negar su presunta ascendencia judía (que, por una extraña y misteriosa correspondencia, le convertía en sospechoso de ser también masón): “Que haya nacido en Salónica no implica, como dicen algunos, que sea judío. No se puede olvidar que Napoleón era italiano porque nació en Córcega. Pero murió francés y ha pasado a la historia como francés. Hay que servir a la sociedad en la que uno se halla.

Hacia 1935, cuando la masonería turca decidió hibernar ante la amenaza nazi, seis ministros de gobierno, el presidente del parlamento, más de sesenta diputados y numerosos gobernadores estatales eran francmasones. El Dr. Kemal Oke, médico privado de Atatürk, llegó a ser Gran Maestro de la orden. El ministro del interior, Sukru Kaya, grado 33 del rito escocés, es decir, miembro del influyente Consejo Supremo, acuciado por la propaganda nazi, que ponía su punto de mira en la conspiración judeo-masónica, no tuvo más remedio que ordenar el cierre todas las logias y sociedades, si bien el sucesor de Atatürk en la presidencia del gobierno de la república, Ismet Inonu, se mostró tolerante con los trabajos de algunas logias que permanecían activas.

Puesto que tradicionalmente se han atribuido a la francmasonería numerosos mitos, actos y funciones, algunas disparatadas, no es de extrañar que Atatürk haya sido visto por algunos analistas, sobre todo por los enemigos de su figura, como brazo ejecutor de los supuestos mandatos de la masonería turca y, en concreto, de la judeo-masonería universal, como fiel depositaria de los falsos Protocolos de los Sabios de Sión. A saber:

  1. máxima intolerancia hacia quienes usaban la religión con fines políticos (aunque resulta inconcebible un estado judío ajudaico);
  2. desislamización y occidentalización del país como única forma de sacarlo del retraso, lo que conllevaba restricciones en el uso del árabe, incluso como lengua religiosa, y la reforma total de la escritura del turco, abandonando la caligrafía arábiga y adoptando el alfabeto neolatino;
  3. la conversión del régimen dinástico califal e islámico en una república laica;
  4. la desestratificación social mediante la eliminación de toda clase de títulos honoríficos y distinciones tradicionales como Pachá (para cargos oficiales masculinos), Hanim (para mujeres) y Hoca (para clérigos y profesores) y subsiguiente introducción de los títulos pre-nominales Bay/Bayan, junto al apellido, equivalentes a los occidentales Señor/Señora, Monsieur/Madame, Mr/Mrs.

En pocas palabras, hubo que liberar a Turquía de lo que Atatürk llamó su “corsé islámico” –dando satisfacción a las pretensiones de todas las tribus de Israel dispersas por el mundo- y trasladarla, una vez convertida en estado apóstata, a los confines de la modernidad europea, supuestamente bajo control de la banca judía.

Ese parece ser, sobre todo ante los ojos de los extremistas contrarios a la revolución llevada a cabo por Atatürk, como lo fue a principios del siglo XX, el objetivo esencial de Europa: que Turquía deje de ser un interrogante para occidente y se convierta en muro infranqueable para el invasor asiático y la expansión del Islam. Por más que se insista en la conciliación de culturas y civilizaciones, lo que impera en Bruselas es el sentido de la desposesión y la asimilación del enemigo musulmán. Europa quiere aliados que no causen problemas y que paguen sus cuotas; países libres y democráticos a la usanza de Occidente, seguidores de la tradición judeo-cristiana y, por encima de todo, alérgicos a Mahoma. Las logias turcas desempeñan un papel esencial en sus relaciones con el Parlamento Europeo, muchos de cuyos diputados se hallan, en términos masónicos, al oriente, bajo la escuadra.

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