Anomalías étnicas

canibalismo

Los conceptos de etnia y etnicidad, en lugar de ser referencias sencillas y útiles, se han convertido en un problema conceptual y una fuente de conflictos. Nosotros, sin embargo, pensamos que el problema es el etnicismo y su equivalente, el racismo, las manifestaciones perversas de los distintos grupos socio-étnicos, especialmente los más obstinados, los más activos, tanto por su número, como por su distribución geográfica, por el peso de su historia, el precio de su hegemonía y de sus franquicias o la singularidad de sus señas de identidad, tales como la lengua, los rasgos físicos, el folklore y la religión.

El concepto de etnia suele ir ligado a reivindicación territorial, a prestigio y poder, o, por el contrario, a inmigración, marginalidad, discriminación y pobreza. En el siglo XIX se hablaba indistintamente de etnias y de razas – blancos, anglosajones, amarillos, cobrizos, negros, pieles rojas, polacos, lituanos, judíos, esquimales-. Hoy, desde hace dos o tres décadas, no se habla de razas, por ser acientífico, sino de etnias – catalanes, vascos, agotes -. Pasado mañana no se hablará de etnias, porque tampoco será científico (en realidad, nunca lo ha sido), sino de clanes, mafias, clubes o sindicatos.

Pongamos por caso una hipotética congregación de hombres y mujeres con grandes orejas, pelos canos y escasos, ojos azules, manos huesudas, pies planos, frentes despejadas y labios estrechos, hombres rubios y corpulentos o pardos y escuálidos, mujeres esbeltas o esteatopígicas, todos los cuales, juntos o por separado, se pusieran a gritar o a disparar tiros para reclamar un espacio físico donde expresar sus emociones más íntimas y sus exigencias ante el hecho diferencial.

Imaginemos que pudieran agruparse en torno a la misma lengua, la misma religión, los mismos valores estéticos, las mismas manías, el mismo cubil, y, de paso, se confabularan para privar de bienes y servicios a quienes no formaran parte del clan de los calvos, los pelirrojos, los culosgordos o los cejijuntos. ¿Que sería de nosotros, que no somos rubios, ni blancos, ni negros, ni altos ni bajos? ¿O qué sería de nosotros, si lo fuéramos frente a otros que no lo son? ¿Si nuestros intereses chocaran frontalmente con los suyos? ¿Qué ocurriría en el mundo si triunfara el pan-islamismo, el pan-cristianismo, el pan-hinduismo? ¿O el pan-arabismo, el pan-americanismo, el pan-europeismo, el pan-cretinismo como únicas opciones?

Tomemos como ejemplo el movimiento de construcción del pueblo y el estado vasco, confusamente descrito desde diversos foros. Lo primero que debe preguntarse quien viva allí y sea convocado a un referéndum para la autodeterminación es 1) si son vascos quienes arrastran apellidos vascos; 2) si ese arrastre debe proceder de dos, tres, cuatro generaciones, o más atrás; 3) si sirve para el mismo fin la combinación de un apellido vasco y otro extranjero; 4) si debe uno ser euskaldún al 100%, o al 75%, o sólo al 50%, o habrá más rebajas; 5) si debe hablar o no la lengua propia; primero y prioritariamente el vasco; luego, lo demás – alemán, urdu o lo que sea -; 6) si debe mostrar una serie limitada, pero concreta, de rasgos físicos, con arreglo al oráculo del “Consejo de Sabios de Euskal Herria” o similar; 7) si debe venerar el paisaje vasco, la leche vasca, el cerdo vasco (como el anunciado por un orgulloso carnicero de Hossegor, en las Landas francesas); 8) si, en fin, ha de creer ciega y eternamente en la patria vasca.

Cuando un individuo no reúne todos o la mayoría de estos atributos, acaso porque tiene una abuela asturiana y un tío jornalero en Baeza, o se apellida Ortueta Pérez, o González Yoldi, o Castillo Cirbián, o Marco Vidal, o, para simplificar, no está de acuerdo con el decálogo del Consejo, entonces rompe la simetría del proyecto y debe considerarse una anomalía etnica y lingüística, con todas las consecuencias que ello pueda acarrearle. Quien esto escribe es, sin duda y sin pega, étnicamente anómalo.

Las ideas de etnia, raza, religión y folklore, expresadas por políticos embusteros, falsos etnógrafos y antropólogos ignorantes, son la antesala de la violencia. Siempre se han mostrado como fuerzas inductoras de la discriminación, la imposición, la deificación o la anatematización. El concepto de etnia es un invento sociológico. Nadie se comporta de una manera o de otra en función de su pertenencia a tal o cual grupo bioantropológico. Un tiburón actúa como tiburón porque es tiburón. Pero ser catalán, vasco, valenciano o gallego no son atributos de especie; ni tampoco un zamorano obra de una manera concreta por serlo.

Cuando se apela a la memoria colectiva, la transmisión cultural y la herencia étnica, en el fondo se trata no de estirar un pellejo deshidratado, sino de oportunismo reivindicativo sin verdadera relación con el pasado. Es, dicho de otro modo, el deseo de unos pocos de organizar su presente y su futuro cambiando las relaciones de poder. Nada tiene que ver con el ejercicio de las libertades individuales y comunitarias entre personas que ya las poseen, como es el caso de los pueblos del estado español, sino con la confusión mental y la ambición desmesurada.

Es posible que la genética nos ayude a comprender un día no muy lejano algunos secretos de la conducta humana. Pero aquello que nace del aprendizaje social y de los condicionantes ambientales no puede ser objeto de reclamación colectiva. Por el contrario, debe servir de soporte para salvaguardar la libertad y acelerar el progreso individual. Uno debe compartir los beneficios derivados de la comunidad a la que se vincula, pero no le conviene contagiarse de las psicopatías individuales o comunales que llevan a las personas a distinguirse a sí mismas para excluir a otros y castigarles por su anormalidad. Los crímenes y venganzas interétnicas llevadas a cabo en Bosnia y Kosovo, las intra-étnicas de Sierra Leona y las exo-étnicas de los libertadores de la nación vasca son simples, aunque horrorosas manifestaciones de la llamada de la sangre, la hora de Jack el destripador, la sinrazón sin compasión.

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